viernes, 30 de mayo de 2014

DEL PODER (ZAVÁN, 2011) HABLAR DEL PODER SIN ZAVAN (Samuel Alarcón, 2014)





Sobre la marcha cambio la película sobre la que iba a escribir hoy, dejo a Reygadas y su demonio interior para más adelante, porque sigo impresionado con la visión de este ¿documental? ¿ensayo? ¿manifiesto? que toma como referente visual las movilizaciones antiglobalización que se llevaron a cabo en Génova en 2001 con ocasión de una reunión del G-8. En 2011 Zavan realiza esta obra visual y en 2014 Samuel Alarcón la reaviva mediante una entrevista en diferido con forma de simulación pero mucho más real que cualquier discurso o declaración política al uso. Tendemos, yo el primero, a poner una etiqueta al cine, a veces no es posible, con este “documental” no es posible.



Zaván mantiene oculta su identidad, mujer, hombre, colectivo, español o no, da lo mismo, lo importante es la obra, no el autor, ése es su manifiesto principal y prefiere, pese a la posibilidad de haber sido reconocido en festivales por su obra, mantener el anonimato para actuar con mayor libertad en un mundo hipervigilado y donde nuestra intimidad es expuesta a diario, en primer lugar por nosotros mismos. “Del poder” es la obra original, “Hablando del poder sin Zavan” es una entrevista sin entrevistado hablando de su obra y sus intenciones, influencias y reflexiones sobre el cine y sobre la violencia del Estado en todas sus manifestaciones. No vemos al entrevistado porque para mantener oculta su identidad, ha contestado por escrito al cuestionario remitido por Samuel Alarcón, y con la voz de Mona León Siminiani, de Extrafantástica de Radio3, graban en video la entrevista y en PLAT podemos ver las dos realidades en la misma pantalla, podemos jugar a Rayuela, ver las dos proyecciones al mismo tiempo, primero la de Zaván y después la entrevista, mezclar las dos, o ser clásicos y ver primero uno y luego el otro, a gusto del espectador.




“Del poder” es una obra donde prima la imagen, incluso la banda sonora es nula durante muchos minutos, y durante muchos otros nos persigue el zumbido de los helicópteros que sobrevuelan a los manifestantes durante la cumbre de Génova, el sonido del mal. “Del poder” es un manifiesto contra los actuales gobiernos “democráticos”, desnudando su forma de actuar contra la ciudadanía y tratando a ésta como súbditos desplazados de la toma de decisiones que les afectan. Frente a la obscenidad del poder, con sus cohortes de lujo, asesores, trajes, hoteles, la dignidad del ciudadano mundial protestando contra la globalización que ha traído más hambre, más corrupción, más pobreza, más desigualdad, menos derechos. Hablamos de 2001, han pasado años y, desde luego, no hemos mejorado, aunque Génova sirvió a estos demócratas de pacotilla para atemorizar al ciudadano votante y advertirle de que la libertad de expresión está muy bien mientras no amenaza las esferas reales de poder.




“Del poder” utiliza imágenes reales, única y exclusivamente, en distintos formatos y texturas, de baja calidad la mayoría de ellas por proceder de dispositivos móviles, y conforman un relato cronológico de aquellos días, que culmina con el asalto policial a la escuela Díaz, sede informativa de los grupos antiglobalización, la realidad de las imágenes provoca una creciente sensación de asco infinita, una creciente asunción de la inexistencia de un estado de derecho en nuestros estados democráticos, un abuso de la fuerza plenamente constitutiva de delitos, un uso de la violencia de estado como generadora de contraviolencia, una manipulación obscena de los medios de comunicación al servicio de quien paga y subvenciona las ediciones, transformando la información en opinión y consigna, una continua violación de la libertad de prensa, del derecho a la libertad de reunión y manifestación, a la libertad de expresión, a la libertad individual, a la integridad fisica y moral, todo en aras del mantenimiento de un putrefacto estado democrático que se regenera cada cuatro años mediante el derecho de voto, voto que legitima cualquier desmán en los cuatro años siguientes porque a la hora de la verdad triunfan la mentira, el miedo y la desmemoria, nada que no conozcamos y suframos, por cierto, porque en 13 años todo ha ido notoriamente a peor.




