lunes, 30 de marzo de 2015

MATAR A UN HOMBRE (To kill a man, Alejandro Fernández Almendras, 2014)


 
MATAR A UN HOMBRE  (To kill a man, Alejandro Fernández Almendras, 2014)
 
 

En el silencio de un hombre pueden esconderse muchos miedos, muchas inseguridades. Lo que parece sumiso, apocado, dominado, es capaz de revelarse cruel, calculador, exterminador. En el plano inicial de esta película, luz, sombras y música marcan el sendero tenebroso del protagonista, los rayos del sol apenas son capaces de atravesar las copas de enormes árboles, y desde un plano alejado no vemos nada relevante más que lo insondable de la naturaleza, hasta que el encuadre es surcado por una figura, más que hombre, una silueta, un ser que camina y desaparece por el lado contrario. Lo siguiente que veremos será al mismo personaje en primer plano dentro de un autobús intentando hablar por teléfono sin conseguirlo, como en muchas otras escenas de la película, la comunicación se va fragmentando, como la mente de este hombre, fragmentos que se van perdiendo hasta dejar su vida convertida en una obsesión.
 
 

Acostumbrado a la vejación y al dominio del más fuerte en un barrio marginal de una ciudad que bien podría pertenecer a la Araucania chilena, siempre termina apareciendo una chispa que provoca la reacción. Nadie aventuraría la que terminamos presenciando, como casi todos optaríamos por mirar hacia otro lado y buscar un entorno menos hostil. La ley del más fuerte se va adueñando de la vida de Jorge, los disparos que recibe su hijo cuando va a intentar comprar el aparato medidor de glucosa que le acaban de robar al padre los matones del barrio, modifica toda la perspectiva social y personal de alguien que, hasta entonces, se limitaba a aceptar, resignada y aburridamente su situación y a confiar en los mecanismos del sistema sin cuestionárselos.
 
 

Como las ramas de los árboles que tala en la propiedad que vigila en medio del bosque, esas ramas que el hacha elimina del tronco son como las oportunidades de salir a flote que se le van escapando al protagonista, una rama es la mujer, otra los hijos, otra la comodidad, otra el que alguien te espere en casa, otra la confianza en la policía, otra en la fiscalía, en la justicia. Siendo víctima de un delito violento lo último que espera Jorge es convertirse en acosado permanente, quien disparó y se disparó para simular legítima defensa, se convierte en un Max Cody de barrio dispuesto a vengarse de los meses de prisión pasados, poco a poco la atmósfera se convierte en algo más asfixiante, más inhabitable. Cuando Jorge lo haya perdido todo es cuando su obsesión se convierta en un objetivo.
 
 

No es matar a un hombre lo difícil, lo más complicado es deshacerse del cadáver. En el ascetismo visual de la película (tan cercano al cine de Alonso, al Tony Manero de Larraín, por hablar de referentes hispanoamericanos) calzar a un muerto que reaparece es sinónimo de rendición, de asunción de que hay que pagar por lo hecho, en definitiva, en el camino Jorge lo ha perdido todo, hasta su humanidad, sacando del interior, como si de los dominios del lobo se tratara, una bestia implacable, tan bestia como el “Calule” que le amarga la existencia y le persigue haya donde se encuentre para hacerle sentir lo que es el poder y la fuerza.
 

En “Matar a un hombre”, triunfadora internacional del último festival de Sundance, brillan los arquetipos del cine latinoamericano más reciente, se advierten las costuras del tipo de película que suele proceder de ese tipo de festivales, pero frente al cine de sentimientos, de parejas rotas y reencontradas, Fernández Almendras decide radiografiar las desigualdades de unas sociedades que, creciendo en los grandes números, han dado la espalda a los pequeños ciudadanos. Los derechos de varias velocidades terminan provocando pequeños caudillos de barrio, sensaciones de impunidad en las que una inmensa mayoría terminan devorados por la imposibilidad de reaccionar, y cuando se reacciona, el resultado suele llevarse por delante lo poco que habías construido, aunque lo que hubieras construido realmente no lo fue con ladrillo y cemento y sino con barro y paja. Para quienes vean la película, al final, piensen en que lo que acaban de ver, ocurrió en la realidad en el propio Chile.