miércoles, 7 de enero de 2015

HIDE YOUR SMILING FACES (Y entonces fuimos felices, Daniel Patrick Carbone, 2013)


 
HIDE YOUR SMILING FACES  (Y entonces fuimos felices, Daniel Patrick Carbone, 2013). Calificación: 6
 


Factura “indie”, mercado festivalero, influencias fotográficas reconocibles en la naturaleza malickiana, jóvenes, niños y adolescentes en periodo de tránsito. Producto pequeño de manufactura destinado a agradar como película independiente, pero a la que le falta algo, le falta empaque, desarrollo, le falta guión, en la senda de “The selfish giant”, de “Spectacular now” o de “The kings of summer”, pero alejada de la profundidad de la primera y de la sencilla complejidad de la segunda, sería como el reverso tenebroso de la última.
 
 

En “Hide your smiling faces” se opta por el hecho consumado, por no buscar orígenes ni explicaciones, hay que dar por sentado que la última infancia y la adolescencia son épocas fastidiadas, no tanto como para los protagonistas de Larry Clark, al menos los de esta película interactúan en espacios naturales, estamos en la América profunda del bosque y el río, del hermano perro y el hermano oso, del equilibrio natural roto por la maldad humana, Walden también se hubiera deprimido en este ambiente.
 
 
 

Que el director ha sabido conectar con un público potencial lo demuestra su premio del jurado joven de la sección punto de encuentro del pasado festival de Valladolid, lo que no le garantiza estreno ni mucho menos. Tiene la película la virtud de la concisión, de ir al grano, de no perderse en mensajes filosóficos ni en trayectorias elípticas interminables. En los días del verano, largos, calurosos, tediosos, las perspectivas de un verano interminable terminan por desaparecer, basta un hecho fortuito, un hecho inexplicable, para que una hipotética estabilidad o un oculto desamparo se venga abajo. Uno de estos jóvenes, por accidente o por suicidio, muere al poco de comenzar la película, a partir de ese momento la muerte pasa a ser un nuevo personaje, casi el único.
 
 

Muerte y destrucción, amenaza e ira, angustia y depresión, insatisfacción y desesperación irán apareciendo en la sucesión de días en los que seguimos a Tommy y a Eric, hermanos separados por una diferencia de edad que, al tiempo que les une como hermano mayor y pequeño, les separa por el abismo generacional. Lo inexplicable de la muerte para el pequeño, se transforma en realidad constante para el mayor, mueren animales, mueren personas, amigos que quieren suicidarse o ser ayudados en el suicidio porque no esperan nada de una vida que está empezando, adultos que viven aburridas existencias dejando pasar días a la espera de una muerte que no va a suponer una pérdida, figuras paternas autoritarias y violentas, madres ausentes y alejadas. Pasar de jugar con la muerte a presenciar y sentir de cerca la muerte de alguien apreciado te hace cambiar muchas perspectivas, ha sido tu amigo, pero tú también tienes razones parecidas para saltar del puente.
 
 
 

Toda una radiografía del vacío existencial, plasmada en bellas imágenes donde lo bucólico está ausente, la naturaleza es refugio y peligro a partes iguales, no hay una reivindicación de lo natural como una Arcadia feliz, a cada hallazgo le puede seguir un momento de miedo o angustia, no hay refugio seguro, la casa es un ambiente de presión, el vecino es una amenaza, pasear a tu perro se transforma en una causa más de incertidumbre si el animal se escapa.
 
 
 

Como este tipo de personas existen, lo que se echa en falta en la película es el contraste, que no todos los personajes sean idénticos, pues o nos encontramos en una comunidad de depresivos con tendencias suicidas desde la más temprana edad o algo no termina de encajar, dónde se rompió el gen de supervivencia y se transformó en dominante el de desaparecer, el de huir, el de enfrentarse a riesgos innecesarios. ¿Dónde esos padres perdieron su instinto protector y se transformaron en seres tan arruinados y perdidos como lo están sus hijos sin haber empezado a crecer? Por eso se exige del espectador la complicidad de dar por válido que el retrato de todos nosotros ha de ser como el de un páramo, como un valle arrasado por la helada, lleno de árboles secos y que no florecerán, porque hasta en los momentos de presunta felicidad persistirá la melancolía del pensamiento ¿para qué vivimos? ¿qué significa levantarte cada día para repetir una y otra vez un desesperante día de la marmota? ¿pueden esos hijos sobrevivir con el espejo de esos padres?