Policías infiltrados provocando disturbios, policías disparando contra la multitud pacífica de manifestantes, cargas contra personas con los brazos en alto, golpes con las porras contra la cabeza, disparos de pelotas de goma y botes dirigidos al cuerpo de manifestantes, furgonetas antidisturbios a toda velocidad contra grupos de gente para dispersarlos, animales vestidos de paisano ayudando a policías de uniforme para agredir a manifestantes porque son policías infiltrados, puñetazos a traición por la espalda una vez detenido y esposado el manifestante, policías separados por otros policías ante el exceso brutal de los golpes que van propinando a turnos y sin saber muy bien porqué. La respuesta es que, cuanto mayor es la violencia oficial y el cinismo político, mayor es la violencia que se despliega por grupos de manifestantes, violencia genera violencia y Gandhi no hubiera tenido nada que hacer contra este sistema, salvo acabar con él desde las urnas, porque lo último que espera el sistema es que unas elecciones pueda ponerle en dificultades. ¿Acabarán con las urnas cuando ya no queden dudas de que nuevos movimientos políticos pueden acabar con su poder sin necesidad de sacar la policía a la calle?




Quizás los referentes visuales más cercanos, o más reconocibles para un espectador medio amante del cine distinto al de las pantallas convencionales puedan ser el Godard de “Film socialisme”, o la obra visual de Marker y Mekas, pero la película de Zavan, como todo el gran cine, nos sirve para preguntarnos a nosotros mismos ¿dónde estabas en mayo de 2001? ¿qué has hecho para evitar lo que está pasando actualmente? ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar por reclamar lo que te corresponde? Hay varios momentos espeluznantes durante la visión de la obra, en la que lo más importante es el contenido, ninguno como el homicidio consciente, quizás impulsado por un miedo físico del policía, pero injustificable en cuanto a la desproporción, de Carlo Giuliani, quien en el momento de acercarse a un furgón policial para lanzar un adoquín recibe en pleno rostro dos disparos de un policía, cayendo fulminado y siendo atropellado a continuación por el furgón que pasa por encima de él, y lo más estremecedor es saber que ese policía que disparó y el que conducía, no fueron ni juzgados porque se apreció la existencia de legítima defensa.




Los poderes que han mirado hacia otro lado ante la violencia policial se han convertido en cómplices y legitimadores de un abuso tras otro, dotando a la brutalidad sin sentido de una legitimación insoportable, sobre todo, y ante todo, cuando se trata de protestas ciudadanas, momento en el que el ejercicio del antidisturbio se convierte en patente de corso. No son muy distintas estas imágenes a las que nuestros ojos se han acostumbrado a ver en manifestaciones recientes, lo que impacta es la reiteración, la duración, el empecinamiento, el sadismo de las imágenes, y el resultado. Ahora bien, el objetivo del poder también se logra, quien ve el resultado lo rechaza, incluso esos policías avergonzados cuando son coreados al grito de “asesini” seguro que tienen algún problema de conciencia, pero quien ha dado la orden, aparte de dormir a pierna suelta ha conseguido lo que buscaba, desactivar a la masa pacífica y que esta tenga miedo para manifestarse en el futuro. El poder, en el fondo, se ha transformado en un ejercicio del miedo, la doctrina del shock triunfa, desanima al ciudadano y le compele a quedarse en casa soportando la vergüenza de asumir como inevitable todo aquello que vulnere sus derechos, por años y años de lucha y reivindicación que sumen a su consecución. Un mundo de ciudadanos resignados y acostumbrados a vivir con la corrupción, con el despotismo, con la arbitrariedad es la consecuencia del ejercicio de este poder. Acabar con esa concepción es tarea de titanes, por eso la aparición de nuevos partidos dispuestos a acabar con la casta pone tan nerviosos a los púlpitos oficiales, descoloca al poder que el ciudadano quiera retomar su derecho al mismo. La desconexión del poder y el ciudadano es una de las mayores infamias de un sistema que se dice democrático, seguir considerando a la mujer y el hombre de a pie como incapaz de decidir su futuro ha provocado la desafección, cierto, porque el sistema pensaba legitimar su actuar manteniendo un nivel de voto mínimo, el de los adeptos inamovibles. Roto el mito puede acabarse con el miedo, pero no lo olvidemos, un pueblo sin miedo se transforma en peligroso para el poder, ¿nos dejarán o no podremos?




