viernes, 29 de mayo de 2015

EL CAMÍ MES LLARG PER TORNAR A CASA (Sergi Pérez, 2015)


 
EL CAMÍ MES LLARG PER TORNAR A CASA (El camino más largo para volver a casa, Sergi Pérez, 2015)
 
 


Sin concesiones, áspera, incómoda, existencialmente asfixiante, la película de Sergi Pérez pertenece a la amplia categoría de historias donde su protagonista, Joel (un espléndido Borja Espinosa), acaparador casi único del relato y de la pantalla, carece de un mínimo respiro, de una tabla de salvación aun momentánea, de esas películas donde todo lo que va mal terminará yendo a peor, en las que un personaje traumatizado decide que ha perdido su lugar en el mundo, no lo quiere recuperar y va a hacer lo posible por no adaptarse a la nueva situación.
 
 


El motivo de la depresión, rabia, desapego, misantropía de Joel se desvela muy pronto, un piso, donde se advierten las presencias de una pareja y un perro a través de un hueso de plástico, aparece solamente ocupado por un hombre. El efecto de la ausencia es inmisericorde, las reacciones de Joel colocan al personaje en la inexistencia de empatía con el espectador. La propuesta es, en este sentido, radical, como podía ser el personaje de Marian Álvarez en “La herida” por ejemplo, o el de Alex Brendemhül en “Las horas del día”, el interpretado por Borja Espinosa coloca al espectador ante el límite de un ser que se comporta con egoismo, con maldad, con deliberado propósito de vengarse de su desgracia con un ser indefenso.
 
 
 


Unas llaves y un perro se transforman en la piedra de Joel, aquélla que Sísifo tenía que levantar día tras día. La acción se desarrolla en apenas 24 horas, 24 horas con un pequeño prólogo en el interior del domicilio, prólogo suficiente para que situemos al protagonista y los porqués, las pistas y los datos que justifican esa desidia, esa dejadez, ese abandono tan absoluto como para dejar a un perro moribundo por falta de comida y agua. El perro representa la ausencia de la mujer, en ese acarreo interminable del animal por las calles de Barcelona, Joel sufre una transformación, lo que se inicia como acto inconsciente, pero natural, de salvación, deviene en carga insoportable, quien renuncia a vivir renuncia a salvar al animal.
 
 


Los circuitos cerebrales de Joel se han fundido, la imprescindible sensación de duelo se transforma en necesidad de abandonar toda responsabilidad, e incluso, se transforma en maldad hacia quien no tiene capacidad de respuesta. A este ambiente morboso e insano ayuda, y mucho, el tratamiento de la imagen y su proyección al espectador, cuanto más brutal pueda parecernos el comportamiento de Joel más alejados estaremos de él, la cámara se separa y rueda desde un segundo plano, incluso en la contraluz de los faros de un coche en plena noche, o desde las ventanas del piso abandonado, que parecería seguir con una mirada fantasmal la derrota definitiva del morador.
 
 


Nunca es tan oscuro un camino como el que lleva del mazazo a la derrota personal, de la compañía a la ausencia inesperada y brutal en la que permanecen todos y cada uno de los recuerdos que, el día precedente, llenaban las habitaciones. Superar una pérdida en la que no se te ha consultado exige un largo camino de aceptación y aprendizaje, Joel renuncia, inicialmente a ello, “no tengo casa a la que volver”. No puede extrañarnos, no ha habido tiempo para asimilar y sus obsesiones son enfermizas y hasta absurdas, como sus reacciones. Lo tremendo es acompañar a este personaje en su camino hacia las profundidades del dolor sabiendo que la historia terminará antes de que se pueda aceptar la nueva realidad, por eso la carga es pesada, no hay respiro durante la proyección, acompañamos al protagonista llevando su carga con él, no todos serán de capaces de interiorizar tanto sufrimiento y se quedarán en la aparente frialdad y humanidad del personaje, pero ¿hay calor alrededor de Joel?