domingo, 28 de septiembre de 2014

Calvary (John Michael McDonagh, 2014), God help the girl (Stuart Murdoch, 2014), The most wanted man (Anton Corbijn, 2014) Perder la razón (Joaquim Lafosse, 2012)


POKER DE FAROL

Calvary (John Michael McDonagh, 2014), God help the girl (Stuart Murdoch, 2014), The most wanted man (Anton Corbijn, 2014) Perder la razón (Joaquim Lafosse, 2012)

Brevemente hoy comentaré cuatro películas que, por tener algún punto de interés pueden verse, pero del mismo modo, si no se ven tampoco se produce un vacío irreparable por sus deficiencias.

1º.- “Calvary”, irlandesa y de curas, no suena novedoso, lo novedoso es que ese ambiente rural se mezcla con las consecuencias de la crisis económica, la pérdida de influencia de la iglesia católica ante una baqueteada sociedad que ha abierto los ojos a los desmanes y abusos de la institución, y el rencor que la población mayoritariamente siente hacia los representantes de ese clero que tanto daño ha hecho y tan poco se ha preocupado de los más débiles. Lo mejor, con diferencia, la interpretación del siempre solvente Brendan Gleeson, lo peor que la historia parece reunir una serie de episodios como única justificación para llegar al domingo siguiente de aquél en que comienza la acción y un feligrés amenaza al cura con asesinarlo al cabo de una semana para responder de los pecados del resto de la iglesia.
 
 

2º.- “God help the girl”, británica, aunque no se si lo correcto debería ser decir escocesa, aunque, sinceramente, no noto mucha diferencia entre los barrios de Edimburgo y los de Gloucester, ni parece que hablen otra cosa que no sea inglés todos ellos. Dirigida por el líder de “Belle and Sebastian”, el conjunto de la película parece una sucesión de videoclips a mayor gloria de Emily Browning, la sugerente protagonista de la película australiana “Sleeping beauty”, intentando reflejar cómo es de dura la creación artística y de un grupo pop, las nubes flotan y el aire huele a caramelo, pero falta mucha mala leche y sobra demasiado edulcorante barato. Las canciones se conocen y la película es la “opera rock” de un disco creado con el propósito de dar origen a una obra posterior, teatral o fílmica, con el mismo nombre “God help the girl”, quizás con menos dios y más amor la cosa funcionara mucho mejor, no basta una cara y un cuerpo bonito para rellenar casi dos horas de pop.
 
 

3º.- “The most wanted man”, película de espías, de engaños y retorcimientos varios, de espías buenos y policías malos, de americanos ineficaces y alemanes entregados, el universo del miedo al musulmán, pero con incoherencias notables de guión. Se deja ver con agrado y no hace falta rascar lo visto para notar que las costuras van a estallar en cuanto te muevas. Lo mejor, el reparto, Philipp Seymour Hoffman, Willem Defoe, Rachel Mc Adams………lo peor, todo lo demás, y que los alemanes hablen en inglés pues como que te aleja un poco de la historia, estamos en Hamburgo pero no oiremos hablar en alemán ni un solo momento en la versión original, quizás si se hubiera rodado en el reino Unido y cambiáramos a alemanes por británicos la cosa funcionaría mejor, pero ya Corjbin dejó mucho que desear en su película “El americano”, y parece que su retrato de Joy Division fue un espejismo.
 

4º.- “Perder la razón”, con diferencia la más lograda de las cuatro, el proceso de deterioro mental de una mujer, que termina en tragedia anunciada en la primera escena de la película, en el seno de una relación complicada y compleja donde un médico belga ha ido adoptando a los hijos de una mujer marroquí, formándose un núcleo intercultural donde la recién llegada entra en síndrome de Estocolmo pretendiéndose más marroquí que belga. El trío Nils Arestrup, Tahar Rahim y Emilie Dequenne bordan con suficiencia sus complicados papeles, un escenario agobiante donde una mujer renuncia a su trabajo y su cualificación, entrando en depresión galopante, para dedicarse al cuidado de una familia creciente, hasta el cuarto hijo que provoca la explosión. El as de las cuatro, más que recomendable y de notable calidad, a diferencia de las otras tres propuestas.

sábado, 27 de septiembre de 2014

LA ISLA MÍNIMA (Alberto Rodríguez, 2014)


 
LA ISLA MINIMA (Alberto Rodríguez, 2014)
 

Sin preámbulos, “La isla mínima” es una gran película, no sólo tiene todo para atraer al público a las salas, sino que, además, cuenta con un trasfondo que engrandece el relato literal y acerca nuestra actualidad a sus orígenes miserables.
 
