martes, 10 de marzo de 2015

VIE PRIVÉE (Una vida privada, Louis Malle, 1962)


 
VIE PRIVÉE (Una vida privada, Louis Malle, 1962)
 

En 1960 se estrena “La dolce vita”, Tarkovski en 1962 rueda “La infancia de Iván”, Buñuel “El ángel exterminador”, Antonioni “L,eclisse”, Pasolini “Mamma Roma”, Marker “La jetée”, Truffaut “Jules et Jim”, Godard “Vivre sa vie”, y Malle hace esta “Vie privée”, inédita dicen, en España, a medio camino entre adentrarse en la nouvelle vague o seguir el clasicismo y el tirón popular del mito Brigitte Bardot, usando y abusando de la imagen difundida por Roger Vadim, a caballo entre “Zazie dans le métro” y “Le feu follet”, esta película aparenta una rara avis en el cine de Malle, calificada de “comedia dramática” parecería más un documental sobre el auge de una pequeña actriz gracias a su físico, la misma Bardot, que una película de verdad, una digresión sobre la fragilidad del éxito y la injusticia del mismo, auge, declive y caída del mito, y sobre el papel de la sociedad en los juicios y prejuicios que se crean acerca de personas que desconocemos, pero que, para hacerse conocidas venden su privacidad hasta que esa venta resulta insoportable para vivir.
 
 
 
 

En pleno auge del movimiento de la nouvelle vague, Malle reconocía que el público podía verse sorprendido, y no favorablemente, con la visión de esta película rodada en tres actos, pasado, presente y casi futuro, un pasado con numerosas elipsis, una adolescente en busca de un paraíso perdido, ajena de su propio mundo próximo, atraída por el amante de su madre y para la que un futuro en la región de Ginebra se representa como un tormento, el deseo es ir a Paris, vivir su vida en libertad, hacer, o intentar hacer, algo más que dejar pasar días regalados en el ambiente burgués acomodado en el que vive, ajena al mundo, enclaustrada en una jaula dorada, anhelando huir, de manera programada, a la búsqueda de su propia personalidad oculta antes de que ésta se marchite, desde París asistimos a los flash backs que provocaron la búsqueda de ese estrellato. La mención inicial a Fellini y su dolce vita procede de lo que sucede en el presente, conseguido el objetivo de irse, llega el éxito de las manos de un director que descubre cómo esa cara y ese cuerpo pueden enamorar a la cámara, siendo indiferente si detrás existe o no una actriz. Alcanzado el éxito surge, de nuevo, la necesidad de huir, de alejarse, la actriz deja de pertenecer a sí misma y pertenece al público, es la superstar permanentemente asediada por paparazzi pendientes de sus idas y venidas, amores y desamores, flirteos y romances. Tan deja de pertenecer a sí misma que cualquiera, hasta la portera de su casa, se atreverá a juzgarla por su aparición permanente en la prensa, ha pasado de sentirse enjaulada por falta de perspectivas a estar enjaulada por culpa del éxito.
 
 
 
 

Cine y realidad se mezclan cuando parte de los episodios narrados pertenecen a la propia vida de la Bardot una vez convertida en estrella del momento, el presente y el futuro cercano de la película se transforma en un drama de dos personas enamoradas que no pueden amarse secuestrados por la fama y el permanente objetivo indiscreto dispuesto a violentar la intimidad, el relato se transforma en una crítica social feroz hacia la sociedad cateta e inculta ávida de conocer vidas ajenas ante lo insípida de la propia, mercaderes de lo ajeno, pornógrafos del sentimiento inventado, usurpadores de lo más inviolable, el relato particular trasciende de la pareja formada por Bardot y Mastroianni, para reflejar en imágenes lo poco que importa el arte y lo mucho que vende el espectáculo, esa fase final del film se desarrolla durante el festival veraniego de Spoletto donde el personaje de Mastroianni, amante inicial de la madre, y finalmente enamorado y pareja de la hija, es director teatral de una obra de Kleist (paradigma del teatro romántico) que no es objeto de seguimiento mediático por su trabajo o sus ideas teatrales sino por estar acompañado de la diva, que, en la estancia italiana, se transforma en la princesa encerrada en el castillo del que no puede escapar.
 
 
 
 
 

Estamos ante la película creada a partir de un personaje real, reflejando episodios reales y enfrentándonos a nuestra propia avidez animal irrespetuosa, conduciendo a una actriz a la categoría de juguete roto o encaminada al suicidio por carecer de vida privada. En el fondo hasta reconforta comprobar que el Paris de los 60 podía ser tan cateto como la España de los 2000, a falta de referentes lo terrible sería que esto ya no sucediera en Francia cuando sabemos que los medios de comunicación nacionales dedican horas y horas a reflejar ese estado de opinión barato, chabacano, hortera, de mal gusto, y ni tan siquiera tienen la imagen de Brigitte Bardot en los 60 como modelo estético, y no estoy hablando de política.