miércoles, 4 de febrero de 2015

NIGHTCRAWLER (Dan Gilroy, 2014)


 
NIGHTCRAWLER ( Dan Gilroy, 2014) Calificación: 8
 



 
 
 

O la historia de un cabrón contada por si mismo desde la más absoluta nada hasta las más altas cotas de la miseria. Los Gilroy son una familia de lo más cinéfila, basta ir leyendo los títulos de crédito para ir comprobando la cantidad de veces que alguno de ellos sale como acreditado en esta película, y si sobresalen en algo, es, hasta ahora, en la escritura de historias sustentadas en el suspense y la intriga, desde Michael Clayton hasta la saga Bourne, su forma de analizar las miserias de la sociedad moderna en los países avanzados se ha mostrado en forma de thrillers poderosos. Ahora le toca el turno a Dan Gilroy, y su primera película no puede ser más prometedora, ni más perturbadora. Potente y caótica como un drama de Shakespeare o de Dostoievski, algunos encuentran similitudes entre estos vuelos nocturnos y los paseos de otro Bloom, el del Ulises de Joyce, no lo se, yo he sido incapaz de leer la obra literaria.
 
 


El periodismo ha dado mucho juego en la historia del cine, muchas veces ha sido más atrayente cuanto más perverso y manipulador ha sido el entorno y el desarrollo de la acción, cuanto más vendido y corrupto es el cuarto poder más destacado es el retrato de la sociedad que lo ampara y lo permite crecer entre las miasmas del poder, cómodamente asentado sobre cimientos sólidos de corrupción que necesitan propaganda suficiente como para vender los supuestos logros, las relaciones de la prensa y el poder político han solido ser ese caldo de cultivo del género periodístico en el cine, Gilroy cambia el ecosistema y se decanta por ese periodismo que manipula comportamientos y opiniones en temas intrascendentes. Ahora es momento de retratar el mundo del periodismo de sangre y vísceras, la manipulación de escenarios y noticias para que una verdad no te estropee una buena exclusiva, ordeñar la vaca de la información para mantener una cabecera durante días suministrando poco a poco los datos con los que cuentas desde el principio, el negocio del periodismo informativo sustentado en aumentar audiencias mostrando la truculencia de la vida diaria, y aquí entra en juego Lou Bloom ( un magnético e inquietante Jake Gyllenhaal).
 
 


Estamos en el reino de la noche, la primera escena nos sirve perfectamente para retratar al personaje de Lou, un segundo, una mirada más atenta de lo usual a algún objeto, un gesto, un ligero parpadeo, una presencia que está pero cuya mente se sitúa en otro plano distinto al que se encuentra su interlocutor, su cálculo de probabilidades actuando a pleno rendimiento para valorar las posibilidades de éxito, y al instante un reloj pasa a la muñeca de Lou, un buscavidas con apariencia de fragilidad, su presencia física no impone, pero su violencia mental y su determinación le hace conferir a sus propósitos un riesgo que excede de lo normal, un riesgo que pone en peligro vidas, incluso la suya, pero en el que los actos no son gratuitos ni irreflexivos, todos ellos están dirigidos a un fín calculado, el éxito y el poder.
 
 


De manera fortuita Lou alcanza a conocer un modo de vida que puede ajustarse a su exclusión social a las mil maravillas, reportero free lance de accidentes, asesinatos, catástrofes. Como aquel Joe Pesci del “Ojo público”, Lou aprende sobre la marcha y aprende rápido, sitúa zonas, excluye sucesos, aprende los códigos policiales para saber diferenciar lo importante de lo superfluo y llegar antes que nadie al escenario del crimen, y vende, sabe vender como nadie los resultados de sus noches de caza, porque este sujeto pernicioso, ególatra, misántropo, manipulador, se ha fijado en un objetivo, salir del agujero a costa de lo que sea y de quien sea. Su máximo potencial lo obtiene en la noche, en esas horas en las que los hijos de la sociedad capitalista duermen profundamente en el sueño de sus hipotecas, de sus casas con jardín, sus seguros médicos, y en las que los halcones vuelan buscando víctimas propiciatorias. Tras el halcón, o siguiendo sus pasos, llegan los buitres, y Lou es un buitre de primera que se alimenta de la sangre que, a su paso, deja la desgracia o el crimen.
 