 
 

Me alegra enormemente que el director haya conseguido un relato tan redondo, unas actuaciones tan convincentes, un clima de inmoralidad e insano como pocos, un espacio tan personal y distinto situado en nuestro sur, y me alegra doblemente, no sólo por disfrutar, como hacía mucho, de una película española de relumbrón, sino por la remontada que supone para Alberto Rodríguez en mi propia escala de valores cinéfilos, porque soy de los que consideran “Grupo 7” un intento fallido de gran película, un conjunto de tópicos rodeado de actores muy limitados en muchos casos, pero es posible que las irregularidades y fallos o esquematismos de “Grupo 7” hayan permitido la grandeza de “La isla mínima”, que en su género, iguala la grandiosidad de otra película precedente de este director, “After”, otro retrato, en esta ocasión generacional, de un país de perdedores nato.
 
 
 

Ya sé que el director reniega públicamente de las comparaciones, odiosas, entre su película y un referente muy cercano como es una de las series del año, “True detective”, pese a que aboga por afirmar que su rodaje es anterior a la serie americana y que su referente más cercano es “Memories for murder”, la excepcional película coreana de Joon-ho Bong, a quien este año la Seminci dedica un espacio especial con sus películas, sus debilidades y con contacto directo con el público y la crítica y del que este año hemos visto otra gran película, “Rompenieves”, yo no puedo olvidar determinadas concomitancias entre la película y la serie, pero ¿sería importante de ser cierto?. Si hay casualidades o espionaje industrial, tan habitual en el mundo del cine, no hay que preocuparse, la serie es muy grande, pero la película también lo es, y ya me repito, con el añadido subliminal de explicarnos de donde proceden muchos de nuestros males sociales y políticos. La ambientación en terrenos pantanosos, una pareja de policías problemática y que no congenia, obligados a colaborar por necesidad, planos aéreos surreales de una belleza enigmática, todo ello se da en las dos producciones, pero en ambas con entidad propia.


 

Una de las debilidades de “Grupo 7” queda perfectamente solventada en “La isla mínima”, no hay ni un pero que poner al elenco de actores, no hay personajes creados a brochazos, no hay malas interpretaciones, nada desentona y todo encaja, y por encima de todo una pareja de actores en estado de gracia, de esas parejas que pasarían a la historia del cine si no se tratara de una película española, un Javier Gutiérrez y un Raúl Arévalo enormes, incandescentes en cada escena, convencidos de encontrarse ante una gran oportunidad que no puede desaprovecharse. Dos personajes que resultan un caramelo para cualquier actor con carácter y con tablas, y los dos las tienen, quizás sin grandes películas en su haber pero una enorme filmografía en ambos casos y un reconocido valor como actor teatral en el caso de Javier tras su paso por Animalario.
 
 
 

No estamos ante una “buddy movie”, ni mucho menos, hay de todo menos compañerismo en esta pareja tan distante, estamos ante dos policías de inicios de los 80, en la Andalucía profunda de las marismas del Guadalquivir, los retratos de Franco y los crucifijos son habituales en los edificios oficiales, en la Guardia Civil y hasta Juzgados, no digamos de los cuarteles, donde el testamento de Franco permaneció colgado de sus paredes durante lustros pese a gobernar el PSOE de González. La opresión del obrero, en este caso del jornalero, el recorte de salarios y jornadas es uno de los decorados que sobrevuelan la historia criminal, algo que nada nos extraña pues es el pan nuestro de cada día, la droga que entra por esa zona tampoco ha sido erradicada pese al transcurso del tiempo, que las fuerzas del orden y las autoridades judiciales teman más al poderoso económico y político que a su conciencia tampoco nos sorprende, es portada de periódico día tras día, y si no es portada de periódico no hay más que darse un paseo por las redes sociales para comprobar qué opinión tiene la ciudadanía de la policía y los jueces cuando hay un político o un empresario por medio.
 
