domingo, 5 de abril de 2015

LE REGNE DE LA BEAUTÉ (Denys Arcand, 2014)


 
LE REGNE DE LA BEAUTÉ (Denys Arcand, 2014)
 
 
 
 

Ella coloca la mesa para comer, él prepara las recetas, diseña la comida del mismo modo que como cuando proyecta sus edificios. Ella lleva un jersey amarillo y coloca un mantel y unas servilletas de tonos ocres fuertes, de repente él exclama “no pongas el mantel amarillo, no pega con la decoración”. No hay frase de apariencia más intrascendente que pueda hacer más daño, resignada, ella recoge la mantelería y cambia el color, en el fondo, lo que no puede cambiar es su sensación de que no pega en ese decorado, en esa casa de diseño que, como un cubo, contiene amplios espacios y grandes cristaleras hacia los bosques y lagos del Canadá del Quebec. Previamente, en una reunión de amigos, ella sentirá la melancolía de sentirse rechazada, no real, sino sentida, la llegada de Luc a casa no es ni cariñosa ni especial con ella, hay más gente y ella no se siente el centro de atención. Él es ambicioso, presumido, hasta petulante en su fulgurante éxito, siempre insaciable, pero cariñoso, pendiente de su mujer, ella rehuyó de la ambición, la tensión del éxito pudo con su fortaleza, de posible campeona de tenis a simple profesora de educación física y fútbol femenino, en apariencia no le importa, pero su abatimiento, su mirada perdida, destaca por encima de ese mundo de éxito y comodidad. Abandonar la ambición de escalar no es malo, lo malo es cuando el abandono se produce porque hay un resorte interior que se ha deteriorado, como lo está la mente de Stephanie, absolutamente dependiente para subsistir de Luc, pero agrietada por el temor a perderlo.
 
 
 
 

Arcand cambia la película coral por el retrato de un trío punteado por reuniones de amigos, aquí un grupo de snobs triunfadores, a ratos irritantes, soberbios, sabelotodos, unidos sin saber muy bien porqué. Luc, el triunfador, Stephanie la vampirizada y vacía esposa, Melanie, la tercera en discordia. A uno y otro lado de Canadá, de Québec a Toronto, la película se desliza hacia la pregunta clave, ¿por qué quien está felizmente casado, felizmente reconocido en su trabajo, disfruta de todas las comodidades burguesas, desde el deportivo hasta el mejor vino, siente la necesidad de ser querido por otra mujer? ¿Es coleccionismo, necesidad, aventura? ¿es posible amar o sentirse amado por más de una mujer al mismo tiempo? En el camino de este reino de la belleza, Luc mantendrá una relación amorosa sin perder ni un milímetro su admiración, su atención a su esposa. La tenaza del mal hecho o por hacer siembra de dudas a Luc, cuando está con Steph piensa en Melanie, cuando está con Melanie siente el peso de lo incorrecto.  Sus miradas hacia Steph son de preocupación, por un lado por el evidente deterioro mental de la mujer, por otro por el temor que le provoca pensar que lo que está sufriendo su esposa es una especie de reacción a su mal comportamiento, ella no lo sabe , pero en esa mirada perdida Luc siente que algo ha hecho que ha dañado el mecanismo interno de esa bella mujer. La historia de infidelidad se concreta en dos episodios, no son muchos ni son pocos, se mezcla la necesidad de la novedad, el atractivo de la seducción, el coleccionismo de mujeres bellas, o todo se trata de una simple excusa para mantener una relación extramatrimonial, costará saberlo y cada uno juzgará según sus experiencias personales y sus propios prejuicios, de hecho Arcand se abstiene muy mucho de juzgar los comportamientos, no hay buenos ni malos, ni buenas ni malas acciones. Hay una evidente atracción física entre Luc y Melanie, pero es difícil saber si existe amor real o una simple idealización basada en la distancia y su relación a través de mensajes y teléfono. La cercanía física les aleja más que acercarles, en la intimidad de sus encuentros habrá sexo, pero las miradas terminan perdiéndose, los cuerpos se envaran, la incomodidad vence a la intimidad.
 
