lunes, 22 de junio de 2015

RED ARMY (Gabe Polsky, 2014)


RED ARMY (Gabe Polsky, 2014)

“Hay tres cosas que no pueden ocultarse siempre, el sol, la luna y la verdad” Buda.
 

Me ha costado, pero finalmente encontré la película, ya se sabe, vivir en pequeñas capitales de provincias no se si tiene ventajas, pero desde luego tiene sus inconvenientes, y el de poder  ver determinadas películas es uno de ellos. “Red Army” es una gozada de principio a fin, un documental a ritmo de suspense e intriga que, como todo buen documental, partiendo de algo concreto y particular con una figura central, el defensa de la selección  soviética de hockey sobre hielo, Fetisov, radiografía una situación general, en concreto alrededor de 20 años de la URSS  con una conclusión breve pero demoledora del actual sistema político de la “Madre Rusia”.
 


¿Cuántos Fetisov, Larionov, Makarov……habrán existido en la historia del deporte? ¿Cuántos jóvenes esclavizados por dictaduras implacables que ofrecían una vida resuelta donde soñar con enriquecerse sólo era posible perteneciendo a la nomenklatura?, ¿cuántos se habrán enriquecido a costa del genio ajeno, cuántas vidas destrozadas, humilladas o finiquitadas para conseguir encontrar al equipo perfecto?. De eso va en gran parte “Red Army”, una radiografía con silencios, incógnitas no desveladas, rencores larvados del mejor equipo de hockey sobre hielo de la historia, el equipo de la URSS de mediados de los 80 a mediados de los 90, una máquina carente de forma definida, llena de ingenio, arte, sutileza y que fue capaz de machacar una y otra vez a la élite del hockey profesional en Canadá y EEUU, un equipo en el que la fuerza bruta era sustituida por estrategia, un equipo artístico que usaba el ajedrez y las coreografías del Bolshoi para sus hazañas deportivas, eso y un sistema de entrenamiento y disciplina cercano al campo de concentración.
 
 

Y cuando empezaron las giras para demostrar la superioridad soviética jugando en Canadá y EEUU empezó el problema, cuando los grandes patriotas educados en el amor a la bandera y los principios del socialismo empezaron a advertir que existía otra forma de vida, que existía una pléyade de jugadores de calidad inferior a la famosa K-L-M liderada por Fetisov que eran millonarios, asquerosamente millonarios, mientras ellos sufrían concentraciones de 11 meses durante años y años con escasos permisos para acudir a visitar a sus familias, por sueldos miserables y sin posibilidad de negarse a jugar porque eran, además de jugadores, oficiales del ejército rojo sometidos a disciplina indiscutible. Al gran éxito del equipo, entrenado por y para un fin propagandístico, le acompañó la llegada de la perestroika y la glasnot, la posibilidad de empezar a pedir algo que, años atrás podría ser impensable o inimaginable, y con el dinero, el final de la grandeza de la selección.
 

La película te enfrenta con un pasado que has vivido pero que ya no recuerdas así, no recuerdas a Jimmy Carter hablando del peligro que representaba un país lleno de comunistas y ateos, cómo una victoria olímpica significaba que el sistema político correcto era el capitalista frente al comunista, cómo el deporte es objeto de manoseo continuo por parte de la política para exacerbar sentimientos nacionalistas que no son capaces de expresarse en la cultura o en la propia política. Envolverse en una bandera es uno de los signos más irracionales que conozco, más aún cuando esa bandera sólo la desempolvas para animar a un equipo deportivo que, desde luego, no te representa en una sociedad democrática.
 
 

Cuestión distinta es que ese enarbolamiento de banderas se produzca en férreos sistemas dictatoriales donde la palabra patria se repite una y otra vez, donde uno puede terminar creyendo que, gracias a Stalin, Kruschev, Castro, Hoenecker, Kim Jong Il o Mao has conseguido ser el mejor deportista mundial de tu especialidad, y sin embargo te han convertido en una marioneta que exhibir para intentar demostrar que, pese a que el país puede morirse de hambre, un triunfo deportivo tras otro demuestra la superioridad de la raza o del modelo económico y político con el que sojuzgas a tu población. Al final, todos estos deportistas laureados en la historia del hockey ruso han encontrado su lugar en el pesebre político, todos y cada uno de los grandes se han aprovechado del cambio de régimen, han sido reclamados por Putin para lo mismo que antes, transformar el deporte en propaganda, ahora no de un sistema, sino de un gobierno, y el que no ha sido incorporado al gobierno ha sabido adaptarse al mercado de los agentes deportivos y cobrar comisiones millonarias vendiendo la élite al mercado occidental.
 
 

Al relato epopéyico de las gestas deportivas, Polsky sabe añadir la amargura de familias separadas, de perspectivas truncadas, de vidas condenadas a la depresión cuando el deporte se acaba. A la gloria deportiva le acompaña el amargo sabor del olvido, y, en ocasiones, de la pobreza. Educados en un sistema político, una vez que se les permitió abandonar Rusia para competir como profesionales en cualquier liga, la vuelta al país les abrió los ojos. Fetisov no puede reconocerlo porque es ministro de deportes, pero en sus palabras se demuestra que en el régimen comunista, al menos, no habría dinero, pero había compromiso y valores, tras volver a Rusia con la copa de campeón de la NHL advierte cómo el país se ha derrumbado, cómo la corrupción impera, cómo los ciudadanos están desamparados y la élite económica se dedica al pillaje y al lujo exagerado. Rusia ha cambiado y la RED ARMY ha desaparecido, es un cambio de vida, un cambio de modelo, un fín deportivo que se une a un fín político. La añoranza del grupo, de la solidaridad, del objetivo de ser los mejores del mundo queda difuminada por el poder del dinero y el peso, y paso, inexorable, de los años.
 

La cita al inicio del comentario se demuestra que no es del todo exacta, la verdad puede ocultarse mucho tiempo, incluso para siempre, en el documental hay verdades que los exjugadores no quieren contar a cámara, “next question”, hay episodios que prefieren no recordar, incluso siguen viviendo como una humillación aquella final olímpica en Sat Lake City perdida 4 a 3 contra EEUU, y sólo serán sinceros totalmente cuando se hable del entrenador que sustituyó a Tarasov, el entrañable abuelo que consiguió sembrar la semilla de la genialidad, “si necesitas un trasplante de corazón usa el de Tijonov, nunca lo ha utilizado”