 
 

España pasó de la dictadura a la democracia en una noche, a cambio la meritada reconciliación, la bendita transición pacífica, la renuncia a la ruptura democrática con el pasado, dejó al gusano bien anclado en el corazón de la manzana, y ya se sabe que, tarde o temprano, fruta con bicho termina pudriéndose. No hubo depuración policial, ni militar, ni judicial, la política fue aparente, nada impidió a los representantes del orden viejo seguir en el pedestal cambiando de chaqueta, aquellos que siguieron vociferando las excelencias de la dictadura sí que quedaron como un residuo del pasado, pero aquellos otros que siempre han mandado y van a continuar mandando solamente tuvieron que dar un paso atrás, colocarse en un discreto segundo plano para esperar el momento de volver a reverdecer con más fuerza y morder con más saña el cuello de los que siempre han sido apaleados en tiempos de crisis.
 
 

Esta es la grandeza de “La isla mínima”, colocarse y colocarnos frente al espejo de nuestro pasado reciente, señalarnos con el dedo y decirnos a la cara ¿qué has hecho para que esto fuera un estado democrático? ¿qué responsabilidades has exigido? ¿con qué te has conformado? ¿Fue por miedo o por conveniencia? ¿Te bastaron unas vacaciones y una hipoteca para no pensar ni preguntar de dónde venía tanto lujo y despilfarro? Pues aquí lo tenemos. En la España de los 80 desaparecían chicas jóvenes, en la España del siglo XXI siguen desapareciendo, de vez en cuando aparece la noticia macabra del hallazgo de un cuerpo joven de mujer mutilado, violado, torturado en alguna marisma, río, acequia, mujeres sin nombre y apellido, extranjeras sin papeles o jóvenes olvidadas por sus familias, en todo caso, combustible para que la maquinaria del poderoso funcione y satisfaga sus más abyectas necesidades, y siempre con la complicidad de algún que otro paria que, recogiendo las migajas del vicio del rico, tiene bastante para considerarse afortunado y envidiado en el entorno enfermo por el que se mueve.
 
 

“La isla mínima” es cine negro, de muchos quilates, pero no se dejen engañar por lo externo, buceen en las corrientes internas y en las ocultas, no traten de buscar respuestas a lo evidente, la película se las va a resolver, pregúntense el porqué, el hasta cuándo, y sobre todo, pregúntense qué le pasó al cacique del pueblo cuando las desapariciones fueron esclarecidas, porque en esa pregunta se encuentran la inmensidad de nuestros males.

viernes, 26 de septiembre de 2014

VOUS N,AVEZ ENCORE RIEN VU (Alain Resnais, 2012)



Elegancia, mucha elegancia en la despedida de Resnais, involuntaria, pero despedida, y también nada oculta en su última creación. No es Resnais un director que me emocione especialmente, de los “santones” franceses sería el primer sacrificado en caso de descarte, pero conozco mucho de su cine, sobre todo del último, y me atrevo a decir que, desde “On connait la chanson”, no volaba tan alta la imaginación y el saber del director. Como en un gran guiñol, Resnais se rodea de parte de la élite de la interpretación francesa, Matthieu Amalric, Michel Piccoli, Lambert Wilson, Pierre Arditi, Sabine Azema, Anne Consigny, Hippolyte Girardot, Denis Podalydes, Michel Robin, Vimala Pons……..y, haciendo la inmensa mayoría de sí mismos, somete al espectador, y a los actores, a un verdadero juego que transita entre el cine y el teatro a partes iguales.
 
 

El punto de partida es “grandguiñolesco”, una llamada intempestiva a cada uno de los actores consagrados les convoca a la mansión de Antoine d,Anthac (Denis Podalydes), autor teatral de éxito, quien acaba de fallecer, presumiblemente suicidado. La reunión tiene como objeto proceder a la lectura del testamento del autor en presencia de los actores que representaron su “Eurydice”. La película es una adaptación, de por sí, de la obra teatral de Jean Anouilh, de dos de sus piezas, Eurydice y Cher Antoine, y no reniega ni trata de ocultarlo. Una vez reunidos todos los actores en una presentación como si del juego del Cluedo se tratara y fuéramos a ser introducidos en un noir con asesinato de fondo, el tal testamento se transforma en una petición en video grabada por el propio director teatral. Agotado ya por las representaciones que se han hecho de su obra, antes de morir, una compañía joven y renovadora le ha pedido permiso para representar su Eurydice modernizada, el director pide ayuda a sus actores para que valoren si la propuesta es aceptable o no.
 