Un descubrimiento radical desde el punto de vista cinematográfico, pero vista, uno olvida la forma y sólo piensa en el contenido, todo un acierto en la apuesta. Esperando ansiosamente la nueva obra de Zaván.
http://plat.tv/filmes/hablar-del-poder-sin-zavan

jueves, 29 de mayo de 2014

MADRE E HIJO (La postura del hijo, Pozitia Copilului, Calin Peter Netzer, 2013)


 
 

 


Berlín 2013, febrero, “Pozitia Copilului” gana el oso de oro y añade un nuevo éxito internacional de crítica y jurado para el cine rumano. Mayo de 2014, alguien en la distribuidora decide que “ahora” es el momento adecuado para estrenar esta obra tan rotunda en España. En diferido y con forma de simulación, seguimos estrenando novedades, nos quedamos tan satisfechos viendo con más de un año de retraso los triunfadores de Cannes o Berlín, o no viéndoles, que es otra de las opciones más corrientes, porque no siempre triunfa lo mejor, o no todo lo bueno triunfa, y se pierde en los estantes de productores y exhibidores, esperando el pirateo y/o la copia internacional.
 


El título es tan engañoso en español que sólo la idiocia generalizada puede hacer pensar que es más atractivo leer “Madre e hijo” que “La postura del hijo”, título real que encierra mucha de la verdad que a ritmo aparentemente lento, pero implacable, desarrolla esta historia de clase alta en uno de los países más pobres de la Unión Europea, donde la posesión de euros denota el status de la gente, y donde pagar sobornos en euros o en leis también implica diferencia de clase, pobreza para los de siempre, claro está, porque los ambientes interiores donde se mueven los protagonistas denotan un status económico desmesuradamente alto para su nula actividad laboral.
 


Desde mediados de la década anterior, más o menos, todos los años llegan una o dos grandes películas rumanas a las carteleras españolas, no es mucha cosecha si detrás no hay algo más, pero los nombres de Cristi Puiu, Cristian Mungiu, Andrei Ujica, Radu Muntean, Corneliu Porumboiu, Radu Jude, Florin Serban y ahora Calin Peter Netzer se han hecho conocidos y esperados para el aficionado al cine de autor, al cine de personajes y de historias antes que el de brochazo, tv movie y comedieta amable que tanto éxito cosecha en España.
 


¿Dónde miran los personajes de “Madre e hijo”? esas miradas reflejan la personalidad latente de todos ellos, y sólo dos personajes, los dos mujeres y los dos madres, son capaces de sostener la mirada durante toda la película a cualquiera de sus interlocutores, la madre y la pareja del hijo de la película despliegan todo su poder en cada una de las escenas. Hay una lucha soterrada entre ambas, pugna que termina siendo reconocida por el papel de la madre, con una interpretación destacable de Luminita Gheorghiu, en una conversación sin máscaras con la compañera de su hijo, “no tenemos porqué ser amigas”, que se salda con una derrota de la madre, intentando recuperar al hijo recibe la noticia de que la relación se ha terminado, con una serie de informaciones sobre el tipo de persona que es ese hijo ideal ultraprotegido sobre el que gira todo el comportamiento de la madre. Esa mirada frontal que, sin embargo, se desploma en la escena final en casa de esos padres que han perdido a un hijo adolescente en un accidente de tráfico protagonizado por el hijo de Luminita. Y si la mirada de la madre se desploma en ese momento, sola, acompañada únicamente por la pareja de su hijo que, en la realidad no lo es, y que mantiene la mirada alta en el trance, no es porque la abrume la situación de esos otros padres arrasados por el dolor de la pérdida, sino por su propia pérdida, por la convicción absoluta de que la postura de su hijo es inamovible, o se olvida de él y deja que se comunique con su madre cuando él quiera o no volverá a tener noticias suyas, el dolor que siente es el resultado de comprender que la pérdida le duele tanto a ella como a esos padres en estado de shock.
 




