sábado, 28 de junio de 2014

BACK TO SAHARA (Paco Millán, 2014)


 


 
Quien más quien menos guarda en su memoria algún lugar donde el paso del tiempo ha mitificado la existencia, convirtiendo el recuerdo en ese paraíso perdido al que a todos nos gustaría volver, y en esencia, este reportaje-documental, que aparenta un psicodrama familiar para reconciliarse y reencontrarse con ese espacio mítico, juega con distintos niveles de información para, centrándonos en la historia personal de la familia de Ceano Vivas, abrir horizontes y plantearnos el dilema de qué se hizo mal en el Sáhara cuando era nuestra responsabilidad y lo que no se hizo cuando dejó de serlo de manera directa.
 


El sentido de pérdida personal se une al de pérdida territorial, más acentuado porque los protagonistas de la historia, los principales, son militares, militares curtidos y de la vieja escuela, los “africanistas” del ejército español, de la estirpe que sabía que un destino en África era una forma de ascender en el escalafón y de vivir una vida algo más dinámica que la de oficinista o la de la maniobra convencional en terreno conocido. El Sáhara es un desierto, fue nuestro desierto y en vez de dejarlo bajo la administración de sus nacionales, decidimos entregarlo a dos países, abandonamos un país sin concederle la independencia, no es que no defendiéramos lo que hasta entonces era nuestro sin razón, es que lo entregamos a quien no tenía mejor derecho que nosotros.
 
 


El documental entra así en la doble dimensión de familia e historia, a las imágenes del conocido formato súper 8 familiar, donde tantos fantasmas se guardan en multitud de domicilios, ya trasvasados al video y después al dvd, congelando el paso del tiempo menos en nuestra memoria, para atormentar el recuerdo de cómo éramos o de todos aquellos que nos han ido dejando,  se unen las imágenes oficiales del momento, aquél convulso año 1975, aquel pulso ganador lanzado por Marruecos a sabiendas de contar con el apoyo de las potencias occidentales frente a una agonizante dictadura, la necesidad del amigo americano de hacerse con un aliado estable en el Magreb unido a la codicia francesa de introducir a sus multinacionales en la explotación de las numerosas materias primas extraíbles del territorio. Una retirada que podría haber sido realizada de manera más honorable para que el principal colectivo español residente en la zona no se hubiera sentido manipulado, abandonado y humillado, el militar, que desplegado como fuerza de combate (si es que tenía capacidad para ello, algo más que discutible para un país pobre y atrasado en 1975, con material militar procedente de los desechos y descartes americanos de la guerra de Corea) recibió la orden de abandonar y regresar a la Península.
 
 


Entramos así en el recuerdo idealizado por los protagonistas de sus años de estancia en el Sáhara, la camaradería militar, su idealización del honor y la vida militar como si su estancia en la zona fuera semejante a la gesta de Beau Geste, su relación con los naturales de la región, el recuerdo de un trato amistoso y de iguales (me cuesta creerlo cuando los soldados saharauis no llegaron a ser oficiales y también fueron abandonados), la idea de que todo era milicia y, en el fondo, el ejército era el amo y señor de la zona. Pero esa vida de rosa que se recuerda, fue cuestionada por una serie de espinas que surgieron de improviso, la presión marroquí, el acoso pesquero, la presencia del Frente Polisario, la inactividad política aturdida por su falta de cultura democrática y de aliados internacionales, la imposibilidad de plantearse una guerra con los graves problemas de opinión pública y logística que generaría otra derrota más que sumar a la historia en África, no deja de ser paradójico que aquellos súbditos olvidados de una dictadura cruel añoren los tiempos del protectorado.
 

 
 

Como ejercicio de recuerdo familiar es normal que falte algo de mala baba, necesaria a mi juicio cuando de ausencia de libertades hablamos, pero eso sería mi película, no la que ha hecho y escrito el director, que opta por el testimonio íntimo más que por el fresco histórico, aunque la película cuente con ambas circunstancias en su argumento, mezclando ambas dimensiones pero sin que lleguemos a saber realmente qué pensaban o qué querían los saharauis del año 75, sabemos que los militares no querían abandonar la zona y menos como lo hicieron, reciente en su memoria el desastre, la falta de preparación, la carencia de medios y el silencio oficial de Sidi Ifni, conocemos las intrigas del momento con un Franco moribundo, pero hubiera sido una buena ocasión para pulsar la opinión de aquel momento del gran  olvidado, el pueblo saharaui. Como el paso del tiempo ha demostrado, el Sahara ha pasado a la historia por lo que quisieron marroquíes y españoles, no por la voluntad anulada de los habitantes nacidos en la zona.
 