 

 
Llega un momento que a Lou la realidad le parece escasa, y el golpe de efecto lo tiene que preparar para conseguir el crecimiento de su naciente empresa de contenidos audiovisuales, el reconocimiento público de la cadena de televisión a la que vende sus capturas y el sexo que necesita a cambio de entregar el producto consiguiendo en exclusiva a la directora de informativos de esta cadena de tercera en L.A. cuyos índices de audiencia se disparan semana a semana con las grabaciones de Lou. La corrupción no prospera sin sociedad corrupta, como los políticos no proliferarían en estos comportamientos si los votantes dejaran de refrendarles en las urnas, la prensa no vendería carnaza ni manipulación si no existiera un nicho importante de mercado en el que el consumidor de noticias lo que quiere es violencia verbal, visual y manipulación, adornada con el suficiente mal gusto y el ensalzamiento de lo hortera y lo banal, no creemos espectadores para pensar sino para pastar.
 
 


Este es el mundo al que sirven Lou y Nina (René Rousso), uno vendiendo y otro difundiendo basura en forma de sangre y muerte. El deseo diario de ambos es que cada noche suceda un hecho truculento de mayor envergadura para saciar la voracidad del mercado y de los directivos de la cadena. Nina está en esa edad donde un despido te arroja a la fosa de reciclaje, Lou lo sabe y utiliza esa carta sin escrúpulos, no busca amor ni romanticismo, busca crear una apariencia de pareja donde ambos se sirvan mutuamente, aunque esto no deja de ser una mentira porque el poder lo tiene Lou, él es el servidor de imágenes y quien permite que todo lo demás gire a su alrededor, si el suministro acaba la cadena se viene abajo. Ser profesional y honesto, denunciar que se ocultan pruebas de los delitos, que se violan las más mínimas normas de la ética periodística no es conjugable entre estos vampiros sangrientos, quien tenga escrúpulos y pretenda seguir siendo editor de un noticiero serio no tiene cabida en un mundo donde lo que predomina es el influjo de la luna.
 


Poderosa fotográficamente, utilizando la noche y la luz artificial como un mundo distinto, en el que la luz del día obliga a Lou a esconderse en su apartamento permanentemente enchufado a una pantalla, noche y día como antagónicos porque el poder de Lou sólo se muestra como es durante la noche, mientras que el día le exige mayor cautela y no abandonar la guarida, una banda sonora que congenia a la perfección con las imágenes, un tratamiento estético que no abusa del efectismo ni del esteticismo vacío, un intérprete excepcional para un personaje nada fácil, conseguir que Gyllenhaal haga sentir miedo y poder en su mirada no es sencillo, su presencia y constitución están en las antípodas de esas sensaciones, pero por supuesto que las logra, su charlatanería y verborrea impaciente no son vanas, son una expresión  de su control de la escena y del poder que desarrolla, todo esto confluye en “Nightcrawler”. Por medio de la palabra se convence, se atemoriza, se controla y se humilla, Lou consigue todo eso al tiempo que no duda en hacer todo lo posible para transformarse en el amo del mercado, ninguna amenaza que reciba será suficiente porque todas son superables y dominables. Torres más altas habrán caído, pero no en una fase inicial de su desarrollo, quien es capaz de actuar así al principio, incrementará su riesgo y su desprecio por la ley hasta derrumbarse, solo que hasta entonces el mal causado se habrá extendido como la putrefacción procedente de un fruto en un cesto lleno de fruta sana, el veneno de Lou se inocula a través de la imagen, televisión y nuevas tecnologías como exponentes de las nuevas religiones inatacables. Una primera película con mucha calidad, con mucha entidad y con muchas lecturas internas, la trama y la acción son necesarias para contar lo esencial, no al revés, como suele ser lo usual en thrillers y películas de intriga, el macguffin de llegar al máximo del reporterismo de sucesos es la excusa para conseguir el retrato perfecto del crápula existencial, una recomendación, a mi juicio, de las buenas.