sábado, 6 de junio de 2015

HOTEL (Jessica Hausner, 2004)


 
HOTEL (Jessica Hausner, 2004)
 


Localizar a un director que con su última película capte mi interés me suele provocar la necesidad de ver sus obras anteriores para saber si lo que me ha gustado es producto de la casualidad o consecuencia de su talento, si hay razones para que considere interesante lo primero que he visto porque existe un director con argumentos suficientes para crear un conjunto o solo para hacer una gran película, y claro está, la potencia visual de “Lourdes” y su profunda carga destructiva, me hicieron apuntar el nombre de esta directora austriaca para estar atento en el futuro. Y el futuro llegó con “Amour fou”, consolidando la opinión inicial, su dominio pictórico de las escenas, su malsano sentido del humor, esas corrosivas corrientes que arrastran la podedumbre familiar y social en un país cuyo cine proyecta una imagen nada envidiable. Si el cine austriaco lo encabezan Haneke, Seidl y ahora Hausner, apaga y vámonos en cuanto a la paradisíaca imagen montañosa del país, la realidad ha de ser muy otra cuando hay tanta represión, tanta infelicidad, tanta sospecha, tanto prejuicio. La sombra del nazismo sobrevoló siempre con fuerza sobre un país de influencia germánica, una sombra que se eliminó por decreto cuando las potencias ocupantes lo decidieron, pero de aquellos modos sobreviven muchos lodos.
 
 
 
 


El bosque que rodea el hotel en el que Irene (Franziska Weisz) comienza a trabajar amplía la sospecha y amenaza que la protagonista siente desde un principio. Lo que inicialmente ha de ser un refugio económico para no depender de sus padres y para, al mismo tiempo, independizarse, se transforma en una cárcel donde la vida está en juego, incrementando la necesidad de retornar al hogar salvador, a la guarida de la que nunca debió huir. El color rojo destaca en la rubia protagonista, el color de la sangre va haciéndose más presente conforme avanza esta breve historia de desencuentro, desde el uniforme hasta unas gafas. Cuando comienzan a aparecer las amenazas bajo la apariencia de sucesos paranormales, Irene intenta informarse sobre qué le pasó a su predecesora, de quien hereda el puesto de trabajo, la habitación y unas gafas de montura roja que las circunstancias le obligan a utilizar. Esta Sofia desapareció de la noche a la mañana sin explicación alguna, en el hotel nadie se extraña, nadie se inquieta, pese a que la policía busca, draga el lago, encuentra evidencias de una desaparición violenta, nadie sospecha nada brutal menos la nueva empleada, que, poco a poco, sigue sintiendo una presencia maléfica, tanto en sus compañeros de trabajo como en la leyenda de la dama del bosque que hace desaparecer a mujeres desde hace siglos.
 
 
 
 


El relato va evolucionando de la sospecha al fantástico sin perder su asidero con la realidad. Una realidad oscura como los pasillos por los que transita Irene, unos pasillos que conducen a un mundo subterráneo que desemboca en un  bosque al que la visión no alcanza a penetrar. La primera fila de árboles es la única silueta perceptible en las sombras de la noche llenas de ruidos y susurros, como espinas, las ramas secas que sobresalen de los troncos desnudos de los árboles parecen advertir del peligro que se corre en su interior, anuncian y alertan al paseante para que no transite por terrenos desconocidos. Un sendero invisible comienza en un punto marcado con una señal en uno de los árboles, la señal utiliza los colores de la bandera de Austria, introducirse en Austria es un peligro, parece decirnos la directora, más aún cuando Irene es capaz de visualizar su futuro en un sueño aterrador. Encastrada como un elemento del mobiliario del hotel, quien ríe no tiene perspectivas de permanecer, una fotografía, como aquéllas que adornaban el hotel de “El resplandor”, mantiene vivo el recuerdo de una ausencia mientras el resto del personal parecen espectros encadenados a la instalación. Todos los elementos de la narración son enigmáticos y amenazantes, desde una serie de puertas hasta un olor, desde una piscina hasta un vestuario, la violencia se palpa en todas las escenas, desde la recepción y visita al centro de trabajo hasta una noche de fiesta en una discoteca que recuerda, reveladoramente, la discoteca a la que acudía una de las protagonistas de la trilogía “Paraíso” de Seidl. Muy recomendable drama existencialista.