Peter Netzer utiliza una situación extrema y sobrevenida, un accidente de tráfico, con exceso de velocidad y con un muerto provocado por el hijo, para desplegar todo el catálogo de habilidades de una madre que trata de salvar, como siempre, al amadísimo hijo de una burocracia que ella entiende injusta ante lo que sólo ha sido un accidente, utilizando todo el amplio catálogo de influencias habidas y por haber, el que justifica que haya una justicia para ricos y otra para pobres, comprando testigos, sobornando fiscales, pagando entierros, todo lo que sea preciso para demostrar a ese hijo que sin su madre está perdido. Previamente habrá confesado, en el arranque de la historia, a su cuñada, que está harta de ese hijo maleducado, desconsiderado, egoísta, alejado, que no quiere que le llame todos los días, ordinario, “¿tu crees que me ha dicho que se la chupe, que le deje en paz?”, culpando, como no puede ser de otra manera, a la pareja de su hijo de ese comportamiento, “ya ves, se ha juntado con una mujer con una hija a cuestas”, porque en el fondo no hay peor ciego que el que no quiere ver, y en este caso el hijo es como es, pero muchas de sus incapacidades e inseguridades proceden de esa relación enfermiza que la madre pretende con el hijo, como si éste no hubiera sobrepasado la treintena. Porque estamos acostumbrados a que los padres avergüencen a los hijos en público, sobre todo en la adolescencia, pero cuando los padres se empeñan en tratar a los hijos como adolescentes toda la vida, o les transforman en pusilánimes o en aprovechados inseguros, y este hijo recoge toda la cosecha esperable de una madre posesiva y dominante.
 





El accidente es el leit motiv sobre el que gira la historia, pero no nos dejemos engañar, no es el accidente lo importante, el accidente es el mc guffin del director para que, quien quiera, se intrigue con la pseudotrama de investigación, ya sabemos lo que pasó y lo que no pasó, sabemos que, al final, las víctimas se sentirán verdugos por no evitar que su hijo cruzara la carretera en ese momento, pero ese accidente permite, de manera sutil, enseñarnos la realidad de los personajes y la realidad de un país que, como en el anterior cine rumano mencionado, falla casi todo, empezando por el propio estado. La cámara a la altura de los personajes, mano rápida y nerviosa, como si la propia madre se encargara de filmar su propia vida, sus idas y venidas de Bucarest al pueblo donde tiene lugar el atropello, sus visitas a la casa del hijo donde no es bien recibida, las reuniones familiares al dictado de la poderosa personalidad de la madre, como un video casero bien hecho, como un reportaje crudo y real sobre la personalidad absorbente y castrante de la madre que desemboca en la postura del hijo, justo la contraria de la que la madre podía sospechar o imaginar.
 




Las miradas y los ambientes opresivos de la película, faltos de luz, enclaustrados entre las paredes protectoras de una madre en vigilia permanente se refuerzan con esas dos escenas de inicio y final, como prólogo y epílogo de una historia sin demasiada esperanza porque lo que el hijo y la madre quieren es incompatible, no hay término medio, lo que el hijo quiere angustia a la madre y lo que la madre quiere aniquila al hijo, a la madre no le queda más que renunciar y esperar, pero mientras tanto, esa postura del hijo anula todo su proyecto protector, como esas parejas imposibilitadas para compartir su vida o para seguir engañándose con utopías irrealizables, y que tampoco pueden separarse definitivamente y para siempre, aquello que queda remueve por dentro, y aun sabiendo que cualquier solución es mala e insuficiente, es preferible sufrir a pensar que todo ha terminado.
 

miércoles, 28 de mayo de 2014

UN CHÂTEAU EN ITALIE (Valeria Bruni Tedeschi, 2013)