 

Cine y teatro se fusionan por cuanto la joven compañía ha grabado en video su representación, que es proyectada a los estupefactos actores consagrados, que asisten impávidos a la misma, hasta que el fuego del teatro resurge en ellos y se ven, como imantados, compelidos a dar las réplicas a los actores de la pantalla y a interpretar ellos mismos la obra de manera simultánea a las imágenes. Como narrara Godard en “Elogio del amor”, Orfeo y Eurídice aparecen sucesiva y simultáneamente, interpretados por tres parejas, las tres edades del amor, la joven procedente de la compañía aficionada, Vimala Pons (la hemos visto este año en “La chica del 14 de julio”) y Sylvain Dieuaide, la madura por Lambert Wilson y Anne Consigny y la cercana a la vejez de Pierre Arditi y Sabine Azéma. Las réplicas iniciales se intercambian de unos a otros y en espacios diferentes, de tal manera que la trágica historia de Orfeo y Eurídice se traslada a una estación de tren en Marsella, la cafetería de la estación, un viaje hacia el Languedoc y un retorno del mundo de los muertos para terminar cayendo en él, de la mano del gran Matthieu Amalric, que interpreta a un Mr. Henri que no deja de ser la representación de la muerte, es al historia de siempre pero vista de otra manera, no puede ser distinto si atendemos al título de la película.
 
 

“Vous n,avez encore rien vu” dice el título, y qué gran verdad, cada representación es un mundo, cada actor un episodio distinto en cada actuación, las interpretaciones de lo que se ve una distinta por cada espectador y por cada situación en la que nos encontremos. El ciclo de la obra termina con un “fin” que a la vida es el equivalente de una muerte. Y la película termina en una muerte y en un renacimiento, porque lo fundamental de la obra de arte es su permanencia, su permanente evolución a manos de los intérpretes y directores de cada momento, algo que lo que consigue es dotar de inmortalidad a la propia obra representada por encima de sus creadores e intérpretes. No hemos visto nada porque en el futuro y en el pasado la obra se representará y se representó, tan sólo conocemos la vida de la obra en el presente que nosotros la vivimos, pero la misma no se limita a ese escenario tan acotado, sino que vuela de forma permanente y variable, ni se puede vivir de la misma manera por cada uno ya que , a lo contado, hay que unirle lo vivido por cada persona que asiste a la representación, o que actúa en ella.
 
 
 

Y toda la película rezuma elegancia, sentido, equilibrio, armonía, belleza, pasión, como si el director fuera consciente de tratarse de su última creación, contiene múltiples despedidas en si misma, la despedida del amor no correspondido, la del amor etéreo, la del amor imposible, la del amor funesto, la del amor en fuga. Pero también la despedida de un director que hace mutis por el foro en el epílogo. Como esas reuniones de viejos amigos o de viejos conocidos con sentimientos comunes, la reunión de actores contiene el gozo del reencuentro, el de la despedida de alguien querido y respetado, la nostalgia de recuerdos de juventud, de madurez, sensaciones compartidas, quizás algún enamoramiento real aunque fugaz, o la fragilidad de quien ya está al cabo de todo, como un extraordinario Michel Piccoli en su papel de padre de Orfeo.
 
 
 

Pasado, presente y futuro de la escena, nadie es capaz de verlo todo ni de asimilarlo todo, pero la forma en que Resnais nos deja este “testamento” autoral es soberbia, del mismo modo que nos enfrenta con nuestras limitaciones, telón gozoso para uno de los grandes mitos del cine, “Noche y  niebla” ya no está sola en mi Parnaso particular, ahora estará acompañada de esta pequeña maravilla teatral llena de espejos y reflejos. Por cierto es una película de Cannes 2012........y aquí seguimos sin verla

miércoles, 24 de septiembre de 2014

JERSEY BOYS (Clint Eastwood, 2014)


JERSEY BOYS (Clint Eastwood, 2014)
 

Me asomo con recelo a esta película, mal preámbulo del que nadie tiene la culpa más que yo, pero noto cierto acartonamiento en el cine de Eastwood desde su historia de vida más allá de la muerte, y tras la epopeya rugbística de Pinnear y Mandela, o el cansino biopic de Hoover, uno siente que la chispa que alumbró tantas maravillas se va agotando, y que el artista rueda para sentirse y mantenerse vivo, pero que su bagaje de historias está marchito y que lo que cuenta, o intenta contar, ha dejado de interesarme.
 
