jueves, 21 de mayo de 2015

THE RIOT CLUB (Lone Scherfig, 2014)


 
THE RIOT CLUB (Lone Scherfig, 2014)

 


El cine es un arte del engaño, un trampantojo permanente que, en ocasiones, permite vender como oro lo que no es más que vulgar quincalla dorada. Una buena campaña de marketing permite llevar de boca en boca nombres cuya repetición ofende a las musas del arte si es que existen. Uno de esos grandes bulos mediáticos lo conformó el movimiento Dogma, de afortunado escaso recorrido pero de notables resultados, por un lado cinematográficos, y por otro económicos para sus mentores. Los “mandamientos” del movimiento Dogma no dejaban de ser una suerte de memeces epatantes pretendiendo primar la ausencia de forma sobre el contenido cuando las películas importantes del Dogma danés surgieron del contenido y no de la forma. Dogma y Von Trier van unidos, pero en el movimiento participaron  una amplia selección de directores que dejaron películas remarcables para la historia del cine, por lo menos del cine europeo.
 
 


El Dogma, adoptando un  referente religioso publicó su decálogo, lo que se conoce en el mundillo como “voto de castidad” de los cineastas que quisieran aprovecharse del sello:

  1. Los rodajes tienen que llevarse a cabo en locaciones reales. No se puede decorar ni crear un "set". Si un artículo u objeto es necesario para el desarrollo de la historia, se debe buscar una locación donde estén los objetos necesarios.
  2. El sonido no puede ser mezclado separadamente de las imágenes o viceversa (la música no debe ser usada, a menos que esta sea grabada en el mismo lugar donde la escena está siendo rodada).
  3. Se rodará cámara en mano. Cualquier movimiento o inmovilidad debido a la mano está permitido. (La película no debe tener lugar donde esté la cámara, el rodaje debe tener lugar donde la película tiene lugar).
  4. La película tiene que ser en color. Luz especial o artificial no está permitida (si la luz no alcanza para rodar una determinada escena, ésta debe ser eliminada o, en rigor, se le puede enchufar un foco simple a la cámara).
  5. Se prohíben los efectos ópticos y los filtros.
  6. La película no puede tener una acción o desarrollo superficial (no pueden mostrarse armas ni pueden ocurrir crímenes en la historia).
  7. Se prohíbe la alienación temporal o espacial. (Esto es para corroborar que la película tiene lugar aquí y ahora).
  8. No se aceptan películas de género.
  9. El formato de la película debe ser el Académico de 35mm (1:1.85)
  10. El director no debe aparecer en los títulos de crédito.
 
 
 

“Celebración” de Thomas Winterberg, “Los idiotas” de Lars von Trier y “Mifune” de Soren Kragh Jacobsen fueron las tres primeras películas del movimiento, películas que “pecaron” desde el principio saltándose su propio decálogo, pero las tres forman una trilogía espectacular para cualquier cinematografía pequeña como puede ser la danesa, y las tres mantienen un recuerdo activo en la mente de los cinéfilos, sobre todo la sobresaliente “Celebración”. En este movimiento Lone Scherfig rodó su primera película, la estimable, sin ir más allá, “Italiano para principiantes”, una película que aprovechó el tirón publicitario del movimiento y que, vista desde la distancia, fue sobrevalorada al extremo de parecer mejor de lo que no es. Pero si esa primera película era estimable, aceptable, por encima de la media del cine exhibido, y su segunda película mantenía el pulso con la entrañable comedia negra “Wilbur se quiere suicidar”, el cine puede mantener un engaño de manera temporal, porque de donde no hay se termina por no sacar, y del inicial presunto radicalismo de la directora danesa ha terminado revelándose una cineasta plana, insustancial, clásica, muy clásica, en el peor sentido del término, nada arriesgada, perfectamente instaurada en el sistema de producción empresarial. Si ya “An education” rayaba la tontería y la insustancialidad, Lone Scherfig se supera sobremanera con este “The riot club”, subproducto infame y de escasa moralidad, al servicio de no se sabe qué intereses lo que cuenta, o lo que trata de contar, no me interesa desde el primer minuto hasta el último.
 
 
 
 

Este R.I.O.T. club no es sino una de esas hermandades oxfordianas que me repatean, un club selecto dentro de una universidad selecta y selectiva, una exclusiva hermandad de gilipollas integrales, de mayor o menor inteligencia, alguno ninguna, y cuyo máximo valor es la cuenta corriente e influencias de sus progenitores. La hermandad de 10 miembros se renueva según los universitarios van terminando sus carreras, este año, como desde finales del XVIII, toca escoger dos nuevos miembros y celebrar y organizar la cena anual. El club no deja de ser más que una excusa para mantener firmes los lazos de compañeros de pupitre destinados por su riqueza a ejercer el abuso allá por donde vayan y por donde manden. No hay más mensaje que el del abuso, causar cuanto mayor destrozo y humillación sean capaces a lo largo de su periplo universitario, con una chequera a mano inagotable y con la insuperable sensación de la impunidad tras cada uno de sus actos.
 
 
 
 

Un club repulsivo y una camada de hijos de puta integrales, la gente sencilla, las clases humildes, los trabajadores, sólo salen en la película para ser humillados y ofendidos por estos señoritos de medio pelo capaces de reirse de todo menos de los padres que financian sus explosiones de impotencia violenta. Una lucha de clases vista desde el lado del poderoso, vamos, del que no sufre, desde el lado del que odia a los demás porque entiende que es odiado por su poder y para reafirmarse ha de desplegar todo su poder y toda su arbitrariedad. No hay nada destacable en esta película infame, un supramundo exclusivo al que, teniendo ese dinero, no me gustaría pertenecer, un supramundo de retrasados mentales, tarados afectivos, compradores de voluntades, un supramundo de hijos de puta destinados a gobernarnos al cabo de los años. No es por nada, pero algo se venía notando y sospechando, no podía ser casual tanta mediocridad en el poder si no viene amparada por un  fuerte patrimonio.