LA VIDA EN FUGA

A quien más quien menos le habrá ocurrido alguna vez, y si no se lo puede imaginar perfectamente. Esas parejas de hermanas, o de amigas, una tremendamente bella y la otra simpática, una inaccesible y por tanto convertida en puro objeto del deseo, y la otra, siempre dispuesta a agradar y ayudar pero olvidada ante la luz que desprende la otra. Ya se sabe, la estrella que brilla el doble se apaga mucho antes. Valeria Bruni pertenece a ese género de parejas de mujeres, es de las que brillan por si solas, pero que acompañadas por su hermana parecen no merecer atención, como si la belleza ocultara a la inteligencia, y Valeria parece desprender inteligencia por los cuatro costados, esa mujer que entra por todos los sentidos y no sólo por la vista. La compañera ideal para unas cuantas tardes de charla, incluso con risa y carcajada, también aparenta la confidente perfecta, en definitiva, no hay como el cine para imaginarse lo que uno quiere, si lo hacemos en la vida diaria cómo no hacerlo cuando no hay consecuencias.


 

Valeria también pertenece a ese grupo de actrices maltratada por el cine, aquéllas que cumplidos los 40 dejan de interesar a la industria para quien mujer en pantalla sólo es equivalente a cuerpo y no a cerebro. Forma parte de ese grupo de mujeres que no se han dejado sojuzgar por la esclavitud del bisturí y el colágeno, de las que asumen que es natural tener 45 años y arrugas, y de eso modo mantienen la belleza natural indudable como otras que han ido desapareciendo de las pantallas, como Chiara Mastroianni, como Emma Thompson, como Jessica Lange en su momento, decidiendo que mejor es sentirse vivo con el paso del tiempo que no pudrirse en una juventud falsa y decadente, a la par que inexpresiva como las de una Nicole Kidman o unas aborrecibles esfinges como Emmanuelle Beart o Isabelle Adjani.

 

 
"Un chateau en Italie" es la tercera película dirigida por Valeria, la hermana lista y menos mediática, la hermana que mantiene esa belleza serena y natural, capaz de mostrarse recién levantada de la cama o desastradamente vestida para que se aprecie su verdadera edad. Un chateau en Italie es una película frenética en la que Valeria corre de un lado a otro para no llegar a ningún sitio, es una Frances ha con 20 años más y unos cuantos millones en la cuenta corriente, aunque estén evadidos en paraisos fiscales. Heredera de un "reino" perdido, descreida de su condición de noble por razón de sangre pero sin renunciar a sus privilegios , consciente de que parte de su riqueza proviene de la explotación y de las connivencias políticas de su padre acabada la segunda guerra mundial, ese castillo, como el del mundo del Conde de Salina en El Gatopardo, refleja el fin de un mundo, el fin de una saga, el último refugio familiar en el sentido de estirpe, a sabiendas del desprecio que generan a su alrededor.


 

El personaje de Valeria siente el vértigo del paso del tiempo, cuanto más te adentras en la década de los 40 más balances empiezas a hacer y más agujeros encuentras en tu inestable emocionalidad, lo que no has hecho ya no lo vas a hacer, lo que has perdido no lo vas a recuperar, demasiado pronto para rendirse y demasiado tarde para revolucionarse, quieres desprenderte de lo pasado pero te aferras a él como algo valioso, has cumplido una edad donde hasta tus padres serán capaces de perderte el respeto o, simplemente, de hablarte sin tapujos. El tono cómico de la pelicula no oculta su inevitable fondo dramático, de hecho la vida es una serie de días insulsos remarcados por momentos alegres, otros prometedores y algunos, muchos más, decepcionantes o frustrantes, y en eso se resumen las idas y venidas de Valeria entre Paris, el castillo cercano a Turín, su viaje desesperado a Nápoles.......



 

 
Para Valeria el último objetivo importante que le queda es ser madre, como aquel personaje de la serie de televisión Ally Mc Beal, a ser posible manteniendo una pareja estable, pero si no, ésta última no es necesaria (divertidísima situación en la clínica de fertilización). Tras pernoctar en un monasterio, en demostración de esa falta de proyecto, mezclando lo sagrado y lo profano sin mucho sentido, huyendo casi a la carrera del lugar para volver a la civilización y obligada a postrarse por uno de los monjes, se produce un encuentro fortuito en un bosque de los alrededores con el personaje que encarna Louis Garrel, haciendo casi de si mismo (bueno, siempre hace de si mismo porque siempre tiene el mismo gesto, el mismo rictus, la misma (des)expresividad).