 


Notable película que alcanzaría el sobresaliente para quien la comenta si a esa mala baba se hubieran añadido menos guiños a la complicidad del espectador, o de un tipo concreto de espectador, no desmerece al resultado final pero si lo lastra de alguna manera al aparentar estar dirigido a un sector de público cuando la historia merece más recorrido y más espectadores. En todo caso felicitar la apuesta, que alguien hable del Sáhara en España con dinero y equipo español y sin propósitos “buenistas” de ONG progresista es importante para enfrenarnos con nuestra historia presente, ésa que ha negado la nacionalidad a los que fueron súbditos y tenían DNI español para pasar a ser apátridas de si mismos.

jueves, 26 de junio de 2014

ARTICO (Gabriel Velázquez, 2014)



A Velázquez le gusta el frío, y el agua, el frío de sus personajes doloridos y angustiados, el agua de sus personajes que se escurren de la vida como líquido. “Artico” parecería una ampliación de la historia de “Iceberg”, su anterior película, ambientes, personajes, localizaciones golpean la memoria como si se tratara del mismo momento, de las mismas vidas, y aunque sabemos que no es así, la evocación del recuerdo nos remonta a aquella adolescente y aquella pareja de chicos refugiados en una caseta a orillas del Tormes, Salamanca como paisaje al fondo, paisaje con figuras, errantes en este caso.
 

Cuatro adolescentes en pleno tránsito a esa edad en la que te toca tomar esas decisiones que van a marcar tu vida, una quinta que sólo merece un par de apariciones puntuales para ser objeto de desprecio y enmarcar lo que va a  ser una vida acabada antes de empezar por ser madre a los 16 años. Lucía, Simón, Debi y Jota son los cuatro perdedores destinados a incrementar las estadísticas de la pobreza en el primer mundo, sin estudios, sin trabajo, sin recursos, viviendo a salto de mata y desconociendo que, cada vez que apuntan con sus carabinas, en realidad, se están disparando al pie.
 
 

En la primera parte de la película asistimos a la presentación de cada uno de ellos, como personajes de una obra de teatro que van asomando a escena uno a uno,  que se enfrentan al público para ser rápidamente identificados, mirada a cámara, desolación en sus ojos, ninguna esperanza por delante, su nombre y un rótulo con una frase que les define, Simón para el que “tener un hijo a los 16 me arruinó la vida”, Lucía a quien “ni mi madre vino a verme a la cárcel”, Debi “estoy sola pero me voy a comer el mundo” y Jota “sin familia no eres nadie”.
 

La rabia consume su existencia, su impotencia para abandonar la marginalidad les introduce en una espiral de difícil abandono, ellos a costa de la propiedad ajena van parcheando y consiguiendo algún ingreso, ya sea asaltando un palomar, robando una piara de cerdos, o un grupo de caballos, cooperando con delincuentes de estampa más bien siniestra y peligrosa, ellas trapicheando con cocaína, usando los carritos de los bebés que cuidan por horas para hacer los pases de la sustancia. Jota vive solo en una cabaña al lado del río, y echa de menos a su familia, Simón tiene casa pero necesita huir de ella, obligado a compartir vida con una compañera a la que no quiere, sin independencia económica y sujeto al despotismo paterno, Lucía y Debi en alguna institución de acogida, sin salida y mucho menos cuando Debi queda embarazada, en definitiva, solas y sin apoyo.
 

Y el frío, en la historia pasan los meses, pero lo único que sentimos es el frío, un frío que equivale al desamparo de los personajes, incrementado por esa fragilidad que les proporciona su edad, pero que al mismo tiempo nos aleja de la compasión porque ya no son niños. La naturaleza se transforma, para ellos, en refugio y supervivencia, pero no estamos en un Walden ni en una Arcadia, todos ellos anhelan abandonar esa vida, pero desconocen cómo.
 

