domingo, 10 de mayo de 2015

I VITELLONI (Los Inútiles, Federico Fellini, 1953)


 
I VITELLONI (Los inútiles, Federico Fellini, 1953)
 


El cine de Fellini me produce un efecto que casi ningún otro cineasta me provoca, la sensación melancólica de la derrota antes de tiempo, el agostado brillo perdido de los momentos esplendorosos que fueron fugaces y hasta ficticios. No hay nada más triste que una plaza solitaria a la luz del amanecer tras una noche de fiesta atravesada por un borracho travestido y tambaleante (por cierto, cuanto me recuerda este episodio al Jack Lemmon de “Con faldas a lo loco”), no hay nada más derrotado que un grupo de personas mirando perdidamente a un mar que no les va a rescatar ni les va a hundir más porque no necesitan ayuda. La mirada lejana y perdida de quien ha decidido marchitarse en vida desde el minuto uno al último en una agotadora y traumática ciudad de provincias.
 
 


La reconocible Rímini es la reconocible ciudad de “Calle Mayor” de Bardem, el Madrid con olor a fritanga y abuso del “Surcos” de Nieves Conde, un Villar del Río de Berlanga más amplio pero no más avanzado ni próspero, es una ciudad de costumbres y tradiciones en la que la posguerra no ha traído ni espíritu renovado ni modernidad, si acaso ha dejado nuevas generaciones de indolentes jóvenes que no quieren transitar hacia la madurez. A los personajes de “I vitelloni” les cuesta más levantarse que acostarse, afrontar un nuevo día no deja de ser un sufrimiento, una cadena perpetua sin posibilidad de revisión. Quedarse en la ciudad es enterrarse en vida, y para enterrarse en vida lo mejor es actuar como un muerto, nada que hacer ni nada para hacer.
 
 


En el cine de Fellini el mar es relevante, las miradas hacia el mar, las huidas hacia el mar, el mar como frontera infranqueable, como espacio de reunión y como espacio de fuga. El espacio abierto a la luz, el aire, el sol, la lluvia, los personajes en ambientes donde recuerdan, recuerdan y lamentan su pasada infancia. En el mar llegaron los juegos, los amores, las traiciones, los afectos. El mar y la playa otorgan melancolía porque proceden del pasado, el presente transforma su realidad a caballo de unos recuerdos irrepetibles.
 
 


Resulta fácil no sentir empatía por esta galería de fracasados en potencia, cada uno con su lustre burgués rancio y perteneciente a un pasado económicamente mejor representan al viejo hidalgo castellano que se arrojaba migas por la pechera para simular haber comido. Sableando pequeñas cantidades, aprovechando los sueldos de las mujeres que les rodean, a salto de mata para aprovechar una fiesta y una bandeja de canapés, en su horizonte vital el trabajo no se contempla, trabajar es reconocer el fracaso, perpetuar la esclavitud moderna con apariencia de persona seria. I vitelloni son un grupo de amigos que han crecido en años pero no en mentalidad, aferrados al fracaso aparentan triunfo, aferrados a la pequeña población de provincias asumen vivir sin trabajar, sin divertirse, sin formarse. Han optado por una infancia eterna mal que les pese que la realidad les coloque en su sitio una y otra vez.
 
 
 


Sólo uno de los personajes mantiene la cordura con la lucidez suficiente como para escapar de la monotonía, del engaño, de la ficción, del rencor que se va a ir acumulando con los años cuando alguno prospere económicamente y los demás se terminen de hundir en la mediocridad y vacío de sus vidas, Moraldo, el más joven, el más retraído, el que aparenta una homosexualidad larvada que no puede expresarse en una sociedad tan convencional como marchita. Moraldo opta por la fuga, por romper las cadenas, uno de cada diez asumen con valentía la posibilidad de torcer el destino, los demás, como el bambú, seguirán oscilando según sople el viento pero sin moverse. Moraldo entiende que esa vía que año tras año puede traer veraneantes o comediantes de tercera, es el camino recto y más corto para escapar de la pesadilla siguiendo el nombre de la gran capital, el Milán próspero y moderno frente al ambiente canónico y bulímico de esta ciudad afantasmada. Trenes para escapar de una verdad de la que, para empezar, se ha de ser consciente.
 
