miércoles, 1 de abril de 2015

XENIA (Hospitalidad, Panos Koutras, 2014)


 
XENIA (Hospitalidad, Panos Koutras, 2014)
 


«En Grecia hay doscientos mil niños apátridas que tienen el derecho de sangre, y no el derecho de suelo. Esta segunda generación de inmigrantes nunca tendrán el pasaporte griego pese a que hayan nacido en Grecia, hayan ido a la escuela en Grecia y hablen griego aunque su lengua materna sea el albanés». Panos Koutras
 
 

Esta película tiene un inconveniente, pero una vez salvado, si se tiene la suerte de dar un quiebro mental, la fortaleza de lo que se cuenta crece a costa de sus propias debilidades. Si nos atenemos al relato literal, a la verosimilitud de lo contado, a las diferentes situaciones que van sucediendo, es posible que la decepción crezca a lo largo de las dos horas de “odisea” (si, el mito está presente), pero si uno es capaz de advertir la naturaleza del cuento mítico, del recuerdo omnipresente de la cuna de la civilización, si es capaz de disfrutar con los evidentes guiños cinéfilos de las imágenes y, sobre todo, si se da cuenta de que estamos ante otro retrato más de la Grecia contemporánea, el documento puede ser más importante de lo que aparenta.
 
 


A cuentagotas llega cine griego a las pantallas, a cuentagotas es posible encontrar algo editado en dvd que no sea Angelopoulos y Costa Gavras, pero fuera de Grecia, el interés por el nuevo cine griego tiene un responsable, y no es otro que Yorgos Lanthimos y su Canino, a partir de esa película cada año han llegado una o dos producciones como las de Atina Tsangari, Elekteros Lefteris, Yannos Ekonomides, Alexandros Avranas o Panos Koutras, con una órbita temática que gira, inexorablemente, sea cual sea la trama, sobre el derrumbe de una inexistente sociedad moderna y próspera como la griega, arrasada por décadas de saqueo y bendecida por las multinacionales de los mercados ofreciendo una situación contable muy alejada de la real (conviene recordar que directivos de aquella empresa de infausto recuerdo que contribuyó a falsear las cuentas públicas eran Mario Draghi, Luis de Guindos y algún que otro jerarca plutócrata actual de Bruselas).
 
 


Siguiendo el periplo de Creta a Atenas y de Atenas a Tesalónica, el decorado que rodea a los jóvenes hermanos Danny y Odisseas no es muy diferente del que acostumbramos a leer en las novelas de Petros Markaris, otro de los pocos exportados de la cultura griega, que estando tan cerca de nuestras raíces parece mentira que se encuentre tan alejada de todo aquello que debería constituirnos un referente diario. En el periplo de estos dos jóvenes a la búsqueda de un padre biológico que los abandonó y dejó solos con una madre alcohólica, cantante de clubs nocturnos y sin posibilidades de prosperar, se cruzarán, como si fuera un moderno mito helenístico, desde animales fantásticos a monstruos de la sociedad moderna, en la mente de Danny no sabremos si hay un exceso de imaginación, un deseo de no abandonar la infancia para no enfrentarse a la realidad o una perturbación mental que le acerca a la esquizofrenia, pero sus viajes oníricos al interior de un bolso, sus conversaciones con su peluche gigante o el empeño en jugar con lo que su cabeza mantiene como un conejo vivo (Dido) forman parte de lo más sugerente de la película. Mantener un ámbito de pureza infantil en quien, a sus 16 años, sabemos que vende su cuerpo a cambio de dinero a profesionales respetables que, en teoría, cuidan de su salud mental. Ese cerebro necesita compartimentos estancos para sobrevivir ante el estado de incertidumbre permanente.
 
 


El viaje a Itaca de Danny y de Odisseas, sin incidir notablemente en la realidad social del país, termina convirtiéndose en una metáfora de una ruina, como el hotel Xenia en el que ambos hermanos se refugian y reponen su relación marcada por la distancia provocada por la huida del hermano mayor, xenia significa “hospitalidad” en griego, nada más alejado de la realidad, la Grecia de la película es hostil, inhabitable, degradada, la hospitalidad llega en la soledad de un espacio abandonado. Ahí está el peligro de “Amanecer dorado”, el odio al extranjero, la Grecia para los griegos, el miedo del sin papeles, la amenaza de cumplir 18 años en un país que es el tuyo pero que no te da papeles porque tu padre nunca te reconoció, la violencia a punto de estallar, la imagen prefabricada de la nueva clase política griega cuyo poder económico procede de la droga, la mafia y la prostitución, la única salida en un concurso televisivo de cazatalentos, la juventud griega tirada por las calles de Atenas carente de lo básico para sobrevivir, unos servicios sociales inexistentes que permiten la huida de los menores de sus centros. En los dos hermanos concurre su naturaleza griega pero su origen albanés, el acento les delata y les compromete, a partir de los 18 podrán ser deportados a un país en el que nunca han estado. Probablemente poco les importe, donde están nadie les echa en falta ni nadie les retiene, donde pueden llegar nada les ata, a ritmo de Patty Bravo y Rafaela Carrá, ambos jóvenes unen las dos culturas míticas del Mediterráneo, probablemente desde el lado más hortera y barato, pero es su nexo de unión con una madre ausente, una madre que se aparece como una visión más al joven Danny en la singladura entre Creta y Atenas, no hay duda, es la modernizada barca de Caronte para la “biutiful people”.
 
 


Lo hortera de las canciones que sirven de modelo a Danny impregna gran parte de la película, por eso se corre el riesgo de desenfocar la cuestión, o directamente de considerar la película como algo fallido, Danny es hortera y estrambótico, amanerado y exagerado, Odisseas es el equivalente del héroe griego, el prototipo de heterosexual latino resignado a lo inevitable. Es posible que todo pudiera ser menos extenso, más profundo, menos esquemático y más radicado en lo social y no en lo personal, probablemente la interminable historia del viejo cantante homosexual como excusa de un recuerdo paterno y muleta en la que apoyarse para que el hermano mayor conozca a la chica de la película no venga muy a cuento, simplemente como reflejo de las nuevas sociedades de aluvión, donde una ucrania y un albanés se encuentran en territorio salvaje necesitados de un papel o una referencia para seguir, o la larga escena final que deja sin cerrar el camino de estos jóvenes podría haber sido menos dilatada y más contenida, pero a esos momentos que mezclan lo estrambótico, lo “petardo”, lo convencional, se unen otros de lirismo extremo como la recreación de la huida nocturna en barca por el río que recuerda necesariamente a “La noche del cazador”, el onirismo de la conversación entre el joven y su mascota gigante, la cena idílica en el abandonado hotel con vistas. La película abre y no cierra muchas historias, es la vida, no todo tiene un principio y un final, o el final no tiene que ocurrir en apenas dos días, son sucesos que tarde o temprano pasarán factura, el guión es manifiestamente mejorable, pero el viaje tiene el objetivo de buscar al padre ausente para matarlo, por lo menos en la mente. El resultado es desigual, ciertamente, pero, ¿por qué el cine español que se estrena rehuye hablar de lo que atormenta a la ciudadanía?