La muerte ronda su existencia, se sienten condenados antes de comenzar a madurar, en ese ambiente no se engañan, quieren escapar pero notan cómo cada vez se hunden más y más. La naturaleza y su reflejo en imágenes se torna más preciosista cuanto más desentonan los personajes y más se deslizan pendiente abajo, del mismo modo que se escala a la cubierta de la catedral de Salamanca, para alcanzar la cima pero no sentirse parte de ella, la naturaleza revela su grandeza y hace cada vez más pequeños a sus habitantes. Caen hojas y caen copos de nieve, esa caída del ánimo, de la esperanza, la desolación que se transforma en depresión femenina y en violencia masculina, machos encelados incapaces de aceptar una derrota o una contrariedad, hembras sometidas a la voluntad inflexible de quien se cree el dueño de su destino.
 

La crudeza del final sienta como un puñetazo en el estómago, duro y cortante, nadar para ahogarse en la orilla, como los desgarradores gritos de Debi en la soledad de la ribera, un paisaje idílico para un suceso estremecedor, Velázquez asume el origen de “Iceberg” para conseguir una variación perfeccionada en “Ártico”, si los icebergs dejan ver una pequeña parte de su masa, “Arctic” se transforma en una llanura helada, la de la dehesa salmantina y zamorana donde se ha rodado la película, con ese golpeteo sincopado de la mano sobre la madera que, como un ritmo inexorable, marca el propio ritmo de los protagonistas, un ritmo que crece como crece la velocidad de hámster en la rueda de su jaula, el ritmo crece y crece hasta que el corazón revienta.
 

Una pequeña película muestra de la brutal vitalidad del nuevo, o joven, o arriesgado, cada uno que use la etiqueta que prefiera, cine español, ese que apenas se ve, apenas se compra y que apenas puede subsistir más allá de la indomable voluntad de sus creadores necesitados de contar sus historias sin cartas marcadas, sin sentimentalismos de telenovela o sin guiños y gracietas para el público cómodo, creadores como Velázquez, que asumen el riesgo de que el espectador se sienta desamparado, sin armas para defenderse, desprovisto de argumentos para enfrentarse a tanto dolor y a tanto desarraigo emocional. “C,est la vie mes amis”, y nadie dijo que fuera fácil vivir, ni morir.

martes, 24 de junio de 2014

NEW WORLD (Park Hoon-jung, 2013)


 

 

Honor, lealtad y traición pueden ser tres características insertas en el ADN humano de manera tan consustancial que, ya sea una película coreana, rumana o mejicana, una historia que gire a su alrededor nos sonará siempre muy cercana. De hecho la historia política coreana del sur no es un lecho de rosas como la interesada propaganda occidental ha querido vender de este país para oponerle a su vecino del norte, y que el cine de Corea sea hiperviolento y refleje tan bien la maraña de corrupción y crimen organizado nos debería hacer reflexionar sobre las razones por las que no será casualidad esta temática tan bien desarrollada.
 
 

Puede definirse dictadura a Corea del Sur hasta 1987, ¿increíble verdad? Pese a ello se les concedió la organización de los juegos olímpicos de 1988. De 1961 a 1979 gobernó el general Park Chung Hee, asesinado, el poder fue asumido por otro general hasta 1987, y desde entonces se han sucedido elecciones que han desembocado en 2012 en una nueva presidencia, la de Moon Jae-In, hija del general Park, es decir, que en todas partes cuecen habas, que es lo mismo que decir que “ nosotros que siempre hemos mandado y que vamos a seguir mandando”, o traducido a idioma posibilista, en todos los sitios hay castas, y escasa memoria histórica.
 
 

Cuanto más corrupto es el sistema mayor es la podredumbre de todo lo que le rodea, desde el primer hasta el último ciudadano es susceptible de caer en redes clientelares de dudosa moralidad y nula legalidad, incluso esa infección puede provocar que hasta los encargados de velar por nuestra seguridad e integridad, participen de los modos y medios mafiosos para conseguir una ficticia eficacia, si faltan los controles la avidez humana deja de lado la rectitud para dejarse dirigir por el dinero o por el poder, o por ambas cosas.
 