 
 
 

“Le regne de la beauté” es todo un homenaje del director a la arquitectura moderna, casas deseables y envidiables, espacios inalcanzables para la inmensa mayoría, pero que, en definitiva, no alejan los vacíos por más que el entorno sea de ensueño, el entorno no hace a la persona, sino que ésta hace el entorno, la casa del matrimonio es envidiable, pero con estos ocupantes parece fría y tenebrosa. Los títulos de crédito muestran la vida real de los ocupantes de los espacios arquitectónicos que jalonan la película, las casas son un personaje más, pero la enseñanza es que esas casas que guardan el reino de la belleza no dejan de ser cárceles o palacios en función de las personas que las habitan. Luc se deshará de su casa de campo como una forma más de aventurarse en una nueva vida, una vida en la que la presencia de Steph será perdurable para siempre, una confidente fiel más allá de la relación tocada a término, y la de Melanie será efímera, de hecho no llegaremos a saber si existió o fue ensueño pasajero, una mentira a dos en un mal momento, o simplemente mejor no pensar en lo que hubiera podido ser y no fue. La vida suele ser un catálogo de renuncias y una pequeña colección de logros, a Luc la vida le deparará toda una colección de belleza, lo que no sabemos es si esa belleza es bastante, coleccionar belleza no otorga belleza a la persona, su egoísmo estará por encima de los que le quieren, así cuidará de Steph por culpabilidad y renunciará a Melanie por cobardía. Si consigue olvidarse de Melanie conseguirá vivir como si nada hubiera pasado, una aventura confesable a la esposa cuando ésta se recupere, como una chiquillada, como el beso que ella se dio con otra mujer por la que se sentía atraída. En el fondo, al restar importancia a lo sucedido, Luc demuestra ser más cobarde que lo que su reacción nos permite contemplar, las razones de la renuncia no son cuestionables, a veces hay que elegir antes de perderlo todo, si Melanie apuesta todo o nada desde el principio de la película, Luc juega a la defensiva, un amor en Toronto y otro en Quebec, no hay peligro de interferencias, de invasiones, el desenlace es creíble cuando Mélanie se desplaza a Quebec, ahí Luc se da cuenta de que no puede comportarse con la misma normalidad que Mélanie en Toronto y algo se quiebra definitivamente.
 
 
 

Al final todo queda reducido a un sentido abrazo, un abrazo que marca una despedida definitiva, hay veces que das abrazos y no sabes que es el último, y otros donde una despedida suena a un hasta luego, un fantasma que recorrerá el pasado de los dos porque ambos saben que aquella historia era muy prometedora. El cuestionamiento moral de Luc no se basa tanto en la moralidad como en hacer lo correcto, el arrepentimiento después de crear falsas ilusiones no sirve a los demás, puede ser una excusa perfecta para quien sabe que se ha equivocado y no debería haber dado alas a algo que nunca iba a llegar más allá del deseo. En el fondo podríamos querer tener más vidas, o poder parar la de los demás durante una temporada para probar y regresar con conocimiento de causa, eso es lo que desearía Luc, “otra vida” en la que nadie le conociera ni nadie pudiera exigirle algún tipo de responsabilidad, pero eso, querid@s, no existe, en ocasiones hay que escoger, y Luc y Mélanie son conscientes de lo que van a perder en esa estación de tren de Québec, es más, Luc sabe que difícilmente va a recuperar los buenos años con Steph, pero si que va a tener una fiel amiga hasta los restos. Por eso la película se transforma en un largo flash back cuando Luc es saludado por una mujer a la que inicialmente no reconoce, entrada en años y en kilos, en un acto en que se le otorga un premio como arquitecto, han podido pasar 15, 20 años, y Luc recuerda lo que pasó, pero no es la nostalgia lo que le embarga, sino una especie de desapego, de incomodidad por haber pasado por esa experiencia, es recordar algo que molesta, algo que se encontraba en las profundas capas del subconsciente, enterrado  mientras jóvenes mujeres sigan queriendo acostarse con él. Para pasado y cariño mantiene a Steph, no es necesario recordar los errores.
 



Personalmente creo que difícilmente Arcand será capaz de superar el nivel de “El declive del imperio americano” y “Las invasiones bárbaras”, en esta su última película hay momentos que recuerdan lo mejor de su cine, y otros donde el preciosismo de la imagen, la inmensidad del paisaje canadiense, parecen forzadamente introducidos para hacer honor al título de la película, e incluso donde tememos la deriva hacia el drama matrimonial de vuelo rasante. Afortunadamente Arcand sabe no caer en el tópico, sortea con  delicadeza y sutileza los momentos más propensos al folletín y nuevamente deja caer sobre el protagonista el peso de la muerte de un ser querido, digamos que el resultado final no es del todo relevante, pero tampoco decepcionante, un producto menor de un director del que siempre se espera mucho más.