lunes, 22 de diciembre de 2014

THREE GODFATHERS (Tres padrinos, John Ford, 1948)


 
THREE GODFATHERS (Tres padrinos, John Ford, 1948)
 
 


Cuando las casualidades se juntan terminas escribiendo sobre la navidad aunque no quisieras. Ayer no entraba en mis cálculos volver a ver “Tres padrinos”, simplemente cuando tienes ganas de ver cine y no terminas de decidirte entre media docena de historias no está nunca de más tener a mano a Mr. Ford, alguien que hasta en lo más simple consigue tocar el corazón con sencillas y humanistas películas. La casualidad quiere que, como a los protagonistas de esta fábula religiosa y redentora, me sorprenda viendo una película del oeste de temática completamente navideña, y me dije, debe ser una señal para ambientar una crónica en una época del año alejada de mi espíritu deudor de Dickens y de su fantasma navideño.
 


“Se levanta la sesión y se abre el bar”, ¿quién puede rebelarse ante esta proclama judicial? esa simple frase y esa escena con un juez repantingado, deseoso de darle a la frasca del whisky y de hacer justicia popular, remonta cualquier exceso de buenismo, de hecho la historia no pretende sino lanzar un mensaje moral, puede que no fuera necesario acudir a la biblia cada poco tiempo, ni que una estrella rutilante ilumine el cielo en las noches tan prodigiosamente rodadas siempre por Ford en su cine. Ya nos habíamos dado cuenta de que estos tres reyes magos paganos van a reproducir una especie de huida a Egipto que les va a redimir, que este sheriff llamado B.Sweet hará de sucedáneo de un Herodes o cónsul romano entablando una partida de ajedrez con Robert Hightower (John Wayne) en el desierto de Arizona, unos para tratar de apresar al trío de atracadores de bancos y los otros intentando conseguir pasar a Méjico engañando al Marshall, con el hándicap de moverse prácticamente sin agua y llegando siempre después que Sweet (Ward Bond) a los depósitos de la línea de ferrocarril.
 
 


La trama se complicará para nuestro trío de vividores cuando en mitad del desierto, en un pozo cegado por un pionero novato, se encuentren con una mujer a punto de dar a luz (Mildred Natwick) teniendo que asumir los ladrones el papel de padrinos impuesto por la madre moribunda, que llevarán a cabo hasta las últimas consecuencias. Esa carreta del desierto, como un portal de Belén sin buey ni mula, esos cactus como maná caído del cielo para mantener a los hombres vivos lo suficiente como para intentar la proeza de atravesar el desierto de sal y poder alimentar al recién nacido, ese halo místico que envuelve la película desde el momento en que los forajidos, de por sí humanos, cercanos, simpáticos, cambian el rol de fugitivos a encargados de una misión que les conduce en dirección contraria a la libertad, les conduce hacia un New Jerusalén que equivale a ser apresados pero que implica la salvación del niño.
 
 


Intentando la salvación se redimen, consiguiéndola toda su vida anterior queda anulada de un plumazo y la sociedad cambia de parecer sobre lo que harían con los asalta- bancos. De villano a héroe, Robert Hightower, realmente llamado Robert Marmaduke, puede asumir con orgullo el peso de la ley, por una vez sabe que ha hecho lo correcto, ha salvado una vida, ha sabido colocar algo por encima de su propio interés, y además, tendrá la fuerza suficiente como para luchar por la custodia del menor. Son los minutos de película en los que ésta culmina los que revelan la verdadera raza de John Ford como cineasta, los que le entroncan con La diligencia, con El hombre que mató a Liberty Valance, los que demuestran cómo Ford cree en el género humano y cómo, en un momento dado, cualquiera es capaz de una buena acción y digno de ser perdonado, el rigor de la ley sin sentido no deja de ser una injusticia, y lo sufrimos a diario. Siendo un tipo que presumía de ser de derechas, y muy de derechas, manifestaba en sus películas mucha más esperanza en el género humano, en la reinserción social que muchos progres de salón e izquierdistas de carnet. Su cine ha sido socialmente comprometido, sus protagonistas son pioneros, gente acostumbrada a tener que solucionar sus problemas en solitario, un ejemplo de liberalismo a ultranza, y sin embargo, las comunidades retratadas muestran una cohesión social y un compromiso que ya nos gustaría en las modernas sociedades del bienestar occidental.
 
 


Ford sigue cabalgando en el tiempo, su cine sigue vivo, obviando diálogos o escenas coyunturales, sus temas son universales y comprensibles. Que sitúe la acción días antes de nochebuena sirve como parábola, como metáfora, como fábula, como cuento moral, no sería tan necesario ser tan expreso en la referencia religiosa, pero la sociedad americana es religiosa y las fechas también lo son aunque nos empeñemos en representarlas como fiesta de consumo. El cine de Ford es un cine de esencia, la esencia de lo religioso y lo navideño, aquello que a muchos nos repele suele ser por partida doble, por lo que representa en si la fiesta y por lo que se ha convertido, Ford retrata lo que la fiesta era, y ahí no hay objeción alguna que hacer, cuando alguien viene de frente y no esconde sus cartas una iluminación de un rostro entre otros dos en penumbra no ocasiona malas interpretaciones, alguien ha sido “iluminado” por la biblia, pero no puede molestar, porque la imagen es bella y certera.
 
 
 


Robert William Pedro es el nombre del niño, el nombre de los tres padrinos, tres padrinos derrotados en su huida por el ingenio del sheriff y por el progreso, los trenes de Ford, como los trenes de Ozu, representan un cambio, la metamorfosis de un mundo que apenas estaba empezando, los trenes incluso no van a ninguna parte y se limitan a hacer recorridos circulares y a acumular retraso, pero pese a ello, acortan las distancias, hacen el desierto más accesible, llevan una civilización que, en ocasiones, viene acompañada de la barbarie, como la de estos tres cuatreros llamados por los cantos de sirena de los nuevos bancos instalados en la zona desde la existencia del ferrocarril. Trenes que surcan llanuras inacabables, una estela de humo en el horizonte que no para ni en medio de una tormenta de arena, el hombre ha decidido subirse al tren para llegar antes a donde sea, incluso a la cárcel. Cuanto antes llegues, antes regresarás Robert, encima una bella muchacha te va a esperar, de eterno fugitivo a ciudadano ejemplar y admirado, no me digas que John Ford no te hizo un gran regalo.