 

New World participa de la épica de “El Padrino” en las composiciones violentas y en las sucesiones del poder, así como en el afianzamiento en los respectivos tronos, y participa del precedente cultural más inmediato de películas de policías infiltrados como es la serie “Infernal affaires”, cuya primera entrega es un prodigio, la segunda más que correcta y la tercera el agotamiento de la saga, si bien en occidente hemos tenido que sufrir el “remake” (malo e irritante) de Scorsese con su “Infiltrados”.
 
 

En “New world” lo primero que merece atención es el ritmo y la composición de las imágenes, para esto, el cine coreano carece de competencia actualmente, el efecto digital, si existe, no se nota. No hacen falta estallidos, saltos imposibles o situaciones absurdas, y su extensión sobrepasando las dos horas, nunca cae en tiempos muertos ni en escenas gratuitas, las mujeres, si aparecen, aunque sean papeles reducidos, tienen significado en la trama y no se limitan a mujeres explosivas para solaz del héroe de turno. Ritmo no equivale a acción, sino a progresión en la historia, y progresión hay, y mucha, los irreproducibles nombres de los protagonistas dificulta tomar contacto con todos ellos si no los ves en pantalla, provocando un mareo en el espectador equivalente a la situación de desamparo y desasosiego que sufre el policía Ja-sung, infiltrado durante seis años en una banda mafiosa y en la que ha conseguido escalar hasta puestos de confianza dentro del organigrama.
 
 
 

No conviene desvelar demasiado la historia porque la sorpresa y el juego también forman parte del espectáculo, el esquema de Infernal affairs es transvasable a este modelo de cine de acción con tintes shakesperianos, las vueltas y revueltas van orientando perfectamente al espectador, quien parece manejado y débil puede convertirse en el más peligroso enemigo, el mejor instalado caer en el ostracismo inmediatamente, el más seguro terminar en un bidón de cemento en el océano pacífico. La policía cree dominar la situación mediante agentes infiltrados en las organizaciones mafiosas que deliberan quien sucederá al jefe una vez que éste es víctima de un accidente de tráfico “casual” tras ser absuelto de un proceso penal que levanta ampollas policiales y políticas. La guerra sucia se encuentra como uno de los leit-motiv de la historia, la guerra sucia y el abuso en la manipulación de los pobres agentes infiltrados, amenazados con ser vendidos si amagan con dejar su trabajo, una y otra vez pisoteados por sus jefes que les han prometido que “era la última vez” para, tras terminar la operación, verse inmersos en la siguiente, en un carrusel sin fin que lleva , inexorablemente, al descubrimiento de su posición de falsos mafiosos y su ejecución.
 
 

Dice el dicho que “la policía no es tonta”, y la mafia lo sabe, lo que pierde a unos y otros es el exceso de confianza, no saber medir suficientemente bien las fuerzas de cada quien y dar por hecho reacciones obviando las más extremas, pero es que cuando se vive en la cuerda floja continuamente se termina corriendo el riesgo de que hasta el más fiel cambie de bando o te venda en el último momento.
 

Por eso la película encierra estupendas reflexiones sobre la lealtad, incluso en la traición, hasta las situaciones menos comprensibles terminan encajando y cobrando sentido con un bello epílogo que se remonta a seis años antes del tiempo presente. Formalmente la película alcanza cotas majestuosas en las escenas de acción, si los canallas de Reservoir dogs marcaban su identidad vestidos con traje oscuro, nuestros mafiosos harán del traje su señal de distinción, incluso el traje marca distancia con esos policías desarreglados y que portan bates de béisbol en las detenciones. La llegada de sicarios vestidos con vaqueros y sudaderas marca un cambio de ciclo, esa imagen de Ja-sung sentado y mirando a través de las ventanas de la corporación Goldmoon, tapadera que blanquea y hace respetable el trabajo ilegal de todas las familias, proporciona la misma imagen que Michael Corleone en El Padrino, un poder buscado, efímero, inestable, que exige un autocontrol y una desconfianza eterna.
 
