lunes, 16 de febrero de 2015

LES COMBATTANTS (Thomas Cailley, 2014)



LES COMBATTANS (Thomas Cailley, 2014) Calificación: 7




Hay una cierta tendencia del moderno cine francés a retratar, real o metafóricamente, el fin de la civilización occidental, y hay una enorme tendencia, igualmente, a retratar el paso a la edad madura como una sucesión intransitable de traumas, decepciones, vacíos e imposibilidades, provocados por mutaciones internas pero, también, y esto es lo más importante, por el rechazo que produce nuestra actual sociedad consumista una vez comprobado que no está al alcance de todos acceder a ella. En “Les combattants” confluyen ambas tendencias en la alegórica necesidad de ser fuertes, prepararse para la supervivencia, convertirse en un ser individual ajeno al afecto, ajeno a buscar momentos positivos en la vida, tendente a despreciar lo que gusta y dedicarse a lo que no gusta para dominarlo.





La escena inicial en la que dos hermanos deciden no comprar un ataúd a su padre por la mala calidad de la madera, y la mirada de odio y resentimiento que Madeleine dirige a Arnaud tras el uso de juego sucio por parte de éste para “vencer” en una demostración de lucha organizada por los militares que buscan reclutar nuevos soldados profesionales, nos ayuda a compronar la naturaleza superviviente de Arnaud y la ira interior de ella. Bastan dos escenas para configurar dos personajes que, tanto aisladamente, como en pareja, llenan la pantalla, en una relación que, como dice el dicho, del odio al amor, hay un paso, una relación en la que, repeliéndose ambos inicialmente, la ritualizacion del conocimiento mutuo, sin seducciones de papel couché, termina transfigurando a los personajes.





No deja de ser chocante que la juventud francesa se queje de lo mismo que uno oye de la juventud española, trabajos malos, explotación laboral, falta de perspectivas, un interior de Francia sin vida, paro, estudios inútiles para tener un trabajo, y la permanente presencia del ejército como una posibilidad de escape, al menos temporal. Este ejército será un ejército de verano, una especie de colonias militares, de prácticas veraniegas para que nadie se enrole sin saber ni conocer, algo para lo que Madeleine se entrena sometiendo su cuerpo, su vida, a la privación y al desagrado, mientras que Arnaud no se lo plantea más que como una forma de evasión pero nunca como una posibilidad, hasta que, Arnaud, más posibilista, más humano, concluye que yéndose de improviso a ese campamento puede intimar con Madeleine.





La experiencia demuestra quién está preparado para sobrevivir con lo mínimo y quién tiene que aceptar que lo suyo no es obedecer órdenes, no ser la primera en nada y no soportar el principio de autoridad, también supone terminar aceptando que no todo lo que gusta puede ser ni tiene que ser rechazado, Madeleine y Arnaud refuerzan los lazos invisibles de la atracción en una escapada que tiene mucho de regreso al estado de naturaleza, aislados voluntariamente demostrando su capacidad de sobrevivir y conocerse sin hacer nada más. En “Mes seances de lutte”, dos amantes terminan perdiendo sus rasgos, su definición corporal mientras se aman en un charco lleno de barro, Madeleine y Arnaud, sin tanta explicitud y efusión, confluyen en la misma situación, pero previamente han ocultado esos rasgos mediante el uso del camuflaje militar, los combatientes lo van a ser en el amor de un proyecto futuro, reforzada su identidad como equipo, la solidez estoica y posibilista de Arnaud arrastra consigo al afán autodestructor de Madeleine, pocas veces se vió a un hombre arrostrando la parte “femenina” del relato y a una mujer en un papel tan “estereotípicamente masculino”, la indefinición de los personajes frente a los demás asumiendo roles patriarcalmente rechazados, pero que a ellos, les hace más grandes y cercanos, por lo menos entre sí.





Interesante retrato de una juventud marchita, relato generacional que se echa en falta en otras cinematografías y que los franceses reiteran con asiduidad, alejado del retrato imbécil del veinteañero, estos jóvenes experimentan, unos se rebelan y otros se acomodan, aprenden a pensar enloqueciendo mientras otros se entretienen sin pensar para no volverse locos.