jueves, 9 de abril de 2015

THE TRIBE (Plemya, Miroslav Slaboshpitsky, 2014)


 
THE TRIBE (Plemya, Miroslav Slaboshpitsky, 2014)
 


Con la minuciosidad de un entomólogo, como si de un documental del reino animal se tratara, con abundancia de planos laterales, aparentando que seguimos el trayecto de estos jóvenes separados por la vitrina de un parque zoológico, el retrato de una sociedad salvaje desfila por nuestros ojos en una larga panorámica violenta de 130 minutos. La tribu podría ser la camada, el hormiguero, la manada, el macho dominante y los demás, los aspirantes a sucederle u obedecerle. A ritmo vertiginoso este grupo de jóvenes desfilan, se desplazan a paso rápido de un lugar a otro, como si el tiempo fuera caro, como si sus vidas dependieran de la rapidez. Vive rápido, haz lo que quieras, muere viejo y rico o joven con un cadáver bonito.
 


La propuesta es arriesgada y no siempre acertada, la película dura lo que dura, pero podía durar media hora menos o media hora más, la apuesta está en la forma más que en el contenido, un único rótulo al principio de la película advierte al espectador de que van a ser las únicas palabras que va a leer o a escuchar en toda la película. ¿Acaso no hablan los personajes? Si, incluso mucho, pero son sordomudos, hablan con su lenguaje y nosotros asistimos a su mímica sin apoyo literario, sentimos lo que puede sentir un sordo rodeado de hablantes, tenemos que seguir la trama averiguando lo que sucede, lo que hablan, lo que discuten, los porqués. No resulta complicado porque la composición de los planos y las escenas ayuda a eso, rápidamente situamos a los protagonistas en su mundo, su papel en la manada, sus relaciones con los adultos, los roles de cada uno, los motivos de sus discusiones, de sus enfados, de sus comportamientos, de sus deseos.
 


No hay elipsis ni sugerencia, cada escena la vamos a ver y sentir de principio a fin, da lo mismo que sea un  aborto en tiempo real o el prolongado y brutal desenlace final, durante la película advertimos cómo ser sordomudo es un inconveniente para comunicarse fuera del círculo de residentes y profesores de esta escuela-internado en Ucrania, pero a veces, muy pocas, da ventaja. Siendo sordos todas las personas que comparten el espacio contigo el ejercicio de la violencia cuenta con un aliado, el silencio que para todos supone salir, entrar, golpear……cuando se advierte el resultado ya no hay posibilidad de saber quién ni cuándo fue.
 


El panorama de un país desolado, el colegio es una jaula de violencia psíquica, la camada sale por las noches, ataca en grupo, aisla y sorprende a las víctimas y emplea la violencia física que es menor en el espacio del internado, las agresiones suceden fuera, ellos se preparan para un futuro de banda criminal, van ascendiendo en la escala de la organización y el colegio es un campo experimental, ellas también se preparan, de putas nocturnas con camioneros a dar el salto a la Europa occidental con documentación convenientemente amañada mediante el oportuno engrase de la burocracia. Ucrania queda retratada como un país sin ley, sin autoridad, donde sólo impera la ley de la naturaleza, el más fuerte se impone al débil, esto es agotador porque mantener el dominio supone un desgaste que, finalmente, pasará factura cuando alguien más astuto, o con menos escrúpulos, entre en escena.
 


En el año de la recuperación del plano secuencia, la forma sin contenido, o con contenido esquemático, conduce a la simpleza. Uno entiende la propuesta, pero como las justas poéticas, a veces, la imposibilidad de alcanzar gloria en la poesía mediante la palabra se persigue mediante la forma del poema, aquí hay poco poema, hay reiteración de situaciones, el director, que se pretende radical al no incluir diálogos ni subtítulos sabe que la trama no puede ser compleja porque nadie la conseguiría seguir, por eso necesita muletas de apoyo, necesita dotar a las escenas de imágenes simbólicas para entender lo que el signo no nos permite comprender. Ya sea una presencia, una furgoneta, una bandera, un pasaporte, un fajo de billetes…….algo en lo que apoyar el diálogo de los actores que, si no, resultaría inescrutable. Al final de la película sabemos que los protagonistas tienen nombre, mala solución cuando es imposible a lo largo del metraje saber quién es quién por su nombre, el director les ha tratado como animales durante las escenas y al final los pretende humanizar, tan inhumana es su configuración que el personaje de Sergei confunde amor con comprar sexo, su amor es una obsesión sexual de macho alfa que quiere quitar la hembra al jefe del grupo, cuando descubre que la chica va a ser enviada a Italia su reacción es la de alguien a quien han quitado un juguete, no la de alguien enamorado, para ello es más realista la posición de la chica, ni te quiero ni te voy a querer, pero si me traes dinero, haz lo que quieras. Deshumanización absoluta.
 


Si el espectador no contara con su propia referencia fílmica la propuesta se perdería, incluso comprendo que el espectador medio sea incapaz de soportar más allá de media hora lo que se trata de contar, hay mucha trampa en rodar y no subtitular la película, eliminando complejidades y cerrando los largos pasajes con alguna truculencia, la mente del espectador rellena los huecos, los vacíos, el director reniega de la palabra y le quita todo valor, predomina la incomunicación, predomina el silencio, como si todas las cuerdas vocales se hubieran congelado en el frío invierno ucranio. En el fondo, rascando un poco te das cuenta de las limitaciones de la propuesta.
 


No hay empatía alguna que acerque al espectador a estos jóvenes, ellos no sufren por su situación, acostumbrados a un ecosistema de aniquilación y violencia, asumen sus roles y aprovechan las debilidades ajenas, la muerte de manera idiota se asume como consecuencia lógica de una situación extrema, sin parientes ni amigos, con profesores corruptos y criminales, todo lo que se aprende puede ser bien empleado para perfeccionar el próximo asalto. Porqué llegan, quién decide, cómo, hasta cuando permanecen esos jóvenes en la institución, quién responde de ellos, son preguntas a las que el director no muestra ningún interés de responder, están y punto, de la misma manera ignorada que el chico llega al internado al principio de la película y rápidamente es captado para ampliar el círculo de matones, al final abrirá la puerta y se marchará, ¿qué le llevó a ese colegio, qué buscaba en el colegio? No importa, porque lo que se trata de retratar es un microcosmos de violencia en uno, de tantos, de los países con un presente y un pasado nada envidiable. Egoístamente uno piensa que, afortunadamente, no se llegó a concretar su ingreso en la UE, recordar cómo se comportó con sus compatriotas a partir de 1941 pone el vello de punta, ver ahora cómo se comportan entre sí no reconforta, a escala mínima, The tribe recoge esa realidad. Propuesta bastante fallida para mi gusto. El deseo final es que, de ese colegio, no quede piedra sobre piedra, ni alumno de la galería donde se desarrollan muchas escenas, son un virus infeccioso fácilmente propagable.