domingo, 28 de diciembre de 2014

MR. TURNER (Mike Leigh, 2014)


 
MR. TURNER (Mike Leigh, 2014) Calificación: 6
 


Si empiezo glosando una película por una de sus partes resulta que estoy reconociendo la descompensación del conjunto, y es lo que me pasa con esta especie de biopic decimonónico del gran paisajista británico Turner, que el peso de la fotografía es tan abrumador que parecería que el ingenio del cineasta se ha agotado en la forma de pensar cómo retratar en imágenes cinematográficas el excelso toque personal de la pintura, y ese agotamiento se ha traducido en un desequilibrio entre forma y contenido. Lo excelso del arte pictórico ha transformado en pacotilla la vida del artista, o quizás, lo importante esté en las telas y no en las imágenes cinematográficas. “Turner es un hombre muy poco interesante sobre el que escribir” dijo el historiador del arte Finberg en los años 30, y llevando la contraria a Leigh, su película me transmite el mismo sentimiento.
 
 
 


Recuerdo con intenso agradecimiento la sorpresa que me supuso en mi juventud asistir en una Seminci a la proyección de “High hopes”, y desde entonces he intentado seguir la carrera de Leigh como retratista de un cine social alejado de las luchas laborales de un Loach o del primer Frears, pero cercano a esa clase social que linda con la catástrofe y sobrevive de las migajas inmersos en procesos de destrucción personal y familiar en medio del torbellino de un capitalismo salvaje desatado. Que Leigh haya decidido rodar un “biopic” sonaba a reto personal, a admiración por el artista, al deseo de reflejar en imágenes el impacto visual de uno de los grandes de la pintura, y acudo a la proyección pensando que no puede tratarse de un retrato convencional más de aquellos inmortales que han poblado la historia del arte, y sin embargo, aislada la factura personal estética, el relato se me derrumba lleno de convencionalismo, apoyado en exceso en episodios de la vida madura del pintor que no me parecen interesantes para conocer el porqué de su pintura.
 
 
 


Los títulos iniciales avivan mi esperanza de ver algo diferente, esa difusa nube de humo o de color blanco que se mueve libremente por la pantalla me quiere decir que la personalidad de Turner no es una línea recta, que sus sombras y luces son un signo más de su locura creativa, pero la primera escena ya me recuerda al resto de películas con centro de su historia en la vida de un pintor, ya se que Turner observaba la naturaleza para recrear sus cuadros, pero lo que su mano pintaba no es lo que nuestro ojo ve, y esa diferencia entre un arte realista y ese toque preimpresionista de sus cuadros es lo que me hubiera gustado conocer, algo que la película no me ofrece y en la que abunda el retrato hosco, huraño, maleducado, desaseado, absolutista del pintor. Pensé que Leigh transportaría a la película no sólo el porqué creativo, o la manera de pintar, si es que esto alguien lo sabe, sino el porqué de la forma, del color, de lo difuso.
 
 
 


Se nos da un personaje hecho y derecho, y así hay que aceptarlo, si su persona era un autista emocional alejado de su exesposa y de sus hijas, ahí está, si usaba y abusaba de su empleada doméstica o se trata de una licencia creativa, justifiquemos el porqué, ahondemos en su personalidad, si era denostado por el “stablishment” y el público no reconocía sus obras (es el tono general de la película) intentemos comprender porqué lega su obra al pueblo británico y no encontramos cómo hacerlo, si su máximo valedor es un relamido y resabiado jovencito que corresponde con un crítico real de arte que ensalzo siempre el genio de Turner, en la película queda en evidencia ser elogiado por un cursi elitista ¿o Leigh no quería contarnos nada de esto y solo buscaba que compartiéramos la mirada del artista? Labor ardua y complicada, dos horas y media de miradas estéticas son un duro y complejo reto cuando la historia se va reflejando en cuadros por los que circulan los personajes, el propio Turner permanece en ocasiones fuera de campo, oyendo, mirando, sintiendo, pero su animalidad gestual, su primitivismo, su obsesión por la luz y el agua y el efecto de la luz en el agua no me alcanza, no me siento emocionado por el reto ni por el personaje.

 

 
La película me resulta ajena, muy lejana, una sucesión de episodios de la vida del artista que no me explican su personalidad, sólo la muestran, ni su porqué de crear así, estamos ante un genio porque sí, un genio hecho, un relato convencional que se sostiene por la impecable labor de fotografía de Dick Pope, un habitual en las películas de Leigh, una película donde la luz y la sombra no congenian, quedando un poso amargo de tiempo dilatado e innecesario en el que las sombras las terminan produciendo unos párpados semicerrados por el hastío pese a la sucesión de cuadros en imágenes en movimiento, aunque sean maravillosas como esa recreación del “Temerario remolcado a su último atraque para el desguace”.