jueves, 16 de abril de 2015

LAS HERMANAS DE GION (Kenji Mizoguchi, 1936)


 
LAS HERMANAS DE GION (Gion no shimai, Kenji Mizoguchi, 1936)
 


En pleno periodo de expansión imperialista japonesa, Mizoguchi planta cara a la tradición de su país y ofrece, en un recorrido breve e intenso, un esquema didáctico del papel de hombres y mujeres en la sociedad de ese momento, mujeres usadas, abusadas, despojadas, serviles y abandonadas, las geishas del barrio de Gion, en Kyoto. La mujer como objeto de placer, la geisha era algo mucho más complejo que una simple prostituta, no se puede confundir ambos papeles, aunque en el devenir de la figura todo se volvió más difuso y pasó a ser geisha lo que no estaba concebido como  tal. La geisha era una persona formada, preparada “para complacer” al hombre, darle conversación, hacerle las veladas placenteras, cantar, interpretar música, recitar, componer poemas, y también, no siempre, proporcionar placer sexual. Estaba la mujer del matrimonio y la mujer de la relajación, una figura exclusiva como tal de una cultura, un reflejo de un mundo en decadencia que, en 1936, Mizoguchi pone en cuestión sin criticarlo directamente.
 


Gion existe, las geishas subsisten, ahora más como reclamo turístico que como realidad omnipresente, otras ciudades japonesas mantienen la estructura y diseño de los antiguos barrios de placer, como Kanazawa, samurais y geishas en el imaginario colectivo de un mundo idealizado que, en  realidad, contaba con la misma cuota de traición, deshonor y deslealtad que cualquier otro, la cultura occidental tiene el santo grial y los caballeros de la tabla redonda, el mundo feudal japonés del Shogun mantiene esa inspiración mítica del ardor guerrero, la fidelidad al señor, el sacrificio y por otro el de la mujer deseada e idealizada como compendio de todo aquello que un hombre desea, anulando la propia esencia femenina de la afectada en aras a un servicio. Si para servir un se te siguen estudios de más de cuatro años, para llegar a ser una geisha el periodo de formación es igualmente exhaustivo, lo que ocurre es que no todas las geishas conseguían la misma formación, los mismos clientes, ni tan siquiera llegaban a geishas, sino a estadios previos, o simplemente se convertían en prostitutas disfrazadas de geishas.
 
 


Saboreen y aprecien la composición pictórica de los planos, la colocación de los personajes, su encuadre entre paredes o puertas, disfruten de un mundo en cambio y renovación que no quiere perder sus tradiciones, sobre todo si una parte de esa sociedad disfruta de una posición ventajosa sojuzgando, inconscientemente, pero a través de la tradición, a otra gran parte.
 
 


Umekichi y Omocha son las dos hermanas de la película, los personajes de Mizoguchi son más pasionales y más expresivos que los de Ozu, contando ambos directores con puntos estéticos en común, como el rodaje en interiores y la colocación de la cámara desde el punto de vista natural de un japonés sentado en el suelo, la personalidad de los personajes de Mizoguchi les invita a expresar sus sentimientos, a no ocultarse debajo de la máscara tan propia del japonés para no ofender ni humillar a las personas de su entorno, Umekichi y Omocha subsisten como pueden, y su mentalidad es opuesta, como lo es su formación, Umekichi vive anclada en la tradición, y ante el paso del tiempo, la aparición de un viejo cliente en bajas horas económicas, en quiebra, le lleva a actuar bajo el principio de solidaridad, entendiendo que en su momento fue ayudada, ahora no duda en acoger en su casa a quien, en el fondo, es alguien de quien está enamorada. Por su parte, Omocha, representa el cambio de roles, sólo se viste como geisha cuando va a trabajar, mantiene una actitud distante con lo que representa su trabajo, utiliza sus artes para engañar y sacar ventaja, no se siente en deuda con ninguno de sus clientes porque estos la han utilizado previamente para su placer sin pensar en ella, por eso no duda en hacer lo posible para que Furusawa abandone su casa y para que su hermana pueda tener un kimono nuevo con el que asistir a una fiesta importante y poder recuperar viejos momentos de desahogo económico.
 
 


En la actitud de Omocha rezuma un odio visceral hacia los hombres y hacia la existencia de las geishas, no en balde ambas figuras representan la anulación de la libertad para las mujeres, el papel de la geisha lleva implícita la traición del hombre a sus esposas, y por otro la actuación de las geishas no deja de ser eso, una actuación ajena a la realidad, simular amor, deseo o admiración por hombres que, en el fondo, son detestados. El choque entre la tradición de Umekichi y un ansia de libertad de Omocha se refleja magistralmente en la última escena, Omocha ha sufrido las consecuencias de su actuar libre y padece en una cama de hospital una venganza masculina, Umekichi sufre también, desesperada ha perdido la última oportunidad de formar una familia con el viejo cliente, quien, al más mínimo cambio de perspectiva económica ha despreciado la presencia y compañía de la geisha, con la que se había comprometido, ignorando que Umekichi, debajo de la máscara, también tiene verdaderos sentimientos. Tradición y novedad se estrellan contra el mismo muro, el de mujeres despreciadas y anuladas por una sociedad absolutamente machista, tan machista como para permitir la venta de mujeres para desempeñar el oficio de geisha en sus múltiples variantes, desde la más reconocida hasta la más baja, Kenji vivió de cerca esta realidad cuando una de sus hermanas fue vendida a una familia rica con esta finalidad. El Japón feudal no estaba tan lejos en 1936, apenas el país llevaba poco más de medio siglo abierto al exterior, de ahí que resulte importante, sociológicamente, asistir a una crítica de la tradición tan abierta como la que se aprecia en el filme, por eso la rabia final de Omocha, su desesperación última, su ahogado grito de rabia contra los hombres y contra lo que las geishas significan consigue su absoluto significado con la presentación inicial de ambas hermanas, ahora entendemos sobradamente de dónde procede ese rencor, ese odio, y sus razones más que justificadas.