jueves, 30 de abril de 2015

LITTLE FEET (Alexander Rockwell, 2013)


 
LITTLE FEET (Alexander Rockwell, 2013)
 
 
Reencontrar a un viejo amigo de juventud con el que te llevaste bien suele ser experiencia placentera, al menos durante lo que dura el breve encuentro, puede incluso que, si se trata de alguien del sexo que te atrae o que te atrajo, el breve encuentro dure mucho más en la memoria recordando “lo que pudo ser y no fue”, un poco de esto hay en reencontrar cineastas que te interesaron, viste hace mucho y fueron desapareciendo, desapareciendo o cambiando de estilo unos, otros perdiendo todo estilo, alguno fulminado por la industria……..y el arte en general, y el cine en particular, está lleno de cadáveres exquisitos. Por ejemplo, las apariciones de Alexander Rockwell tras su atrayente estreno “In the soup” allá por los 80 han sido mínimas, por eso alegra volver a disfrutar de su concepto artístico y saber que sigue vivo para el mundo del cine.



Y se agradece que la infancia sea retratada con tanta libertad como la de los dos hermanos (los verdaderos hijos de Rockwell) que aparecen en pantalla, acompañados por un amigo negro con sobrepeso, en una California alejada de todo glamour y de la milla de oro, un Los Ángeles de desecho con dos niños supervivientes empeñados en llevar al mar a su pez de colores, sólo en una pecera, tan solo como ellos mismos, tan abandonados por la muerte de una madre como la del pez que ha perdido a su compañero de espacio. La ficción resulta naif por momentos, tan real y libre que parece imposible y surrealista, dos niños libérrimos empeñados en recuperar un espacio en el que poder comunicarse con esa madre ausente (circunstancia real para ellos, pues la esposa del director y madre de los niños falleció), creyendo que dentro del agua podrán volver a ser vistos, aunque sean sus pies, por esa madre.



La figura del padre la encarna el propio Rockwell, y no para bien, ausente la esposa su hogar es una ruina, su trabajo un desecho, su vida inexistente, agotado por las jornadas dentro de un disfraz y refugiado en el alcohol, es su hija la que asume el papel de cuidadora, de cocinera, de ama de casa, un papel para el que no está formada, un papel que le llega impuesto por las circunstancias, o lo hace ella o ni su padre cenaría ni ellos irían al colegio y estarían más o menos aseados. El desaseado estilo formal de la película encierra poesía por todos sus costados, niños sin cortapisa actuando a ser adultos anticipados, todo es un juego pero todo contiene una dosis de libertad amarga, de un exceso de madurez anticipada. Un juego músico-visual en el que importa poco lo que se cuenta sino el cómo se cuenta, lo suficiente para que la propuesta, de 60 minutos, no se desparrame en el exceso incontrolado, y las penurias alegres de los niños no resulten exageradas.



Cine fresco y sin domesticar, niños de California como la bestia del sur salvaje Hushpuppie, demasiado jóvenes para que las cadenas invisibles de una sociedad uniformizada los acepte como una pieza más de la maquinaria correcta o los deseche triturados en las ruedas de lo indeseable, en ese momento en que la mente de cada uno opta por desarrollarse del modo más aceptable, resulta consolador pensar que hubo un tiempo en que nuestra imaginación no se diferenciaba mucho de nuestra vida diaria, que las normas no nos asustaban y la autoridad y la obligación eran un concepto difuso y lejano.  Es un tiempo breve y que se olvida, por eso asistir a su representación genuina en una película reanima el ánimo artístico y congratula reencontrarse con un viejo amigo que todavía puede seguir contando historias. Estos niños son los Antoine Doinel de California, arrastrando un carrito de la compra con toda su vida a cuestas, se adentran en territorios inexplorados a la busca de un logro para el que no hay obstáculo bastante. Y no abandonar la proyección antes de que acaben las letras, este viaje corto en tiempo y espacio pero trascendente para los niños de la película concluye con unos títulos de crédito fabulosos, dibujados por la protagonista y que son otro goce visual a ritmo musical.