lunes, 13 de abril de 2015

FOR THOSE WHO CAN TELL NO TALES (Para los que no cuentan cuentos, Za one koji ne mogu da govore, Jasmila Zbanic, 2013)


FOR THOSE WHO CAN TELL NO TALES (Za one koji ne mogu da govore, Jasmila Zbanic, 2013)
 


La directora bosnia Jasmila Zbanic sigue hurgando en el pasado reciente de una de esas zonas problemáticas y conflictivas de Europa. Ahora que a algún(a) imbécil se le ha ocurrido celebrar los “70 años de paz en Europa”, bien está recordar que dentro de Europa, desde 1945, han ocurrido muchas barbaridades, auténticos genocidios juzgados en el tribunal penal internacional, dictaduras sangrientas de todos los colores que han muerto en la cama y pasado página sin mayores amarguras, represiones políticas asesinas, y guerras, guerras salvajes como la mayoría, asesinatos en masa a dos horas de avión de las capitales financieras del continente, guerras fomentadas por odios religiosos, por cierres en falso de pasados de dominación y represión, guerras que contaron con la colaboración inestimable de alegres y despreocupados reconocimientos internacionales de naciones que se declararon unilateralmente estados. En los años 90 asistimos impasibles a guerras entre Serbia y Croacia, entre Serbia y Bosnia, entre bosnios serbios y bosnios croatas, entre bosnios musulmanes y bosnios serbios……….y Jasmila Zbanic intenta que no olvidemos lo que supuso esa barbarie y cómo sigue marcando la vida diaria de los habitantes de Bosnia.
 
 


Sus anteriores películas ya reflejaban las heridas de la guerra, “Gbravica” y “Na putu” tuvieron distribución comercial en España, esta “Para los que no cuentan cuentos”, estrenada en Francia con el facilón título de “Las mujeres de Visegrad” cuenta con el interesante punto de vista del turista, de la persona que, situada en un espacio desconocido, se da de bruces con una realidad muy diferente a la que esperaba, la sorpresa sangrienta de compartir un terreno en el que 20 años antes se produjeron escenarios de barbarie sin compasión alguna. Esa distancia que el turista ocasional vive cuando se desplaza, difícilmente se subsana por una estancia de un par de semanas en un país diferente, el contacto del turista con la realidad de cualquier país es muy limitado, muy parcial, muy subjetivo, la voluntad de pasarlo bien y guardar un buen recuerdo, buscar la fotografía bonita, el “yo estuve allí”, coleccionar lugares y poner banderas de conquista en un mapa imaginario de lo visitado y lo que queda por visitar, unido a que sólo sueles tratar con personas que viven por y para el turismo, te conduce a un juicio erróneo sobre la realidad. Kym se plantea el viaje a Bosnia como una experiencia viajera más, ese año toca Bosnia como otro puede ser Madagascar, desde la lejana Australia cualquier país parece exótico e interesante, ¿qué lleva a Kym a decidir pasar sus vacaciones viajando sola por Bosnia? No el recuerdo de la guerra, eso está claro.
 
 


Muchos viajeros aprovechamos para escoger alguna novela ambientada en los lugares que vamos a visitar, preferentemente escritas por autores locales, Kym no tiene mal gusto, en su mochila viaja “Un puente sobre el Drina” de Ivo Andric. Turista sin circuito, decide, una vez en Bosnia, visitar la ciudad de Visegrad y pasear por el puente, ajena completamente a lo que ese puente y esa ciudad supuso en la guerra de los Balcanes. La novela se ambienta en cuatro siglos de historia de la región, pero es obvio, escrita en 1945 es ajena a lo sucedido 50 años después, tan ajena como lo es la turista australiana, quien tras una noche de insomnio en un resort de la zona, siente la necesidad de documentarse, a posteriori, buscando alguna explicación a esa mala noche, a ese desasosiego, a esa enfermedad repentina que se le declaró en el hotel. El retrato del turista resulta perfecto, del mismo modo que los bosnios a la palabra Australia sólo reaccionan contestando “canguros”, Kym se presenta en Bosnia sin una idea concreta de lo que el país es, se trata de una zona más del mundo visitable, al regresar a su casa descubre que el mal que sufrió durante esa noche de insomnio tenía profundas justificaciones psicológicas.
 