 

En la historia entra así el aspecto sentimental, la necesidad de Valeria de tener pareja con un fín, quedarse embarazada (tu ya tienes 44 años le dice la madre dando por hecho que no será abuela por esa parte pero que su cuñada está a tiempo porque ella si es joven"), así que en la insistencia de Louis por emparejarse con Valeria (parece que hay una base de realidad en la historia) se advierte la imposibilidad de futuro ante las diferentes formas de ser y enfrentarse a la vida. Valeria es una niña rica y consentida, a la que nunca ha faltado de nada, con servicio, chófer, criados, y aunque se la ve sencilla, vive en la relajación de no tener que trabajar para vivir. Louis es actor (por cierto, la primera aparición interpretando una escena de suicidio puede ser cómica pero hasta podría ser una venganza de la propia Valeria) pero está harto de interpretar y ser dirigido por su padre (en la ficción, pero en la realidad también se ha convertido en el actor de cámara de Philippe Garrel). El hermano de Valeria representa el espíritu de la saga, intenta mantener el símbolo del título negándose a vender un  cuadro de Brueghel y a permitir las visitas de turistas al castillo, representa el fin porque sabe que después de él ya no vendrá nadie y el patrimonio se deshará para hacer frente a las sanciones de Hacienda por ocultar su riquezaen Italia y en Suiza ("qué manía de pagarnos en francos suizos" dice uno de los miembros del servicio). El hermano, que mantiene una relación potencialmente incestuosa con la hermana, está enfermo de sida y sabe que va a morir pronto, pero ello no le hace perder su interés por la propiedad y el nombre de la familia, sabiéndose moribundo reemplazará el viejo castaño centenario del castillo, si para Valeria su objetivo es ser madre, para el hermano es el de mantener el nombre de la familia.


 

 
La relajación y la tranquilidad se consigue en el castillo, éste obtiene la condición de refugio, de imperio inconquistable para los demás, entre las paredes del castillo, en sus celdas, en sus escaleras, la vida retoma la despreocupación de la infancia y la juventud, allí hablan italiano con naturalidad, se sienten libres porque se encuentran en su espacio, fuera todo es peligro y amenaza.


 

El horror vacui de Valeria llevará a ésta a caer en el ridículo continuamente, el ridículo y en el descontrol de su frustración, el ataque de histeria en la clínica de fertilidad viene acompañado de otros en una tienda, a la puerta de su casa porque no encuentra las llaves y nadie le abre, y a la desesperación de recurrir a santerías populares yendo a Nápoles para sentarse en un sillón "milagroso" de un convento donde las mujeres quedan embarazadas, mezclando de nuevo drama y comedia, predominando ésta en un contexto de absoluta desesperación, tras un diálogo hilarante con la monja que decide si las mujeres que quieren entrar son "adecuadas" o no desde la moral católica, ante la negativa que recibe actuará por las bravas, enfrentándose a cuanta monja se ponga en su camino para alcanzar su objetivo, una desesperación que la hace recaer en un flirteo de juventud cuando quiso ser actriz, volviéndose a acostar con el director de aquella primera e inacabada película, que no es otro que el padre en la ficción de Louis Garrel.



No desaprovecha Valeria para disparar con bala contra sus orígenes, para reirse de la falta de educación del que se cree poderoso por su dinero y nombre, para combatir los dogmas religiosos sin sentido (el funeral del hermano quita los velos de hipocresía que reúne el discurso del cura), cerrando la historia la caída del viejo árbol, el árbol como símbolo de una dinastía inexistente, cerrada la fábrica, muerto el heredero, vendido el cuadro, caído el árbol y abierto el castillo nada queda a salvo, solamente el proyecto de amor, en un salto hacia delante con el que finaliza la película, un salto que te puede llevar a la cumbre o hacerte caer en el vacío, pero si no hay riesgo la vida se torna aburrida.

