lunes, 8 de junio de 2015

PRINCESA (Han Gong-ju, Lee Su-jin, 2014)


 
PRINCESA (Han Gong-Ju, Lee Su-jin, 2014)
 


Acerca de las razones por las que nadie, o casi nadie, se preocupa en educar al espectador, en vencer prejuicios culturales, en acabar con viejos mitos acerca de que las películas orientales presentan un “tempo” que al espectador occidental se le hace insuperable, se escriben y se escribirán artículos que terminan redundando en lo mismo, en la inoperancia institucional para creerse que el cine es algo más que puro entretenimiento de consumo, que es algo más que usar y tirar, y si esto no se asume desde lo institucional ya pueden venir iniciativas privadas bien pensantes que el erial cultural de este pais no remontará. Culturalmente no podemos ser muy diferentes de franceses y británicos, véanse las carteleras de Londres y París frente a las de Madrid y Barcelona y no hay nada más que hablar. Bienvenidas sean las plataformas digitales y el V.O.D. para aumentar las posibilidades de visión  de mucho cine que quedaría sepultado por miles de subproductos que, esos si, alcanzan el derecho a copar las salas de exhibición, salas predispuestas a ofrecer rancho en vez de caviar a los, cada vez menos, espectadores que se dignan pagar una entrada.
 
 


Así llega esta producción coreana, de buen recorrido festivalero y mejor recaudación en su país, estrenada de tapadillo en pocas ciudades, pocas salas y poco tiempo, como si el llamado efecto boca-oreja ya no fuera importante para mantener una película lo suficiente como para que sea rentable, o produce beneficios inmediatos el primer fin de semana o termina arrinconada y olvidada. Y para mi gusto no lo merece, ni lo merece la calidad visual de la propuesta ni el complejo entramado de aristas sociales que se ofrece en esta primera película de su director, un retrato de una sociedad, desde los ojos de una joven adolescente, que se encuentra absolutamente enferma, ni mejor ni peor que muchas otras, en la que, al menos, no se ejecuta a la mujer por provocadora, pero en la que subsisten modos y maneras de infravalorar al género femenino que destrozan vidas y las conducen a su desaparición.
 


Han Gong Ju es el nombre de la protagonista, infamantemente traducido en la versión española por “Princesa”, aunque vaya usted a saber lo que significa el nombre de pila de la muchacha en español, pero desde luego, su vida, está más que alejada de la vida de una princesa, ni tan siquiera de las del pueblo. En la vida de Han Gong Ju algo ha pasado, una vida corta, la de una adolescente estudiante de instituto en la ciudad, que, en los primeros minutos de película, es escondida y enviada a una pequeña ciudad de provincias donde pasar desapercibida por mediación de la directora de su centro y gracias a un favor de otro director de acogida, favores y no compensaciones, así se reduce a la víctima a la condición de pedigüeña, de solicitante en vez de poseedora de derechos. Rodeada de una docena de jóvenes y profesores con la frase, “no te preocupes, tu no has hecho nada malo”, en ese “tu no has hecho nada malo” se encierra la condena y el castigo evidente y también subliminal, porque, sin saber qué es lo que ha pasado, quien sufre las consecuencias del extrañamiento es la propia víctima, solución que implica la facilidad con la que todo un sistema pretende desembarazarse de un problema que afecta a muchas estructuras.  Han Gong-ju asume, en su frágil cuerpo, las consecuencias del azote que hace variar  el rumbo de su vida, abandonada por su madre y mantenida por un padre alcohólico que le pide fortaleza una y otra vez, al pesar interno de esa desestructuración arrasadora se une el peso inamovible de un episodio de dramatismo intenso.
 
 


El director utiliza el flash-back puntual para, como pequeños chispazos en la mente de Han Gong-ju, irnos ofreciendo datos de cuál ha sido el episodio, un camino lleno de sutileza pero no de incógnitas, desde poco después de empezar la película sabremos, o intuiremos que el suceso fue de índole sexual, algo de lo que los pocos intervinientes en la historia que lo saben, guardarán silencio de manera premeditada, aumentando la sensación de culpa de la joven. Una víctima abandonada y lastrada por el peso de un suceso para el que no obtiene amparo y para el que la única solución posible es el olvido con el paso del tiempo, que las aguas se calmen para los agresores pero no para la víctima, que deberá superar la humillación por si sola, sin ayuda, sin padres, sin nadie que la acoja sin reservas.
 


El machismo de la sociedad coreana, algo que no es exclusivo, se ha visto en muchas otras películas previas, y se seguirá viendo, porque a la incompetencia policial  se une la imbecilidad paterna dispuesta a considerar a sus hijos, siempre, como benditos querubines incapaces de maldad alguna, y en todo caso, sus errores siempre tendrán provocación previa o serán responsabilidad de terceros que no supieron entender las necesidades de los pobres cachorros, con la agravante insalvable de que dichos cachorros, encima, pueden pertenecer a clases dominantes de la sociedad, con lo que al desamparo de la víctima se une la sospecha de ser abandonada por el sistema a las primeras de cambio. A raíz de este destierro forzado, Han Gong-ju hará todo lo posible por pasar desapercibida, ocultar rostro y cuerpo, mantenerse ausente de redes sociales, huir de amistades, de relaciones, huir hacia otro mundo que le permita el aislamiento, en este caso una piscina, aprender a nadar como reto para afrontar una nueva vida, nadar o ahogarse definitivamente
 


De ahí que la perdición de Han Gong-ju sea la amistad, mover a otra joven a querer conocer a esa chica que, pese a su carácter arisco, ocultar su rostro con capuchas y prendas impersonales, esconde una voz como un tesoro. Las nuevas tecnologías harán el resto, en la sociedad viral cualquier descuido acaba con tu anonimato, más aún si se te está buscando. Cuando todo el mundo duda de ti, cuando todo el mundo te hace sentir culpable, llegado el momento ni la huida basta, como le sucedió a otra amiga del pasado, aún más culpable a los ojos de los demás por un hecho que no conviene contar, es el agua quien determinará si merece la pena arriesgarse a nadar y lavar un pasado recurrente o si ese mismo agua acabará con los recuerdos. La historia trágica viene acompañada del efecto perturbador de músicas melódicas en las antípodas de la realidad que padece nuestra protagonista, ignorantes las jóvenes que la rodean de su pasado y del porqué de su forma de ser, intentarán que Han se comporte como una más de ellas, despreocupada, juguetona, cursi y relamida, cuando interiormente ha alcanzado una madurez impropia para su edad. Los pequeños intersticios por los que van colándose las anécdotas y las barbaridades del pasado van consiguiendo el efecto acumulador y una sensación de desagrado insuperable, de solidaridad interior con la víctima, de lo insoportable que ha de suponer asumir esa carga en solitario, de la paradoja de ser tratada como un ser a ocultar en vez de prodigar su libertad y perseguir a quien lo merece.
 


Película dura tratada con mimo estético, argumento que juega a la ocultación aunque queda patente desde muy pronto lo que pasó, no perdiendo interés la historia porque la vejación de los “43 gorilas” va en aumento, enfática y sentimentalmente cercana en cuanto intenta solidarizar al espectador con la víctima sin falsas expectativas y sin artificios sensibleros, Han Gong-ju pudo ser princesa en algún momento, pero termina transformándose en mártir por culpa de todos los demás.