sábado, 14 de febrero de 2015

HANEZU (Hanezu no tsuki, Naomi Kawase, 2011)


 
HANEZU (Hanezu no tsuki, Naomi Kawase, 2011)
 

No es de extrañar que en el cine de un autor termines reconociendo una serie de puntos en común que identifican su arte, en este caso el arte de Kawase, íntimamente ligado a la naturaleza y a la tradición de un Japón alejado del bullicio y la vorágine de la gran ciudad, más apegado al individuo, a sus relaciones personales, su situación en la naturaleza, su fugacidad. Lo espiritual, la muerte, lo inmaterial en el cine de Kawase, se liga, de manera simple, con lo cotidiano, lo mecánico, lo terrenal. No somos importantes porque somos minúsculos, aunque nos creamos lo contrario.
 
 

En el Japón milenario el Monte Kagu luchó con el Monte Miminashi por el amor de la Montaña Unebi, en la leyenda se resume la historia de la humanidad, desde la época de los dioses, hasta el momento de nuestra  efímera vida, los hombres luchan por las mujeres. Y en el fondo la historia de la película no deja de ser la de un triángulo amoroso en el que una mujer se encuentra en medio de dos hombres, el marido y el amante, “hoy me he levantado triste” es la forma que tiene Kayoko de decir que ni Tetsuya (el marido) ni Takumi (el amante) consiguen dar sentido y plenitud a su vida, siente que ninguno lucha lo suficiente por ella, ambos esperan la reacción de ella, y en esa espera casi consiguen ser rechazados ambos.
 
 

Simplificado el argumento, lo importante surge cuando ese argumento humano se pone en relación con las imágenes, las miserias o desgracias humanas son ridículas en medio de la naturaleza, la inmensidad del paisaje arroja a los humanos a la categoría de insectos, precisamente esos que acompañan a los espíritus que aportan el punto extrasensorial en la película. Vivos y muertos coexisten y conviven en los espacios donde, en la antigüedad, se asentó la cuna del Japón moderno, la región de Nara.
 
 
 


Trabajar con las manos acerca al hombre a la naturaleza, sea madera o barro, mezclada con sangre equivale a vida o a pérdida de ella, si en Still the water, Kawase coloca el mar y el agua como fuente de vida y esperanza, en Hanezu el agua equivale al poder de la naturaleza y a la proximidad de la muerte. Generaciones y generaciones de japoneses han ido dejando paso a las siguientes en el territorio de Nara, Nara, uno de los santuarios religiosos más importantes de Japón, proporciona esa espiritualidad interrelacionando al hombre con la naturaleza y Kawase lo transporta a imágenes donde los seres humanos terminan sufriendo sus desdichas  en medio de fenómenos naturales incontrolables.
 
 
 

Apenas si hay alegría en la película, el desarrollo es breve y esquemático, rostros abandonados, incapaces de reflejar sentimientos, de mostrarse frente a otros como seres sufrientes, “¿por qué no me hablas?”, prefieren la intimidad o la soledad para dar paso a las frustraciones de la vida, una vida que no deja de ser una acumulación de derrotas, una tras otra, hasta el abandono final, que llegará antes o después, pero llegará. Entonces sólo quedará acompañar a los vivos en acciones paralelas de dimensiones superpuestas pero nunca coincidentes desde la inmaterialidad del espíritu, a los que está dedicada la película. El soldado, la mujer muerta, los insectos, la tela de araña, la gota de lluvia, la pareja de golondrinas, la niebla en la montaña……….todo está con nosotros pero no lo sabemos ver, ensimismados en nuestras carencias no nos damos cuenta de que apenas si somos algo, ¿qué podemos hacer nosotros frente a dos montes que luchan por una montaña? Transformarnos en monte y montaña, solo entonces una sonrisa asomará en nuestro rostro entre el barro de las remotas generaciones desaparecidas. Ah, y de paso, si hay ocasión, visitar Nara y sus templos, no se arrepentirán.