viernes, 6 de febrero de 2015

MELODY (Bernard Bellefroid, 2014)


MELODY (Bernard Bellefroid, 2014) calificación 7
 

 
Un edificio todo ojos, una colmena sobre una gran ciudad, iluminada hacia el vacío, un cuerpo de mujer tendido en posición fetal, sensación de angustia y desamparo, una mochila y una huida. Estamos ante una película de enorme sensibilidad, de desparejada comunidad entre dos mujeres unidas por un solo vínculo, un vínculo que termina siendo muy poderoso pero en el que predomina la visión mercantilista de nuestro mundo occidental. Como un arriba y abajo del siglo XXI la película transforma y muta su progresión con cambios temáticos que no vas suponiendo porque su transcurrir es absolutamente natural.
 
 


Transcurriendo entre el espacio indefinido de la Europa francófona, en ese triángulo entre Francia, la Valonia belga y Luxemburgo, y el Reino Unido, mezclando el francés y el inglés con naturalidad, la película parece empezar siendo el enésimo retrato de la juventud hermosa y sin horizontes, con sueños de emancipación e independencia económica más imaginados que reales, una apuesta a una sola carta donde la inversión va a depender de un golpe de fortuna, de un banco magnánimo o de venderse al diablo. Ese inicio de película recuerda claramente a las deambulaciones urbanas tan características de los Dardenne, el reflejo de esas capas sociales anónimas, ignoradas y engullidas por un sistema que deglute ciudadanos como quien se come una bolsa de pipas, esa cámara que retrata la espalda y la nuca de su protagonista, entre desesperada y esperanzada porque sabe lo que quiere pero sabe lo que le falta.
 
 
 


En el mundo del todo vale y todo se vende, Melody opta por venderse, una venta temporal y a plazo, con un único cliente, otra mujer. Aquí entra el tema de la maternidad en la película, la maternidad de alquiler, aquella que sirve de metáfora de cómo el dinero todo lo puede. Una mujer que ya no puede tener hijos y que no renuncia a desplegar su instinto y su naturaleza suple la incapacidad física a golpe de talonario, y entre un catálogo de candidatas escoge a Melody como madre de alquiler. El conflicto está anunciado, entre ambas mujeres surge una relación de confianza y de rechazo, ambas compiten aterradas por las consecuencias de su decisión, Emily temerosa de que Melody termine negándose a entregar al bebé una vez que nazca, Melody incapaz de saber cuál será su sentimiento final, sorprendida de cómo una situación meramente económica e indeseada transforma su voluntad y le hace experimentar una serie de anhelos y sensaciones que nunca imaginó. La escena se traslada a una especie de refugio en el que las mujeres van a convivir durante el embarazo, una convivencia forzada pero de la que surge una relación de cariño y comprensión mutuo, un relato del conocimiento, de la otra, y de si misma. Un espacio que remite al mar, el mar como elemento de vida y generación, el mismo mar de Ozon en Mi refugio o Benedek Flieghauf en Womb por poner ejemplos recientes de cine y maternidad.
 
 


La psicología de las dos mujeres encuentra puntos en común entre sí antitéticos pero complementarios y que terminan acercando a las dos mujeres en vez de separarlas, Emily a la busca de esa maternidad que la naturaleza le ha negado y Melody buscando a la madre que nunca tuvo al ser entregada en adopción nada más nacer, una hija con ganas de ser madre y una madre con ganas de ser hija. Ambas sienten ese vacío amoroso del sentimiento maternal, cada una desde su posición pero entendiendo perfectamente las sensaciones de la otra, la película juega al reflejo de las clases sociales y cómo, forzadamente, Emily tiene que aceptar a la clase inferior en su propio espacio, una invitación a subir unas escaleras coloca a ambas mujeres en el plano de igualdad que hasta entonces no ha existido, a partir de ese momento la mujer madura y la joven compartirán espacio y nivel, aunque sea temporalmente, el negocio ha igualado la situación y Melody puede contemplar el paisaje desde la terraza exenta de la vivienda de Emily.
 
 
 


Creo entender que la película puede ser mejor comprendida desde la sensibilidad de las mujeres como espectadoras que desde el punto de vista de los hombres, pero este cliché puede no ser cierto si resulta que el propio director es un hombre y quien escribe también y he sentido muy cercana, muy creíble, muy sensible, la historia y sus personajes. Dos mujeres obligadas a entenderse y a asumir una situación irreversible en la que el “pathos” de la tragedia termina abriéndose paso sin estridencias, sin morbo, sin efectismos de basura sentimental. El último giro argumental es mejor mantenerlo en silencio, quien disfrute de la película sentirá el zarpazo intenso que supone el desenlace, no por apuntado menos tremendo. Una puerta cerrada por dentro dice mucho más que toda una serie de parafernalias y rituales de raíz religiosamente inatacables y socialmente inmutables, una puerta que ya no se abre y una casa desmantelada resumen páginas y páginas de guión. Diez minutos finales de espléndida interpretación monopolizada por Lucie Débay después de dar a luz ponen un broche intenso y emocional a una muy notable película recién exhibida en el festival de Rótterdam y que, por tiempo limitado, puede verse en la plataforma de pago filmin, y los afortunados de Barcelona en ese proyecto que ojalá termine con un éxito rotundo que son los cines Zumzeig. Dos actrices en plenitud interpretativa y emocionalmente entregadas a unos papeles que podían haber dado lugar a un melodrama barato y que gracias al juego de luz, de emplazamiento y de guión componen a dos mujeres apasionantes.