 

El cine coreano, desde Old boy, ha hecho del travelling lateral en plena batalla un guiño y una seña de identidad, se que la escena en sí misma no es original porque recuerdo haberla visto en películas anteriores, pero es en Old boy donde el que ahora hace el papel de Inspector jefe Kang (Ming Sing Choi) protagonizó la imborrable escena de lucha con arma blanca en un largo pasillo ante una multitud de enemigos, en esta “New World” asistimos a un prodigio de planificación y montaje en la batalla entre los dos clanes mafiosos en el interior de un aparcamiento, que culmina con una fantástica escena cenital de lucha a muerte con cuchillos en el interior de un ascensor entre uno de los candidatos a jefe y cinco sicarios de otro de los candidatos. Igual que una breve escena de persecución con coches de lujo negros, Mercedes y Lexus, por las calles de Seúl, o esos travelling frontales que acercan y separan de la escena que no aparentan un simple zoom, sino un manejo de la imagen en beneficio del espectáculo visual.
 
 

Producto de calidad, entretenimiento y acción  con mensaje último, abusar de la confianza propia produce consecuencias negativas, abusar de la confianza de los demás también, la amistad puede salvarte en momentos límite si ha sido verdadera, y al final, hay que decidirse, no se puede jugar a dos bandas eternamente, hay que escoger para sobrevivir.
 

domingo, 22 de junio de 2014

EL ÁRBOL (Carlos Serrano Azcona, 2010)


 

Un árbol nos da refugio, pero al mismo tiempo se convierte en peligro. Abrazarse a un árbol es un modo de agarrarse a la vida, pero también una forma de despedirse de ella. En el periplo sin rumbo de Santiago por las calles de Madrid, el árbol es la penúltima etapa, ese árbol puede representar el último lugar en el que jugó con esos hijos que no ha vuelto a ver, o el lugar en que besó por primera vez a esa mujer a la que no se puede acercar. Agarrar ese árbol puede ser un intento desesperado de agarrarse a la vida cuando todo indica que no hay nada que merezca la pena porque se ha perdido la ilusión. Estamos ante una historia de ficción hiperrealista donde la mano de Jaime Rosales y Carlos Reygadas acompañan al director.
 
 

Santiago tiene casa pero no tiene hogar, los que le rodean sienten lástima por él más que sentir con él, tiene trabajo pero hace lo posible por no trabajar y que los demás pierdan la poca confianza que les queda. Sus intentos de alcanzar puerto se estrellan siempre en las rocas, el fondo de su barca va reventando al tiempo que los arrecifes se interponen en su camino. En la historia tenemos que descubrir lo que ha pasado, encontramos al personaje y creemos que no tiene casa, o que vive de la caridad. Anda, vaga, se mueve como un alma en pena a la búsqueda de nada, de una señal del pasado que le permita seguir mirando hacia delante, que alguien le responda al teléfono, que alguien le abra una puerta, que alguien le brinde esperanza.
 
 
 

Y sin embargo pronto nos damos cuenta de que no es el dinero su problema, o no lo es de forma acuciante. Tiene un domicilio con buena apariencia, es capaz de moverse en taxi, pero al mismo tiempo es capaz de dormirse en un banco cualquiera a la intemperie, como un perro callejero. En el frío que va encogiendo a Santiago según pasan las jornadas en las que le seguimos, la cámara le mira pocas veces de frente, seguimos su paso inseguro, la cabeza gacha, los hombros encorvados, su cazadora marrón, su espalda, sólo le falta ir rozando la pared para que su desvalimiento sea absoluto. Las horas del día son un lastre, enorme, porque la noche no implica descanso. Solo el agotamiento del eterno deambular consigue desactivar la maquinaria unas horas, las suficientes para reponer fuerzas y comenzar nuevamente a caminar.
 
 
 

Su voluntad se quiebra cuando intenta visitar a sus hijos en ese chalet de clase alta del centro de Madrid, todo son buenas palabras hacia él, pero todos le dicen que no puede estar ahí, que no era ése el pacto, que espere, que sea paciente, que no puede ver a sus hijos. No es la historia de amor destruida lo que anula a Santiago, sino esa infancia arrebatada a la que no puede llegar. Alcohol y hachís para olvidar, pero no es cierto, en esa hora de camino el paso de los kilómetros nos lleva del árbol al vacío. Santiago se ha vaciado por completo en su búsqueda, en su carretera sin retorno, alzarse sobre el pretil del viaducto y ser recibido al grito de “¡qué haces, insensato!” por un cura y un monaguillo sacados de cualquier Berlanga de los 50 pone un broche surrealista a una historia angustiosa, a una historia de sufrimiento sin descarga, a un camino de redención donde la culpa anula cualquier posibilidad de supervivencia. Que al final nos acompañen las solemnes vísperas del confesor interpretémoslo como el paso previo a la muerte o el anuncio de que nada de lo que hagamos nos hará resucitar, podrás poner el marcador a cero, pero será otro partido muy distinto, ni la prórroga ni la segunda parte del anterior, porque ése ya le has perdido.

