miércoles, 25 de febrero de 2015

HIPPOCRATE (Thomas Lilti, 2014)


 
HIPPOCRATE (Thomas Lilti, 2014) Calificación 5,5
 


La distancia en francés entre pronunciar “Hippocrate” e “hypocrite” es la misma que la del castellano entre “Hipócrates” e hipócrita, o lo que es lo mismo, entre el profesional con escrúpulos y el que hace tiempo perdió los suyos, entre la sanidad mental del médico convencido de que la decisión del paciente es lo más importante y la del que sólo ve rendimiento empresarial en una gestión. “Hippocrate” forma parte de ese amplio número de películas francesas con tono amable, bien cierto, de factura convencional y dirigida al gran público, alejada de reflexiones metafísicas o sesudas composiciones de personajes, no hay diálogos grandilocuentes ni retos de difícil explicación para el espectador. Ronda el calificativo de cine comercial, pero sí que permite reflexionar sobre algún que otro aspecto de nuestra sociedad que inquieta a los ciudadanos y parece resbalar a los políticos, sobre todo en algunas comunidades autónomas, o en unas más que otras, arrasando con lo que funcionaba para justificar la entrada de capital privado.
 
 


Y es que viendo “Hippocrate” sentimos muchas de las reivindicaciones del sistema de salud público español reflejadas en la historia, instalaciones viejas, aparatos estropeados, mucha buena voluntad de los profesionales para solventar la carencia de medios, ineficacia política, derrumbamiento de lo público, colocación de amistades en los puestos de dirección con independencia de si proceden o no del ámbito sanitario, médicos dispuestos a vender su alma al diablo con tal de asegurarse puestos de libre designación, una masa silenciosa de médicos que tragan y sólo protestan en el café (algo tan común en muchos gremios), y de vez en cuando, algún que otro profesional que da primacía a la voluntad del paciente, aunque cueste más dinero, que a la voluntad de la orden administrativa.
 
 
 


“Hippocrate” refleja el racismo latente de las élites francesas incluso entre profesionales, habla de la explotación laboral y salarial de los jóvenes médicos internos de los hospitales públicos franceses, habla de la eutanasia, del derecho a morir con dignidad, de cómo en muchas ocasiones el fervor médico se ceba en un mantenimiento de una vida aunque sea a costa del sufrimiento o y en contra de la voluntad del paciente, en cómo un error médico provocado por el mal estado de los aparatos se oculta y se silencia engañando a los familiares. Benjamín (Vincent Lacoste) comienza a trabajar en un hospital como médico similar a los residentes españoles en el servicio de medicina interna, advertimos su torpeza y hasta su falta de carácter, su primera actuación es una punción lumbar que hace daño al espectador, pero es el hijo del director médico del hospital (Jacques Gamblin). En las antípodas se encuentra Abdel (Reda Kateb, césar 2015 a mejor actor secundario), también trabaja como residente, pero es un médico hecho y derecho, sólo que al proceder de Argelia no puede trabajar como tal sin pasar por ese periodo de formación que él no necesita y una prueba especial para extranjeros que quieren practicar la medicina en Francia. Son dos modelos de profesional y dos modelos de vida, la del joven despreocupado porque nunca le ha faltado de nada y el profesional por vocación que deja país y familia buscando un mejor futuro para encontrarse con un sueldo miserable que solo le permite alquilar una habitación dentro del propio hospital.
 
 
 


La evolución de ambos es previsible, la envidia fruto de la diferente situación social irá dando paso a cierta admiración de Benjamín por la humanidad y sabiduría de Abdel, de los desencuentros iniciales a la amistad final, de apocado y tímido médico a organizador de una revuelta imaginaria donde se da cita la necesaria y freudiana muerte del padre para poder crecer como persona. “Hippocrate” podría haber sido mucho mejor película pero tampoco es desdeñable en lo que cuenta, podría haber sido más arriesgada a costa de perder audiencia, podría haber sido mucho más cruda y más cercana en manos de gente dispuesta a rodar historias de conciencia social y de clase, su final “feliz” haciendo tabula rasa de todos los desastres previos es más que previsible porque estamos ante un determinado tipo de cine blanco que no gusta de hacer sangre, pero, como las manchas que tienen las batas que Benjamín recoge de la lavandería para trabajar, hay cosas que no se pueden borrar en lo que hemos visto, y hay cosas que nos recuerdan a ciertas cacerías mediáticas y políticas hacia ciertos doctores en España, como el Dr. Montes, o a historias de primas a quienes menos recetan o menos gasto consiguen, o a la implantación de esas llamadas unidades de gestión hospitalaria destinadas a reducir costes de la única manera posible, limitando el confort del paciente. Es una película de un hospital francés, pero podría ser un hospital español, país en el que las sagas familiares médicas prodigan, sin que el hecho de tener el mismo apellido signifique ser igual de bueno, pero ¿quién dijo que hay igualdad de oportunidades?