martes, 24 de febrero de 2015

ÁNGELES VIOLADOS (Okasareta hakui, Koji Wakamatsu, 1967)


 
ÁNGELES VIOLADOS (Okasareta Hakui, Koji Wakamatsu, 1967)
 
 

El Japón de finales de los 60 era un país convulso, un país con violencia política, con grupos de extrema izquierda simulando a otros movimientos similares en Europa y con la contrapartida de movimientos nacionalistas que añoraban la imagen mitificada del Imperio desde una concepción política anclada en un pasado filofascista. Koji Wakamatsu forma parte de un grupo de directores dispuestos a hacer lo contrario de lo que se espera, tanto en forma como en contenido, se trata de un cine hermético, cercano a la sensibilidad oriental pero alejado de sutilezas y poesías, salvo que admitamos que la violencia también puede ser poética. Al tiempo que los grandes clásicos del cine japonés, Kurosawa, Ozu, Mizoguchi, Naruse…..filmaban sus obras, otro grupo de cineastas comenzaban a entender el arte como una manera de provocar y reivindicar, el sexo, algo que incomoda públicamente a una sociedad tan pudorosa como la japonesa, se reivindica como subgénero cinematográfico, nace el pinku-eiga japonés, erotismo teñido de componentes soft, pero que para Wakamatsu va a permitir mezclar sexo y política, sexo y violencia, eliminando el componente de simple excitación barata por el de mostrar cuerpos, sexo y violencia.
 
 
 
 

El reconocimiento internacional le llega con este “Ángeles violados”, premiada en Cannes, historia de sometimiento, humillación, mutilación y muerte de 5 de las 6 enfermeras que invitan a un “voyeur” a su apartamento para que se regodee visualmente mientras dos de ellas hacen el amor. Ninguna de ellas se espera la reacción violenta del invitado sorpresa, ni el sadismo del asesino, obsesionado por una imagen publicitaria de la mujer llena de estereotipos sexuales que le provocan frustración y odio hacia el género femenino porque es incapaz de tener una erección con una mujer, mutando esa necesidad sexual en crimen y sufrimiento, cada uno más sádico que el anterior. El cine de Wakamatsu no es fácil de digerir, ni tan siquiera es fácil de ver tanto en sentido literal como metafórico. En España, como buen país de segunda categoría, o tercera, que es en lo cultural, sus películas no existen, están todas ellas editadas en países como Reino Unido y Francia (fue objeto de homenaje en la Cinemateca en el año 2010-2011) y no por haber sido censurado como lo fue durante muchos años en China, EEUU y Rusia (qué casualidades, menudos tres ejemplos de respeto a los derechos humanos) sino por olvido del mercado.
 
 
 
 

Una película de menos de una hora que permite lecturas misóginas, pero también misántropas, su inicio en un fotomontaje sirve como preámbulo de la personalidad de un hombre enfermo que busca una mujer entre todas aquéllas que no le satisfacen, mira y remira desnudos femeninos en revistas, se le ve disparar al mar que es tanto como clamar en el desierto o ser impotente, no sirve de nada, sólo aquella mujer que se comporta con aparente tranquilidad  y normalidad ante el horror salva su vida y se convierte en ser adorado, aunque no obstante su desnudez, se vislumbra la imposibilidad del amor físico y la superioridad femenina sobre la masculina, sólo cuando las mujeres tratan de comportarse como se supone que un hombre querría, son eliminadas, si actúa con inteligencia domina la situación y puede desaparecer. Las imágenes levantarían ampollas en su momento, ahora pueden rememorar tristes momentos de dominación sexual (que no cesan), de sumisión de la mujer al hombre, aunque esa carrera final por una playa con un ángel blanco superviviente que corre desnuda perseguida por el hombre vestido y sin posibilidad de alcanzarla demuestra que fue ella, real u oníricamente, quien venció en el reto.