miércoles, 14 de enero de 2015

LEVIATHAN (Andrei Zvyagintsev, 2014)


LEVIATHÁN (Andrei Zvyagintsev, 2014) Calificación: 9

 
 


Y vendrán más años y nos harán más ciegos, porque es más ciego quien mira y no quiere ver que quien no puede. La visión de estos habitantes de las regiones del mar de Barents está arrasada por el viento, el frío, la nieve, el vodka….no es mala excusa para no querer ver los destrozos a los que le somete la Madre Rusia. Moscú es una entelequia, es el Leviatán de Hobbes, temido y respetado, mientras Moscú no se moleste cualquiera puede saquear, matar, expropiar, ultrajar, el Leviatán tiene sucursales que se acercan más al ciudadano, si acercamos la administración acerquemos también la corrupción. A dios rogando y con el mazo dando, érase a la vez un alcalde, un pope y un comisario de policía, nada más corrupto ni nada más infame que esta trilogía de personajes sacados de la casa de los horrores. En un ambiente como éste pedir heroísmo, dignidad y democracia no deja de ser un oxímoron.
 
 


Quien no se sienta atraído e intrigado por la secuencia de apertura es posible que sufra a lo largo de la visión de la película su densidad, su asfixia, su longitud, pero el inicio, con la fuerza de la naturaleza en la costa, los dominios del leviatán bíblico frente al leviatán humano glosado por Hobbes, la furia de los elementos impactando en nuestras retinas y nuestros oidos con el sonido in crescendo de la música creada por Philipp Glass, el agua alrededor de los esqueletos, la carcoma que ha corroído cuerpos inmensos, la putrefacción ha dejado al aire el esqueleto de la ballena, pero también los fondos de las barcazas abandonadas a su suerte, medio hundidas en el agua, como la existencia de los habitantes de esta ciudad desestructurada gobernada con apariencia democrática pero bajo la tiranía del poder absoluto es un comienzo de muchos quilates.
 
 


Cuando se advierte la presencia del mito bíblico admitamos que la referencia metafórica quizá no fuera tan necesaria, pero supone la advertencia de que el ritmo y sentido de la trama ha cambiado definitivamente, si lo visto era repulsivo para almas sensibles lo que falta se transforma en insoportable. El grado de desconfianza en el género humano ha de crecer exponencialmente a lo largo de la última hora de película (¿o será más?, da lo mismo, sus dos horas y media no se transforman en excesivas ni cansadas, no sobra nada y no hubiera importado más relato), Zvyagintsev trabaja con maestría la interconexión de dos relatos que, aparentando ser inconexos, terminan desembocando en una conclusión unitaria, el drama de política corrupta y sociedad corrupta parecería no tener gran relación con una historia de adulterio y desapariciones, ¡qué equivocados estamos!, en un mundo esquelético nada sucede por casualidad. La vida personal está infectada por el ambiente malsano que destila todo lo que el poder quiere tocar, la corrupción instaurada corrompe las vidas de quienes la sufren aunque quieran mantenerse a salvo y luchar por sus derechos.
 
 


No saber medir las fuerzas de un rival te expone innecesariamente a una derrota aún más dolorosa, el poder absoluto necesita demostraciones absolutas para ser temido, y sobre todo, machacar al adversario con independencia de su importancia, hacerle pasar por lo que no es para mostrarse públicamente como dechado de virtudes y moralidad arrojando su propia basura  a terceros inocentes. Para conseguir esto se necesita mucha connivencia, mucha complicidad. La oligarquía rusa postcomunista, mucha de ella procedente del mismo régimen que ahora repudia hipócritamente, ha sabido buscarse aliados influyentes en el alma del pueblo, la religión ortodoxa es uno de ellos, el poder divino usado como excusa y tapadera del verdadero poder, el político, el que colma de lujos, placeres y riquezas. Apenas tres escenas en las que el pope comparte plano con un alcalde sabedor de que, con independencia de las atrocidades cometidas, a quien hay que convencer y mantener contento es al representante de la iglesia en la misma proporción que no se molesta a Moscú. “No me cuentes nada” dirá el pope al alcalde a punto de contar alguno de sus problemas, algo así como, no me manches, lo que yo no sepa no tendré que ocultarlo ni perdonarlo, mantenme contento con dinero y donativos y la campaña electoral será favorable. Y mientras Moscú no sea molestado las corrupciones no saldrán a la luz y se ganarán las elecciones, el único pequeño inconveniente que no puede controlar totalmente nuestro alcalde y una demostración más, y hemos perdido la cuenta, de que la democracia no existe porque haya elecciones libres.
 