 


El mal se encontraba en el lugar, el hotel decadente y de arquitectura desfasada, durante los años de la guerra fue utilizado como campo de concentración sexual, más de 200 mujeres musulmanas fueron capturadas, internadas, sometidas sexualmente y asesinadas en ese hotel, la población musulmana fue exterminada o deportada los que no huyeron a tiempo, el pueblo se transformó en un reducto serbio, borrado todo pasado de influencia musulmana, y la historia del hotel silenciada y ocultada bajo un pesado manto de olvido interesado. Recuperar la memoria, homenajear a los desaparecidos. Memoria histórica, verdad, reparación, son palabras recientes, discutidas y polémicas muchas ocasiones, bajo el manto de memoria histórica mucho historiador de medio pelo, periodista no investigador o novelista aprovechado intentan sacar tajada. La verdad de las cosas es difícil de asumir y de conocer, a veces el testimonio directo de las víctimas puede encerrar experiencias no personales que alcanzan la condición de mitificación y que no pueden ser contradichas para no chocar con la verdad oficial o con las propias víctimas, a las que se coloca en un pedestal inatacable como si por el hecho de ser víctimas nada fuera discutible y siempre tuvieran razón.
 
 


La realidad enseña que cerca de 1800 habitantes de Visegrad fueron asesinados durante la guerra por odio racial y religioso, ése es el hecho objetivo que nadie discute, si entramos en las razones, motivaciones, culpas, justificaciones, las habrá de todos los colores y creencias. Que al final no existe justificación lo demuestra el comportamiento de los habitantes cuando Kym vuelve una segunda vez para sentir lo que esa ciudad ha cambiado tras conocer lo que pasó, lo que era una turista simpática pasa a ser un testigo molesto de algo que no se quiere recordar, ni los habitantes ni las instituciones aceptan que un “aficionado” husmee en su pasado y se atreva a emitir juicios morales sobre su historia. La violencia verbal de los habitantes sorprende a la turista, creyendo que nadie puede asumir el peso de la barbarie no cuenta con ser maltratada, con ser humillada, poco menos que tendrá que aceptar su visión parcial de la historia, reconocer que desconoce que el puente tenía el nombre de Mehmet Pasá Sokolovic, Gran Visir que dominaba la zona en el siglo XVI, ése es el recuerdo de los habitantes de origen serbio, que ellos estuvieron dominados por los turcos, por los musulmanes que les sometieron, les asesinaron igualmente, que la guerra y la muerte cambian de bando con facilidad, y que ahora tienen derecho a eliminar cualquier vestigio del pasado turco.
 
 


Al final a la turista sólo le cabe el homenaje personal, más allá de los crímenes y los errores de cada bando, el recuerdo de 200 mujeres violadas y asesinadas no puede borrarse, que los habitantes prefieran la ceguera no justifica el olvido completo, su segundo viaje se transforma en un sentido homenaje personal, esas 200 mujeres no tenían culpa que pagar por crímenes del pasado. Como en sus anteriores películas, contando las secuelas de mujeres que habían sufrido la represión en campos de concentración, o las imposibles relaciones entre una bosnia laica y un bosnio musulmán, el contenido y breve relato de esta película vuelve a centrar sus afanes y su punto de vista en el lado femenino, un segmento de la población que suele sufrir las guerras con escasa posibilidad de defensa. En esta trilogía, su tercera parte proporciona la visión del extranjero, del que vive en la comodidad de su país pacífico, próspero, acogedor de diversas culturas y que no se ha visto en una parecida (también tienen su problema histórico con los aborígenes, pero esa es otra historia también retratada en el cine), de ahí que el homenaje y el sentimiento de la protagonista, personaje y realidad al mismo tiempo, resulte creíble. Un viaje con todas las consecuencias, incluso la de enfrentarse a la realidad más desagradable y querer conocerla, un aprendizaje para los que nos movemos como masa acrítica de aeropuerto en aeropuerto y no queremos saber, o no queremos que un bonito viaje se vea perturbado por la molestia de enfrentarnos con realidades incómodas. Por último añadir que lo contado es una recreación del viaje real efectuado por Kym Vercoe en 2011, aprovechado por Jasmila Zbanic tras conocerse ambas en Sarajevo en 2012, por eso no mitifiquemos lo visto, es la memoria de un testigo interesado, pero la reflexión es correcta y apunta en la buena dirección, aunque el resultado final sea modesto en este caso vale mucho más la idea que el contenido, hacer pensar mientras ves una película y tras terminarla no es escaso mérito.