domingo, 22 de febrero de 2015

ATLANTIC (Jan van Ewijk, 2014)


 
ATLANTIC (Jan van Ewijk, 2014) Calificación: 6
 

En la mirada de Fettah se resume la mirada de la desesperanza, mirar deseando lo que nunca vas a alcanzar y mirar para comprobar que lo que puedes tener no va a ser suficiente. La mirada de Fettah se diluye en el horizonte, en la inmensidad del océano atlántico, esa masa de mar de la que depende su vida, pero que al mismo tiempo agota su paciencia. Fettah es un pescador marroquí de bajura que, en su tiempo libre, se libera mediante la práctica del wind surfing. Cuando hace deporte es uno más, rodeado de jóvenes occidentales para los que el dinero no es ningún problema, puede demostrar que sus piruetas y acrobacias, su control de la tabla es superior al de cualquiera de los demás, lo que ocurre es que esa presunta igualdad y camaradería dura lo que un par de semanas de vacaciones, Fettah es uno de los restos que quedan en la playa después de una fiesta, como buenos colegas, los franceses, holandeses, británicos……que acuden a surfear a esa costa le dan las viejas tablas y equipos, algunos recién estrenados, para que Fettah los arregle y los use, pero Fettah sabe que nunca podrá comprarse nada parecido con su trabajo.
 
 
 
 

Pero esa sensación de libertad acaba tan pronto como el mar te devuelve a la orilla, juntos pero no revueltos, Fettah no forma parte, ni podrá nunca, tener una vida como la de Jan y Alexandra, la pareja que aloja en su casa a cambio de un dinero muy necesario, son turistas deportivos en vacaciones, Fettah no deja de ser uno de los tantos jóvenes del tercer mundo que, ansiosos de tener, comprueban cómo la vida que le espera es igual que la de su padre o el resto de vecinos de esa localidad costera marroquí, su deseo por Alexandra es otro sueño irrealizable, sus días “malickianos” acompañando a la joven no hacen sino aumentar su frustración por lo que no puede alcanzar.
 
 
 

Sin apenas diálogos, con pocas reflexiones en voz interior, con el recuerdo de una madre ausente desde niño, ahogada en ese mar que atrae y da miedo por su inmensidad, Fettah decide lo que muchos otros jóvenes de África, buscar la oportunidad en ese mundo desconocido pero que parece ser la única oportunidad que se ofrece para el futuro, un viaje a Europa, aunque en este caso a bordo de su tabla de surf. Cansado de comprobar que no tiene acceso a ese mundo diferente del que disfrutan los turistas, condenado a casarse con una prima a la que no ama, condenado a malvivir de una pesca cada vez menos abundante en un mar esquilmado, su huida hacia delante es un viaje sin vuelta atrás, es su única esperanza.
 
 
 
 

Fettah se engaña, se enamora de la occidental y cree que esas Alexandras estarñan esperándole si llega a instalarse en Europa, envidia esa libertad en la relación, en la forma de vida, la libre manera en que las turistas hablan con él, pero en su mirada hay siempre un punto de deseo de esos cuerpos que se le antojan inalcanzables, divinas en sus bikinis o en sus escasas ropas, aisladas en complejos turísticos separados de los nacionales como él para los que pagar la entrada es algo imposible, tan inalcanzables como la odisea que está a punto de comenzar, 300 kilómetros de navegación a bordo de una tabla. El viaje no es lo importante, lo importante es huir, sea como sea, sabiendo que lo que dejas atrás va a ser muy difícil volver a verlo o reencontrarse con ello, por eso es más difícil la huida, porque sin anunciarlo los que le rodean adivinan lo que va a suceder, la mirada de reproche del padre, la de dolor de la prima que esperaba por fín ese matrimonio una vez acabado el veraneo y la presencia de la turista rubia, el desasosiego de esa niña que tenía en Fettah un segundo padre, un amigo o un hermano mayor.
 

 


 

 

Y la historia, contenida, creíble, parca en palabrería hueca, se puntúa, cada poco, como rompiendo con la fealdad del pueblo, con la pobreza de esa vida, con espectaculares y bellísimas imágenes de paisajes de una agreste costa marroquí e impactantes imágenes marinas donde la tabla de wind surf asume un papel propio, como esos planos cenitales por encima de la tabla navegando, esa imagen de la pequeñez y ridiculez de la empresa ante lo inabarcable del reto, un hombre empeñado en cambiar su destino a todo o nada, jugándosela como pasar por delante de la borda de uno de esos cargueros inmensos llenos de contenedores que transportan la riqueza de África hacia Europa. Otra interesante película que hemos podido ver gracias a la iniciativa del Festival de Rotterdam de ofrecer una pequeña muestra de cine europeo simultáneamente con sus pases en el festival, que dure y se agrande la propuesta otros años, sin duda es el futuro de muchos festivales, permitir que su programación sea vista en streaming para aumentar la difusión de pequeñas películas que, de otra forma, quedarían confinadas a pocos cientos de espectadores.