jueves, 19 de junio de 2014

THE GREEN WAVE (Ali Samadi, 2011) 5 CÁMARAS ROTAS (Emad Burnat y Guy Davidi, 2011)





 
 
 
 
Oriente Próximo y Oriente Medio, dos regiones potencialmente ricas por el petróleo y el gas y donde la pobreza se instala en amplios estratos de la sociedad. Regiones gobernadas teocráticamente en muchos de sus paises, en otros con monarquías totalitarias en el poder, en la mayoría dictaduras con vestimentas democráticas, escenario de campos de operaciones donde occidente no hace más que equivocarse sustentando, como dijo Kissinger, y anteriormente Roosevelt, a auténticos hijos de puta pero que “son nuestros hijos de puta”, provocando la alimentación y proliferación de extremismos violentos de raigambre religiosa que se extienden como el aceite sobre el agua, habiendo abandonado las inaccesibles montañas de Pakistán o Afganistán, dominando la práctica totalidad del Magreb, orientando su expansión hacia el África negra a la espera de alcanzar mayor implantación en Asia.
 
 


Irán, Israel y Palestina son tres de los escenarios y protagonistas principales de esta guerra de religiones y de influencias, y son los tres paises protagonistas de estos dos documentales, publicados en el mismo año y que responden a un momento temporal similar, el Irán de 2008 y la Cisjordania del periodo 2003-2009, con realidades y objetivos muy distintos pero que, con la simpleza de una cámara y una calle ofrecen más verdad que cualquier telediario de nuestra maltrecha libertad de información y prensa.
 
 


Que Israel sea una democracia nadie lo duda, el problema es cuando esa democracia no se aplica a todos los ciudadanos por igual, y unos pasan a ser súbditos sojuzgados y la mayoría opresores. Que las franjas de Gaza y Cisjordania se han convertido en modernos guettos del s.XXI sujetos al abuso de autoridad militar y al capricho y voluntad del mando de turno es evidente, no hay como ofrecer barra libre para que el peor de nuestros instintos animales se desarrolle. En “5 cámaras rotas” con video cámaras domésticas, que según van rompiéndose van mejorando, Emad Burnat filma de manera constante y a todas horas, como una especie de nueva terapia cognitiva y liberadora, Emad asiste a la creciente represión de una localidad palestina de la franja de Cisjordania, Bil,il, que de la noche a la mañana comprueba como la autoridad israelí decide ampliar un asentamiento de colonos, levantando una valla que separa a los palestinos de sus plantaciones de olivos y de sus caminos habituales. Emad empieza rodando como quien quiere dejar un retrato familiar pero pronto advierte el potencial de la imagen para reflejar la resistencia de un pueblo y las reacciones del opresor. De las cinco cámaras, 4 son rotas por actos violentos, una por un simple accidente de tráfico, otra por un manotazo de un militar israelí, otra por un colono judío y las dos últimas por disparo de bala del ejército. Se comprueba así, ya, el incremento represivo del poderoso, que no duda en usar armamento real y disparos de bala contra manifestantes sin armas, violencia contra resistencia activa y pasiva, y cuanto más crece la violencia del estado más crece el odio de los palestinos hacia los israelíes.
 
 
 


