lunes, 1 de junio de 2015

LA LECCIÓN (Kristina Grozeva, Petar Valchanov, 2014)



 
 
LA LECCIÓN (Urok, The lesson, Kristina Grozeva, Petar Valchanov, 2014)
 


¿Cine para festivales? Es posible, ¿y? , ¿acaso los festivales proyectan cine para mercados exclusivos y clientes inexistentes? ¿Es un problema de los festivales o de no educar al espectador para poder disfrutar con otros relatos, con otras formas de afrontar la realidad?. En “La lección”, película búlgara que ha ido recopilando premios por muchos festivales como Cannes, Toronto, San Sebastián…….hay un estilo que la identifica rápidamente con determinada corriente de cine europeo, de los Dardenne al nuevo cine rumano, los ambientes cerrados opresivos, los rostros en primer plano, las tomas que siguen espaldas apresuradas, una fotografía gélida con colores apagados y oscuros, un verano que, en este caso, parece el preludio de un otoño prematuro.
 


En la vida de Nade, profesora de inglés en un colegio de adolescentes, traductora free lance para poder sobrevivir, parece que han ido ocurriendo cosas que han hecho variar su rumbo de prometedora licenciada en derecho a superviviente de una sociedad que, como la búlgara, ha pasado de no conocer el estado de bienestar a lidiar con lo peor del capitalismo con sede en Bruselas y paraísos satélites. Todo el catálogo de angustias de clase media-baja, o directamente baja, que se toma como referencia no permite ni un solo momento de respiro a la protagonista, asediada por una deuda que pensaba inexistente, se encuentra con tres días de plazo para liquidar una hipoteca que la amenaza con el desahucio inminente tras decisiones unilaterales del banco y comportamientos irresponsables de un marido que se sitúa en el centro de muchas de las penalidades  de Nade.
 
 


Todo aquello que puede salir mal, termina saliendo peor. Una simple renuncia a su posición intransigente, una simple palabra amable a su padre, sobrado de dinero, acabaría con los males de Nade y su familia. Como la caravana aparcada a la puerta de casa como símbolo de resistencia, pero también de fracaso, Nade piensa que un esfuerzo debe venir recompensado por un premio, pero cuando a cada paso sobreviene un castigo aún mayor, los esquemas mentales de la profesora terminan por encallar y hundirse. La película empieza con una anécdota muy común en los colegios, algún alumno aprovecha el descuido para hurtar dinero o material a los compañeros. Nade toma el asunto como una cruzada personal contra el pequeño ladrón, trata a toda la clase como sospechosos, a partir de ese momento su obsesión será descubrir al culpable que no se atreve a reconocer su culpa al tiempo  que lucha contrareloj por salvar su casa, una persona inflexible que ha hecho de la tolerancia cero hacia las debilidades humanas un dogma de conducta personal.
 
 


En estos tiempos, que ya van casi para una década, que vivimos, el relato vital de Nade nos suena demasiado cercano, demasiado asumible, nos hemos acostumbrado tanto a vivir con la miseria moral de los de arriba y la miseria material de los de abajo, con los problemas cotidianos de quienes no pueden conseguir llegar a final de mes, nos hemos acostumbrado a comprobar cómo profesionales preparados cada año ganan menos por trabajar más, que esta profesora búlgara no nos resulta extraña. Su ruina económica produce una ruina familiar, siguiendo el dicho de que cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana, inexistentes las ayudas sociales sólo le cabe recurrir al préstamo legalizado de bandas criminales amparadas por el sistema. No hace falta más que un fotograma en la película para comprobar cómo la corrupción forma parte de la cadena alimenticia desde la base de una ¿democracia?. Si el más bajo funcionario es identificado en la ruleta del desorden qué no será de las altas esferas.
 
 


El relato huye, y es de agradecer, además de ser uno de sus grandes aciertos, de la moralina con raigambre religiosa. Nade va buscando una solución a sus problemas consciente de que va cavando cada vez más hondo en esa búsqueda y que puede llegar un momento en que su futuro desaparezca. De ahí que esos 10 minutos finales son toda una antología de resistencia y lucha personal, hasta ese momento la profesora ha intentado, por casi todos los medios, obtener una solución ajustándose a los términos del contrato social, pero cuando el contrato social sólo sirve para machacar a la sociedad como mayoría surge el dilema moral de acomodarse y bajar los brazos o utilizar medios expeditivos para aligerar la carga.
 
 
 


La profesora intentó dar una lección a sus alumnos sobre la culpabilidad, sobre el valor intrínseco de la confesión de un mal cometido para obtener el perdón, su resultado fue escasamente valorable porque nadie quiso dar la cara y afrontar la responsabilidad, todo delito tiene un amplio espectro de impunidad por falta de prueba. Al final de la historia deberá preguntarse si era correcta su transmisión de valores, si no será más razonable juzgar los comportamientos en función del momento o de las necesidades de cada uno según las circunstancias, en vez de cómo un todo absoluto, inmutable y objetivo. Nade será capaz de perdonar en el último momento con un silencio, quien lo recibe lo entenderá como una oportunidad recibida cuando menos se espera, para Nade es su forma de expiar pecados mayores, aunque quizás lo que haya hecho Nade para salir del bucle exterminador que la estaba engullendo no sea más que tomar una parte de lo que le correspondía entre tanto desmán y tanto acopio a manos llenas por parte del poder.
 
 

Apenas algún personaje de la película es capaz de, en un momento dado, tener un comportamiento humano hacia su semejante. Las lecciones que la película va distribuyendo son tan cortantes y tan desmoralizadoras como comprobar la desigualdad progresiva en nuestras sociedades “avanzadas” o como hacer odios sordos a que 13 millones de personas viven en el umbral de la pobreza en España. Hace unos años se produjo un éxodo de ciudadanos búlgaros hacia Europa occidental, gente en la que había una amplia representación de profesionales preparados y cultivados. La caverna nos vendió, y sigue, el miedo al diferente y el prejuicio racial unido a la delincuencia. Viendo esta película no sorprende aquel éxodo, lo que sorprende es que tengamos dirigentes tan ciegos que sigan negando que el éxodo se está produciendo ahora desde España hacia otros países, ¿llegaremos a aprender alguna lección alguna vez o habremos de enfrentarnos al dilema de Nade y seguir la solución que nos propone para arreglar nuestros problemas?