jueves, 18 de junio de 2015

TALES (GHESSE-HA, Rakhshan Bani Etenad, 2014)


GHESSE-HA (Tales, Rakhshan Bani Etenad, 2014)

ATLÁNTIDA FILM FESTIVAL
 


“Ninguna película se queda para siempre en el cajón, algún día se verá, estemos nosotros o no”
 
 


Hecha la ley, hecha la trampa, la directora de esta película, iraní para más señas, decidió en 2005 dejar de hacer cine ante la cantidad de inconvenientes, censura y represión que conlleva la actividad de cineasta en un país como Irán, pero revisando la legislación que le ponía tantas trabas encontró el resquicio, al igual que otros, como Panahi, entendió que lo prohibido era rodar largometrajes, pero nada se decía de rodar cortometrajes, por eso obtuvo permisos para rodar pequeñas historias con el convencimiento del político de turno de que nadie se interesaría por unos cortos que no tendrían difusión fuera del país, y quizás, ni en el interior, lo que no sabían los celosos guardianes de la fe y del honor nacional es que Bani Etenad rodaba una serie de cortos con una idea preconcebida, una vez terminados, todos juntos, formaban una película ácida, amarga y desoladora de un país atemorizado.
 
 
 


Y así surge esta película, en la estela de películas de vidas cruzadas pero en la que las historias ceden el testigo unas a otras con personajes que sirven de engarce, entrando y saliendo para dar pie a la siguiente, unas más largas y otras más cortas, pero en todas ellas conservándose un espíritu aprehensible, retratar un país, una serie de realidades desde la corrupción política, el mundo de la droga, el maltrato salvaje a la mujer, la sospecha de adulterio, el papel relegado y subordinado de la mujer, la imposibilidad de la disidencia política, la explotación laboral, el cineasta represaliado una y otra vez……… una película de la mirada y con miradas, unos diálogos reflejados mediante el uso del espejo, como si mirarse directamente a los ojos en Irán fuera un problema, una película donde “Ten” de Kiarostami está muy presente, como la última película de Panahi, una película donde hablar mientras se conduce sigue marcando una línea de identidad del cine iraní, como si el coche fuera un último reducto de libertad para expresarse.
 
 
 


Y si no se nos contara la forma en que se hizo esta película no notaríamos ese rodaje intermitente por historias, obviamente no estamos ante planos secuencias, incluso hay historias que terminan abruptamente para dar paso a otras, normalmente son pequeñas escenas de transición donde, por ejemplo, en una conversación sacada de contexto puede parecer que un hombre y una mujer hablan de su adulterio para escándalo de quien ya ha sido humillado previamente por un funcionario corrupto y, a su vez, adúltero, el humor negro en un país donde no se puede tratar como una broma menor faltar a las instrucciones religiosas. Y la película concluye con dos escenas sublimes, una larga, más de 10 minutos, y otra mínima y que concluye con la frase que encabeza el comentario, en ambas escenas se recogen las complicaciones para una normal relación entre hombres y mujeres en Irán, donde cualquier comportamiento que se sale de la norma juega como un estigma para las mujeres que son empujadas al suicidio, a la prostitución, a la droga, repudiadas por las familias y acosadas por maridos violentos, donde el amor es un lujo que una mujer no puede permitirse según qué circunstancias, y donde, en definitiva, no existe libertad ni para moverte con una cámara para recoger la realidad.