El documental, realizado con dinero israelí, y elaborado con la técnica del reportaje periodístico, podemos dudar sobre si lo que vemos es lo que realmente ha pasado, si no nos estarán ocultando la mitad de la realidad, si antes de que los soldados israelíes disparen no habrá habido riesgo para estos, pero, sinceramente, uno llega a la conclusión de que no hay ánimo de manipular, hay planos evidentes donde vemos asesinatos a sangre fría, disparos en las piernas a detenidos, detenciones nocturnas entrando en las casas de los palestinos de niños, y cuando digo niños estoy hablando de chicos de 10, 11 años introducidos en furgonetas militares y llevados a centros de interrogatorio, la guerra psicológica sin consecuencias, la impunidad del poderoso intentando atemorizar a la población. La cámara salva la vida a Emad en dos ocasiones, en una de ellas hasta llega a grabar el disparo que le alcanza y que destroza la cámara. Pocas cosas ponen tan nervioso al gobernante como la verdad, y la verdad de una imagen es difícil de ocultar, para ello hay que silenciar a los medios de comunicación, aunque esto también se consigue. El documental sigue el crecimiento del hijo menor del director, nace con las primeras decisiones de resistencia pacífica y enfrentamiento a la ocupación y acaba con un quinto cumpleaños donde ese niño ha perdido ya la inocencia, ha visto morir a amigos de su padre, el odio empieza a latir en su interior cada vez más fuerte, “¿porqué no matas con el cuchillo a los soldados?” esa pregunta encierra muchas de las respuestas de este documental.
 


Si “5 cámaras rotas” es el ejemplo del uso de la violencia en un estado aparentemente democrático contra parte de su población, población que utiliza los tribunales para ir ganando pequeñas batallas, “The green wave” es una obra clandestina, con dinero alemán y testimonios grabados en Alemania que recogen las impresiones de exiliados iraníes tras las matanzas de 2008 cuando Ahmadineyad  estuvo a punto de perder las elecciones presidenciales en Irán (de hecho las perdió, pero el resultado fue adulterado) y utiliza imágenes tipo de testimonio con entrevistas cara a cara, identidades ocultas en algunos casos, las imágenes de móviles o cámaras caseras tomadas por los ciudadanos en esos días y recreaciones animadas, del tipo Ari Folman en Vals con Bashir, donde se reproducen instantáneas llenas de horror y de brutalidad impropias de cualquier ser humano. La ola verde invadió las calles de Irán, sobre todo Teherán, la población, sobre todo las clases medias y las urbanas, sentían esas elecciones entre cinco candidatos del mismo partido, no podemos olvidar que Irán es un régimen teocrático donde la libertad, de por si, es bastante limitada, por no decir ausente, y esas elecciones de 2008 parecían permitir un cambio en la línea política del poder desde dentro del mismo poder cuando el candidato reformista Mousavi amenazó realmente con quitar el poder a Ahmadinejad. Las imágenes son elocuentes, mítines masivos, la gente en las calles a altas horas, muchachas sin velos bailando en la calzada, el espíritu de una libertad con esperanza de ser recobrada pero cercenada de cuajo el mismo dia de la elección, colegios cerrados antes de tiempo, ciudades donde votó más gente de la censada, papeletas del candidato opositor que se acabaron antes de terminar la votación, apagón informativo, declaración oficial de victoria de Ahmadinejad, detención de Mousavi, primeras protestas, primeros actos de brutalidad policial, primeros detenidos, primeros muertos, declaración de Jamenei cargando contra los “perdedores”, legitimando a Ahmadinejad y legitimando la violencia del estado para defender los principios y culpando a los manifestantes del resultado de las acciones policiales.
 
 
 


Todo se vuelve sórdido, brutal, despiadado, la policía carga en moto contra los manifestantes, los policías provistas de navajas agreden a los manifestantes desde las motos en marcha, policías desde las azoteas disparan con fuego real contra los manifestantes, brigadas de policía política se dedican a apalear manifestantes hasta la muerte, ejecuciones en comisarías, detenidos sacados a la fuerza de hospitales, violaciones de detenidos…….todo un catálogo de atropellos contra los derechos humanos donde una dictadura se convierte en una dictadura aún más cruel. De aquella ola verde que se extendió por los paises árabes ha quedado un resultado de libertad misérrimo, quizás Túnez sea el único país que ha conseguido progresar en derechos y libertades, pero Irán, Egipto, Libia, Siria, Argelia, Yemen….permanecen igual o peor que antes, con un verde manchado de rojo, y no por la estrella o la media luna de la bandera, sino por la sangre perdida de todos sus ciudadanos sometidos, vulnerados, oprimidos, eliminados. Todos ellos sin poder ser compensados. Los verdugos lo saben, saben que algún día tendrán que pagar por sus crímenes, por eso su violencia se vuelve más violenta, más implacable. Cuanto menor sea el número de testigos es posible que sólo tengan que asumir la culpa interna, pero no una hipotética condena de un tribunal de los vencedores, que supondría la muerte en un país islámico.