 

Y en cuanto empieza la película sientes, no se si como homenaje o como copia, una scorsesiana obsesión de Eastwood por hacer un musical con el material con el que Scorsese se movió en “Uno de los nuestros”, y más allá del guiño cinéfilo, hace la justa gracia. Piensas que qué necesidad puede tener un personaje como Eastwood de embarcarse en una película de encargo sobre un grupo cuya música está en las antípodas estéticas de sus bandas sonoras, y añoras el tratamiento que hizo de Charlie Parker en “Bird”.
 
 

Redunda en un error que ya cometió en “J.Edgar” y es el de utilizar a un mismo actor para contar una historia que se prolonga durante 40 años, sin dudar de las dotes musicales o de baile del actor que encarna a Frankie Valli, sus capacidades actorales son muy limitadas, creyéndose la reencarnación de De Niro en New Jersey, utiliza sus mismos gestos de manos y expresiones faciales durante un buen trozo de película, lo que en, en vez de sintonizar con la historia, te hace recordar y añorar nuevamente las grandes epopeyas de Scorsese, pero es que además no resulta nada creíble enfrentarse con un actor que pasa de los 16 a los 65 años nada más que a costa de maquillaje, maquillaje “cantarín” en el que se aprecia que esa persona no tiene la edad que quiere representar. Hay varios momentos desopilantes en la película, pero aquél en el que el matrimonio de Valli se rompe y se despide de sus hijas es extravagante, en vez de sus hijas parecen sus hermanas mayores, porque la cara del chaval que tenía 16 años sigue siendo la misma que la del hombre cercano a los 40, y así hasta el homenaje final en los 90 en el Hall de la fama, donde cuatro envejecidos cantantes a fuerza de kilos de maquillaje aparentan ancianos de carnaval.
 
 
 

Pero este detalle de mayor o menor importancia, resulta irrelevante si se compara con la inanidad de lo que se cuenta, no es menor el hecho de que productores de la película son el propio Frankie Valli y otro de los miembros del grupo “Four Seasons”, de tal manera que el relato edulcorado por un tipo de música pegadiza no apto para diabéticos funciona exclusivamente como excusa para ofrecer una sucesión de canciones. Ni importa la evolución del grupo (si es que la tuvo musicalmente), ni la psicología de los personajes, simples arquetipos resueltos a brochazos y que son idénticos desde el principio hasta el final de la película. Para contar lo que Eastwood no sabe cómo ofrecer como imágenes, los personajes se dirigen al público como si se tratara de miembros de una tragedia griega, expresando en voz alta las corrientes ocultas o sensaciones personales de cada uno de los miembros del grupo, algo que al principio de la película retrotrae nuevamente al estilo Scorsese, pero que a fuerza de repetirse, se transforma en una solución de muy baja altura. El pretendido héroe es Frankie Valli y toda la obsesión de la película es mostrarle como un resistente que no cayó en las garras de la mafia a la que estaba avocado por origen y residencia.
 
 
 
 

Dos momentos me parecen especialmente brillantes y dignos de Eastwood, el plano ascendente a lo largo de la fachada de un rascacielos lleno de productoras musicales en el que a través de las ventanas vamos apreciando diferentes estilos musicales y diferentes sueños por cumplir, y el apoteosis final en el que todo el reparto coincide en un número musical estilo años 50 por el que desfilan todos y cada uno de los actores, incluido un acartonado Christopher Walken en plan Corleone-Soprano que seguirá frotándose los ojos pensando en el porqué y en el cómo de su actuación.
 
 
 

Es una película más, del montón, que puede verse hasta con cierto agrado, pero de la categoría de vista y fácilmente olvidable, y si, confieso, no te gustan las canciones de los Four seasons, puede convertirse en una tortura de dos horas interminables. Porqué Eastwood opta por retratar esta música en el momento de nacimiento del rock y porqué opta por un estilo de música que, conforme al tipo de público que se ve durante la película, representa lo más conservador del american way of life son cuestiones que me interesaría saber, pero es una pena apreciar que la fuerza de Million Dollar Baby, Sin perdón, Cartas desde Iwo Jima o Mistic River brilla por su ausencia en esta última película del maestro.