 


Los dos planos en que se mueve la historia son de lo más atractivos, el triángulo formado por el matrimonio Kolya y Leila y el abogado moscovita amigo del primero Dmitri, por un lado, y por otro la lucha de Kolya con la ayuda de Dmitri contra las estructuras de poder dominadas omnímodamente por el alcalde Mer parecen divergir hasta que se integran en una conclusión unitaria, en medio hay mucho desierto rojo y mucha Tangentópolis, la narración no se resiente sino que crece. La película funciona como un perpetuum mobile sin principio ni final, de hecho la película es una esfera, inicio y conclusión son idénticos, si teníamos dudas no nos queda ninguna, han pasado muchas cosas pero el leviatán sigue allí, en las tierras desoladas de un paisaje abrupto y un clima inhóspito el mar seguirá en su sitio, las ballenas seguirán muriendo y las personas seguirán siendo prescindibles al tiempo que son impotentes para frenar una caravana de berlinas de alta gama en la que se mueven los jerarcas y 4x4 donde viaja la escolta, a veces sustituida por policías de paisano al servicio del crimen.
 
 


“¿Podemos presionarle, pero por lo legal?” en boca de un policía, sumado a “¿un policía honrado y generoso?” retrata a la perfección un estamento al servicio del poder sin necesidad de nada más, Kafka se verá reconfortado viendo en imágenes alguna  de sus historias cuando Dmitri intenta poner una denuncia por acoso al alcalde y se encuentra con la negativa de la policía a recogerla al tiempo que detienen a Kolya, a una fiscalía sin fiscal que no recoge el escrito y un juzgado cerrado. Viniendo de Moscú Dmitri debería saber cuál es el código inviolable y hasta dónde es posible presionar a un corrupto sin consecuencias, el poker es un juego de farol, lo que ocurre es que si descubres tu mano antes de tiempo puedes verte desplumado. Algo así les ocurrirá a nuestros protagonistas.
 
 


Los problemas de distribución de esta película en su país auguran un cambio de escenarios en el próximo cine de Zvyagintsev porque la financiación de la Madre Rusia habrá tocado a su fin, el retrato de una sociedad y de un poder como el de Putin es desenmascarado con tanta precisión que hace daño, identificar a un personaje con un sistema corrupto nunca resultó más sencillo ni más magistral que como lo hace el director sin mentar al presidente, basta una foto institucional para saber quién manda y quién consiente este estado de cosas. “El regreso”, “Elena” y “Leviatán” forjan una trilogía de la Rusia postcomunista que no augura nada nuevo ni bueno, “La Russie n,est ce pas l,Europe” dice Godard en “Adiós al lenguaje”, aunque a veces se nos parece mucho.
 
 


A la par de la crudeza de la historia ésta permite un uso del humor negro que transforma en mueca lo que, en otra realidad, podría ser carcajada, y en mueca no porque sea impensable ese tipo de humor sino porque no puedes olvidar el contexto. La escena del tiro campestre es ilustrativa de lo que piensa el pueblo ruso de sus dirigentes desde Lenin hasta Gorbachov, Yeltsin falta en el repertorio pero es que no estaba a la altura, y a los actuales no ha llegado el momento de pasarles factura.
 
 


Los cerdos comen toda la basura que se les proporcione, los alcaldes son capaces de tragar hasta reventar cualquier posibilidad de negocio aunque sea suavizado mediante el consumo de vodka en cantidades industriales. Las noches árticas necesitan calor, y a falta de esperanza nada mejor que un alcohol de los que incendian el sistema digestivo. La neblina ocasionada por el vodka en la mirada y movimientos de los personajes es una forma de protección, ni vemos bien ni queremos ver mejor qué nos espera. Dicen que Jesús dijo algo así como que de esta piedra edificareis mi reino, el pope sabe entender el mensaje y de la ruina de la antigua iglesia donde los frescos recuerdan como Judith ofrecía la cabeza en bandeja de plata de un inocente, es mejor hacer borrón y cuenta nueva y edificar una nueva iglesia llena de lujo ad maiorem gloriam suma, cerca del puerto deportivo y de las nuevas urbanizaciones turísticas. Capital, poder político y poder religioso en el mismo plano final, y las nuevas generaciones de cachorros dispuestos a asumir el relevo con un mensaje claro del alcalde a su hijo, “dios lo ve todo”, o lo que es lo mismo, hagas lo que hagas, ten contento al pope. Para el pueblo común seguirán existiendo las viejas capillas regidas por sacerdotes paupérrimos que se alimentan a base de pan y que, como sanmanueles buenos y mártires no tienen respuestas de ningún tipo al “dios mío, ¿porqué nos has abandonado?” y han de tirar de repertorio de cita bíblica para camuflar su desconcierto. Kolya ayudará al sacerdote a cargar con el peso de la cruz, pero no sabe que, como el personaje de la vida de Brian, terminará siendo el crucificado ante la indiferencia absoluta de la jerarquía.
 
 


De un  poder absoluto y sin control todo es esperable, un alcalde que utilice la violencia como respuesta a un pacto nada honorable, que se manipulen pruebas, que se expropie por capricho, que se utilice un cadáver. A la gente normal sólo le quedará embriagarse y esperar que los años no sean eternos, el leviatán consume y enfrentarse a él conduce al fracaso, utilizará sus armas y tus debilidades, y Kolya, Layla y Dmitri tienen muchas debilidades propias, lo que les hace más indefensos, más vulnerables, más desgraciados, más suicidas y más desencantados. El Leviatán es invencible porque nos ataca uno a uno.