lunes, 26 de mayo de 2014

DOM HEMINGWAY (Richard Shephard, 2013)



 

Hay películas de actores, películas sin actores y algunas hechas para un actor, y ésta es el ejemplo perfecto del papel perfecto para un actor resultando bastante indiferente el resultado final porque asistes a la proyección con agrado, con una mueca de ironía y con alguna carcajada incluso. Hay circunstancias curiosas en el cine, como el que una “mamada” arranque la película Dom Hemingway durante un largo plano en el que Jude Law queda caracterizado en tres minutos, del mismo modo que una “mamada” en el último artefacto de Ferrara define a la perfección la personalidad de Deveraux (alias de DSK, no diré el nombre, que anda el tipo enfadado y no es cuestión de permitir desahogos de los poderosos con pobres mortales).




 

Dom(ingo) Hemingway ( raro nombre para un británico) es un hampón, un ser pagado de si mismo que encierra un peso que le lastra, sacrificó a su familia por mantener vivo el código del hampa, cargar con culpas ajenas para no convertirse en un soplón. De esa manera habrá consumido 12 años de su vida entre rejas mientras Iván se enriquecía gracias a su sacrificio, su mujer moría de cáncer previa relación sentimental con un amigo de Dom y su hija (la Danerys Targarien de Juego de tronos) repudia a ese padre que la abandonó por un código de honor egoísta y simple.




 

Así que Dom es un personaje claramente shakespereano, como un Rosencratz y Guilderstein de los bajos fondos londinenses, como un Falstaff antes de alcanzar la vejez, un drama con tintes cómicos, donde lo que parece el cobro de las deudas del pasado y un giro de la fortuna deviene, por un anunciado e hilarante accidente de automóvil, en la caída en el fango nuevamente cuando desaparece el millón de libras con el que el capo (Demian Bichir) recompensa a su escudero por no haberle delatado. Dom tiene un problema de control de impulsos que, a duras penas, intenta mitigar su amigo a la carrera (espléndido Richard Grant, como un british mode salido de los 70), su ira sale a la luz previa manifestación verbal en la que, como en la escena inicial, sus palabras se declaman más que se expresan, se recitan más que se verbalizan, para dar paso a la violencia física, salvo que la diana de su acerada y descarada lengua sea el jefe, pues aunque incluso para éste hay cosas que decir, no comete el error final de agredirle porque sabe que eso sería una ejecución inminente.




 

La película se compone de cuatro, cinco escenas, a lo sumo, largas escenas de situación donde Dom intenta recuperar parte del tiempo perdido, tanto en su vida personal como en su vida “profesional”, como no puede ser menos en este tipo de cine de perdedores simpáticos, la puerta abierta a la esperanza ha de prevalecer, ya nos hemos reido bastante de y con Dom a lo largo de la película como para machacarle al final. Sería como una versión “familiar” del cine de Guy Ritchie, sin sangre y con violencia de mano y no de pistola. Viendo a Jude Law uno se imagina el mundo suburbano de “Mona Lisa”, se imagina a Michael Caine haciendo este tipo de papeles canallas que también se le daban, no son malas referencias creo.





 

Como la exacerbación del personaje debe tener un momento de reposo, los guionistas se ponen “babosetes” con el tema familiar, Dom sólo recapacita cuando piensa en cómo recuperar a su hija, hija que, además, ha sido madre, nieto que, desde el primer momento, se siente atraído por ese cuarentón avanzado, egoísta, maleducado, malencarado y doliente. El final está servido, pero hasta entonces habremos asistido a un “Deconstruyendo a Jude Law” completamente antimítico, Jude Law se somete a un exorcismo para demostrar que, siendo buen actor, además puede interpretar papeles groseros, zafios, violentos y ocupar la pantalla durante hora y media en exclusiva. El aparato es por, para y sobre todo, Jude Law, no es poca cosa si se sale airoso, y como metamorfosis del chico bueno, dulce, apocado, el yerno perfecto, no queda nada mal, otros, por ejemplo Hugh Grant, lo intentaron y no lo consiguieron, dar de canalla creíble en pantalla y caer simpático no es nada fácil.