viernes, 2 de enero de 2015

AMOUR FOU (Jessica Hausner, 2014)


 
AMOUR FOU (Jessica Hausner, 2014) Calificación: 7,5
 

Resulta estupendo reencontrarte con un viejo amigo y comprobar que el paso del tiempo no acaba con complicidades ni sintonías pasadas pese al alejamiento, del mismo modo es muy grato volver al cine de cualquier director en sus inicios y comprobar que, la ilusión de su primera película permanece en la siguiente, que su factura y su composición permanecen inalterables y que el paso del tiempo sólo ha servido para pulir y perfeccionar un estilo. Este “Amour fou” es, si no me equivoco, la cuarta película de la directora austríaca, pero podemos decir que para los espectadores españoles es su segunda película después de “Lourdes”. Han transcurrido 5 años desde entonces y han transcurrido para bien, si Lourdes era notable, Amour fou mantiene el pulso con una apuesta muy arriesgada, muy manierista, muy preciosista, pero encajada entre cuatro paredes y con personajes estáticos, como capturados por un pincel o un objetivo fotográfico.
 
 

Este retrato de una época a caballo de dos mundos, uno que se derrumba sin que sus artífices sean conscientes y otro que surge poderoso desde la derrota, sobrevuela victorioso por encima del esquematismo y simpleza que rodea la mayoría de películas biográficas (sin ir más lejos tenemos el tormento en pantalla de Mr. Turner) para, tomando como eje un personaje y una anécdota de su vida reales, desplazar la visión de la historia a un personaje de último momento en la vida del poeta romántico Heinrich von Kleist, así, lo que pudiera ser un retrato de las últimas semanas de Kleist se transforma en la vida de Kleist a través de Henriette Vogel, el personaje queda diluido en la acción, y nos es indiferente si la anécdota es real o no, incluso si lo que se cuenta pertenece a un personaje histórico, pues lo trascendente es el contenido de lo que se cuenta, un contenido para el que el continente es de lujo.
 
 

El imperio napoléonico está feneciendo, Prusia va a recuperar su esplendor territorial, el Imperio Austro-Húngaro saldrá fortalecido, como el Reino Unido, de la lucha europea, y sin embargo, la victoria de la Revolución Francesa provendrá de la permanencia e infiltración de las ideas que dieron sustento ideológico a la república. A través de escenas que podríamos denominar como pictóricas, con personajes plantados en un marco, con apenas movimiento, dialogando en pareja, en grupo o en fiestas, un viejo mundo desfila ante nuestros ojos, una administración y una nobleza que se tambalea sin darse cuenta, sin percibir que, tarde o temprano, serán sustituidos en el ejercicio del poder por personas venidas del pueblo. En ese ambiente decadente y clasista, Kleist es un “bicho raro”, un creyente fervoroso de la igualdad y la libertad, inspirado por las ideas revolucionarias y consentido en esos ambientes por el toque snob de contar con un disidente al que poder criticar o escuchar, porque Kleist, a pesar de todo, es un poeta, un poeta admirado pero en cuarentena.
 
 

En el transcurso de los días Kleist y Henriette colocarán, frente a frente, sus incertidumbres, la del primero por su miedo a la vida, la de la segunda por su miedo a la muerte, y a la muerte cruel y dolorosa de un diagnosticado tumor. Entre Kleist y Henriette no existe amor ni sentimiento parecido, es una simbiosis necesaria entre dos seres desesperados, melancólicos, con diferentes valores y esperanzas pero para quienes la liberación sólo procede la muerte rápida e instantánea, hay admiración artística, no sentimiento amoroso. La anécdota es real, Kleist, obsesionado por no soportar más una vida que no le ofrece esperanza alguna, toma la determinación del suicidio, un suicidio no provocado por un desengaño tan en boga en los inicios del XIX con la existencia de corrientes artísticas herederas de lo que se llamaría el romanticismo, en concreto en Alemania con la corriente del “Sturm and drag”. Ese suicido, como acto voluntario y unilateral, no es suficiente para Kleist, la sublimación de su ideal es suicidarse junto a una mujer que le quiera, no es necesario que le ame, sino que exista un sentimiento y una comunión en la idea del suicidio como acto escogido libremente y liberador de una vida que nada aporta.
 
 

Kleist pasa a un segundo plano por cuanto el eje de la historia pasa a ser, desde el principio, Henrietta, prototipo de la mujer burguesa dedicada al hogar, a la moda, a deleitar a sus invitados con veladas musicales en las que ella misma interpreta a Beethoven y Mozart mientras su hija toca el piano. La cercanía y las visitas de Kleist harán surgir en el marido el temor a ser abandonado, no el demonio de los celos, sino como representante de un nuevo mundo, la asunción de que las historias de amor pueden terminar, los viajes de los dos con el propósito de acabar con su vida son entendidos por los conocidos como fugas amorosas, su enfermedad es tratada como “cosa de mujeres”, con la típica condescendencia masculina machista hacia lo que no se entiende y , en el fondo, ni se valora y se desprecia.
 
 

La tragedia real de la anécdota, en este ambiente cerrado, de lujosas estancias en las que no existe contacto humano, cuenta con el contrapunto del sentido del humor, como una tragedia cómica, de un humor negro digno de un Azcona pasado por una temporada de convivencia con Haneke, humor negro llevado al máximo en el momento decisivo de culminar el plan suicida que envuelve toda la historia. Como la defensa que hace Vogel del nuevo sistema de impuestos que Prusia va a trasladar del sistema francés, donde todos los ciudadanos van a terminar pagando, incluso los más desfavorecidos, que han dejado de ser siervos para ser ciudadanos, en el fondo la película es un acto de defensa de la libertad, de la libertad individual para apartarse de lo de siempre aunque sea desde la comodidad de lo de siempre. A juicio de los inefables burgueses, en cuanto los liberados siervos empiecen a pagar impuestos pedirán volver a la servidumbre y a depender de un señor, qué poco han entendido y qué libres son Kleist y Vogel al entender que todo ha cambiado para siempre.

Atención especial merece el aspecto de diseño de la película, en un mes en que el cine distribuido parece haberse puesto de acuerdo para ensalzar el arte fotográfico, la iluminación, el color, en esta Amour fou, junto con “Jauja” y “Mr. Turner”, o la tan distinta “Cold in July”, la fotografía juega un papel trascendente, fotografía y diseño de producción, reflejo de un estado de ánimo constante, desde la colocación y colorido de las flores a las que Henrietta dedica un cuidado especial, las vestimentas, los muebles, la tapicería, las luces diurnas y nocturnas, que aun siendo luminosas no dejan de ser tristes y apagadas, como el estado de ánimo generalizado de los intervinientes. El bosque desnudo del suicidio, en un frío día invernal, marca el fin de la historia, grisura y melancolía en un decorado que evoca colores y sensaciones propias de Vermeer, de Hammershoi, de Friedrich. Una notable película, un ejercicio de estilo con sentido, un inteligente uso de una biografía al servicio de una historia y no al revés.