 


Otros decidirán sufrir engañándose con que aman a sus esposas, que serán escritores teatrales de éxito aclamados en Milán y reclamados en Roma, para otros llegará el momento de asumir la responsabilidad doblándose al trabajo aunque ¿a qué te puedes dedicar tu que no has estudiado ni te has preparado para nada?, seguiréis sableando a las hermanas, a las madres, a las novias de la Romagna mientras ansías un revolcón con una mujer de mundo sin complejos, te creerás un amante excepcional cuando no eres más que un pelagatos que se arruga cuando una mujer segura de si misma te plante cara y te pida más de lo que has estado nunca dispuesto a asumir. Serás tan cobarde y tan miserable como para, tu que nunca has trabajado, lanzar un corte de mangas a un grupo de peones lanzándoles un “obreros” como si fuera el peor de los insultos, seguirás yendo a las fiestas sociales de un villorio mortecino y sin aspiraciones como si aquello fuera el festival de Venecia y no deja de ser más que la proclamación de la reina de las fiestas.
 
 


Los padres de estos vitellonis hace tiempo que dejaron por imposible conseguir unos hijos honrados y esforzados, ese concepto de comportamiento moral y ético es ajeno a sus andanzas, que más que andanzas son caminatas sin rumbo, de la terraza a la playa, de la playa al bar, del bar al baile, para terminar recorriendo unas calles nocturnas y desiertas donde sus sombras tienen más vida que los cuerpos que las proyectan. El viaje de Moraldo dejará, a través de la ventanilla del tren, el paisaje de cuatro dormitorios con cuatro hombres abandonados a su suerte, la que ellos se han encargado de perseguir con el tiempo. Alberto, Fausto, Leopoldo y Riccardo se abandonan al paso de los días, Moraldo hace lo único a lo que un ser sensible puede optar, a dejar ese mundo para buscar alternativas. No sabe adónde ni a qué, pero si sabe que ni esos amigos ni esa ciudad le van a permitir vivir, renunciar a todo ello puede doler, pero no va a empeorar su situación, si acaso le permitirá levantar el ánimo y mirarse al espejo sin avergonzarse.
 
 


Esa apariencia de vitalidad, de alegría, de fiesta continua se transforma, como en gran parte del cine de Fellini, en la expresión del malestar, de la rutina del hombre (y la mujer) hastiados, desencantados, abandonados a un día tras otro sin expectativas. Por eso el cine de Fellini provoca melancolía, porque todos sus personajes han tenido, incluso tienen, la opción de mejorar y mejorarse, de portarse mejor consigo mismos y, aún así, deciden embarrancarse en derrotas personales sin amparo de ningún tipo. No hay amigos, familia o persona que les rescate del naufragio, por eso las playas no son lugares de dicha presente sino de recuerdo pasado, fueron lugar de juego y felicidad inconsciente y ahora se han transformado en lugares de recogida, en superficies donde los restos salen a flote desperdigados, diseminados, abandonados. Lo que aparece en las playas de Fellini son restos, los cuerpos de estos vitelloni son restos de cuerpos, incluso cuerpos sin alma, por eso Moraldo es grande cuando decide recoger esos restos y montarse al tren dispuesto a desperdigar su naufragio en otros mares.
 
 
 


No nos olvidemos, el narrador de esta tragicomedia somos todos nosotros, otro más que se quedó en ese villorrio provinciano para vegetar, para sentirse preso de un destino al que no hay valentía suficiente como para plantarle cara. Moraldo se fue, pero en este Rimini que no lo es pero lo parece, se quedaron muchos Faustos, muchos Albertos, muchos Riccardos……..y muchas Leonoras, Paolas, Milvias, Gisellas……..una película trufada de perdedores naufragados, dentro y fuera de la pantalla.