jueves, 12 de febrero de 2015

DYING OF THE LIGHT (Paul Schrader, 2014)


 
DYING OF THE LIGHT (Paul Schrader, 2014) Calificación: 0
 


“Al final del día llega el decaimiento” dice Nicolas Cage en esta película donde los hombres se dividen en dos clases “están los hombres de acción y los demás”, pues a Schrader en este caso el decaimiento le cayó desde la primera hora del amanecer y pertenece al grupo de los demás. Aunque en una película renegada por el propio director y su grupo de actores, quienes protestaron públicamente con unas camisetas por no respetarse la voluntad del director y guionista en el montaje, hay que poner en tela de juicio el resultado final, ¿es o no es una película de Schrader lo que vemos? Cuesta creerlo, al menos cuesta creerlo totalmente, pues siendo el último cine de Schrader la sombra de lo que fue, uno no se imagina al mismo contando una historia tan banal y mediocre, tan ausente de alma, tan deslavazada, con unos personajes ajenos a conflictos morales como los que el cine de este director acostumbra a retratar, de hecho no hay conflicto moral alguno, y la película está tan quemada desde el principio como la bandera que adorna el despacho de este agente terminal.
 
 


Porque la película es mala, muy mala, acorde con un tipo de cine testosterónico y reivindicativo de la violencia como modo de acabar con la violencia. Es tan vieja como la necesidad que siente mucha gente de vengarse de aquello que no ha gustado en el pasado o que ha hecho daño, pero siendo mala la película, y por mucho que el montaje haya adulterado el propósito del director, no deja de haber escenas inquietantes y despreciables, el retrato de Evan Lake (Nicolas Cage) es el de un puro fascista, al menos el montaje es lo que ofrece, lo que no sabemos es si Schrader pretendía criticar esa situación o reivindicarla, ya sabemos que Schrader no se prodiga por su progresía política, pero cuesta creer que ello le lleve a considerar el ojo por ojo como forma de solventar el problema integrista musulmán y a vender el discurso patriótico como referente de unos valores que no han de desaparecer, pero que no sabemos cuáles son.
 
 
 


22 años después de una operación de rescate en la que nuestro protagonista está siendo torturado y a punto de ser degollado por un radical islamista en Líbano, Evan Lake continúa obsesionado porque el cuerpo de aquel radical terrorista no fue encontrado. La sospecha de que la propia CIA dejó huir al terrorista para colocarle en una posición de “soplón” y desactivarle operativamente ronda la cabeza de Lake. La obsesión de Lake, apartado del servicio de campo por su desequilibrio mental, cuenta con la colaboración de un nuevo agente más joven, y apareciendo una pista en Bucarest, a partir de entonces comienza, de nuevo, la caza del terrorista al margen de los procedimientos oficiales porque la agencia da por finalizada la necesidad de localizar a ese espectro del pasado con lo que ya hay en marcha, que es suficiente, estamos ante un reto personal del ex agente.
 
 


El guión, o el personaje de Lake carga contra todo, afectado de una enfermedad cerebral de vez en cuando sufre lagunas (“Lake”) y movimientos incontrolados en su brazo derecho, para estabilizar ese temblor el director nos muestra al agente brazo en alto con la mano extendida, ¿burla o reivindicación?, acusa a Obama de venderse a las empresas privadas de seguridad poniendo en peligro a los profesionales y a los ciudadanos, son los políticos los responsables del fracaso de las operaciones Irán-Contra, AMES, armas de destrucción masiva en Irak, el 11 de septiembre, Afganistán………como si todo ello fueran inteligentes campañas dirigidas a salvar al mundo libre a costa de la vida y libertad de cientos de millones de seres humanos.
 
 


No puede ser, no puede ser tan burda la historia de Schrader, no puede ser tan banal como para crear dos personajes tan metafóricos como tan simples, si Lake tiene problemas de memoria y una enfermedad cerebral, el terrorista agoniza intoxicado por el envenenamiento de su sangre por una enfermedad hereditaria, la talasemia, occidente tiene enfermo el cerebro, el islam su herencia, su sangre, “no way out” entonces, dos enfermos sólo pueden luchar por sobrevivir sin pensar en el otro ni en remedio para el contrario. No hay vencedores ni vencidos, pero el terrorista (¿quién lo es más de los dos?) suelta el discurso final del descreído, de quien ha dejado de ser creyente y reivindica el marxismo como el futuro del Islam, la justicia social. En este sinsentido uno ya no sabe si algo tiene pies ni cabeza, si estamos ante cine serio o ante una astracanada firmada por Mel Brooks. No merece más ni menos, sólo recomendar que nadie pierda el tiempo pagando o pirateando esta película, es pura y simple bazofia que termina con “la diferencia entre ellos y nosotros es que nosotros tenemos valores”, pero ese nosotros sólo se dirige a los agentes de la escuela de Langley, pues la película nos demuestra que Lake tiene mucho, pero valores muy pocos. Y encima, para rematar el pastel, tengo que aguantar la presencia de mi admirada Irene Jacob en un papel donde uno siente lástima por tener que hacer de mujer florero del pasado de Lake sin saber muy bien lo que pinta en el presente porque sólo “pasaba por aquí y ningún teléfono cerca” me permitió escapar.