miércoles, 18 de marzo de 2015

MAMMA ROMA (Pier Paolo Pasolini, 1962)


 
MAMMA ROMA (Pier Paolo Passolini, 1962) 
 
 

¿A mí que me importa mi madre? ¿A mí que me importa mi madre? ¿A mí que me importa mi madre?....... hasta tres veces, en escenas distintas,  Ettore niega a su madre en presencia de Bruna, hasta tres veces simula que esa señora que le ha rescatado de un  futuro criminal, o lo ha intentado, y que intenta darle una posición honrada para el futuro, no le interesa, no le importa, no le produce cariño, pero qué dura será la revelación cuando reclame la presencia de la “mamma” en el momento en que ésta no pueda estar junto a él.
 
 
 

La escena inicial es catártica para Mamma Roma, analizada con el conjunto de la película se entiende, supone la liberación, el inicio de una nueva vida por fín, el final del yugo que supone ese chulo que la ha tenido trabajando como prostituta. La escenografía de la mesa presidencial de la boda recuerda a una última cena, las caras no son precisamente de alegría ni esperanza en los casados, y las burlas y la alegría de la Magnani sirven de contrapunto incómodo, la juerga de una enfrentada a las miradas de compromiso de los otros.
 
 
 

Liberada de la prostitución Mamma Roma lo tiene todo pensado, cambiar de casa en Roma, un trabajo “decente” en el mercado, una Roma totalmente alejada de la imagen turística, el suburbio desordenado, la gente sin trabajo y sin expectativas, la juventud sin rumbo y encaminada a la pequeña delincuencia, pero todo eso no va a arredrar a Mamma Roma, porque ella lo hace con un objetivo, recuperar al hijo que no podía tener consigo con su anterior trabajo y hacerle un caballero respetable. Orgullosa de su hijo, aunque sinceramente, no se alcanza a comprender el porqué, más allá del orgullo inherente a toda madre, procura, dentro de sus limitadas posibilidades, dar lo mejor de lo material que está a su alcance a Ettore.
 
 
 

En un bellísimo plano nocturno, en el que la cámara se mueve por delante de la Magnani y ésta avanza y avanza, Mamma Roma se despide, con la misma alegría que en la escena de la boda, de sus compañeras y compañeros de profesión, mujeres, hombres, chulos, travestis, gays…… la fauna nocturna del sexo de pago de Roma se despide de la protagonista, con una cierta sensación de envidia, no es un tipo de vida que se desee por más que te llames Biancafiore.
 
 
 

En el momento en que Ettore empieza a convertirse en una presencia capital de la película comienza a sonar, al principio con timidez, pero posteriormente de manera reiterada y subyugante, el concierto RV540 de Vivaldi, lo que empieza como una música bellísima y evocadora, en unión con las imágenes y la historia, se convierte en una música que atenaza los sentidos, en un reflejo del ánimo a la par indolente y melancólico del propio Ettore, personaje que guarda una rabia interior dispuesta a salir a flote en cualquier momento, pero incapaz de poderse sobreponer a sus propias debilidades, lo que considera éxitos propios no dejan de ser conexiones con la fortaleza de su madre y conquistas obtenidas gracias a ella, pues todo aquello que realiza por si, sin el consentimiento materno, está avocado a lograr su ruina personal, basta que su madre no quiera que ande con la pandilla del antiguo barrio para que se una con “chicos que parecen bien” pero que se dedican a todo tipo de trapicheos y robos, basta que su madre no quiera que se enrede en los encantos de Bruna para que sea la única mujer con la que se relacione  a lo largo de la película, basta que su madre le diga que le encanta un disco con canciones de Joselito para que sean los primeros discos que vende a un quincallero del mercado, basta que se ponga de acuerdo Mamma Roma con Biancafiore y su chulo para tender una trampa a un incauto dueño de restaurante y chantajearle para que de un puesto de trabajo a Ettore para que éste dure dos días trabajando porque no es lo que él quiere de la vida.
 
 

En ese continuo descenso a los infiernos de la pobre Mamma Roma, reaparecerá su chulo, del que creía haberse desprendido mediante la boda del principio, y reaparece para hacer daño en lo que más le duele a la Magnani, o vuelve a hacer la calle o Ettore sabrá el pasado de su madre, y así , para que Ettore no descubra que su madre fue puta, volverá a trabajar de puta. Un segundo travelling frontal nocturno de Mamma Roma y Biancafiore ya no tendrá la alegría del pasado, sino la resignación definitiva de que no puedes escapar de tu pasado cuando vives continuamente en el alambre, del mismo modo que, si todo el esfuerzo de Mamma Roma era sacar a su hijo de la calle, que estudie, que tenga un trabajo, el final será la entrada en prisión del propio Ettore, especializado en robar a los más necesitados y a los más indefensos, que son los enfermos del hospital. Mamma Roma no puede abandonar su pasado y tampoco consigue recuperar a su hijo.
 
Ettore tendrá un último tiempo para arrepentirse de sus tres negaciones, como si estuviera crucificado, en un último extertor, llamará a su madre, ahora si ha entendido lo que su madre quería y lo que le quería, mal momento porque los perdedores no suelen tener segundas oportunidades. Aquí la música si que coadyuva a generar un estado de emoción tangible, los acordes del violín provocan un desasosiego tal porque el espectador comprende que la música que parecía ligera en un principio se ha transformado en un auténtico réquiem, el de Ettore en la cárcel, y el de Mamma Roma, para quien toda su esperanza en su hijo, en el cambio de vida, en la Iglesia y en el poder económico han desaparecido, fuera de esa ventana con una cúpula al fondo, en un paisaje desolado de ladrillos y polvo sólo queda eso, vacío, el vacío de la pérdida de un hijo y de un futuro inexistente, el rostro demudado, desesperado y esos ojos ojerosos de la Magnani dirigidos a un cielo sin respuesta. Los últimos planos de Ettore, iluminado por la claraboya del techo, mientras permanece agonizante atado en cruz a una mesa que recuerda la de una autopsia nos remonta a escenas pictóricas fijadas en nuestro subconsciente, para mí aparece un cuadro de Caravaggio en blanco y negro, incluso el rostro de Ettore recuerda al del propio pintor de joven y su criado antes de tener que huir de Roma perseguido por su ligereza con el uso del arma blanca. No en balde Caravaggio y Passolini eran italianos, ambos malditos, pero ambos sublimes en su arte.