domingo, 21 de diciembre de 2014

LAS ALTAS PRESIONES (Ángel Santos, 2014)


 
LAS ALTAS PRESIONES (Ángel Santos, 2014). Calificación: 7
 


Las altas presiones atmosféricas pueden producir nubes de evolución diurna que terminan en tormenta, las altas presiones fisiológicas tienen efectos secundarios de negativas conclusiones a largo plazo. Las altas presiones a las que está sometido Miguel (Andrés Gertrudix) provocan reacciones puntuales próximas a la desesperación, a la melancolía, a la frustración, a la depresión. Llegado el anticiclón y la calma atmosférica parece que nada puede evolucionar, que nada va a cambiar, que esa estabilidad es inmutable y cada uno va a quedarse en el inamovible lugar en el que la paz atmosférica le ha colocado, sea bueno, regular o insufrible, como el de nuestro protagonista.
 

 
 

Uno de los mejores logros de esta película es su actor protagonista, Andrés Gertrudix, quien este año, con tres películas notables en exhibición, desde la sobresaliente 10000 noches en ningún lugar, hasta ésta más que notable Las altas presiones, va conformando unos papeles que surgen amparados en su físico de aparente fragilidad, y aprovechando esa apariencia de desvalimiento, su aire melancólico, apático, desgarradamente ausente de esperanzas, actor y personaje alcanzan un muy estimable grado de simbiosis que refuerza a las películas en las que actúa.
 


Un pero a señalar en esta película es su, creo, dilatada extensión, no llega a hora y media el reto, pero pienso que una poda nada traumática hubiera conseguido un relato más armónico, menos decadente en intensidad, menos reiterativo y obvio, más compensado entre efecto y resultado, seguimos durante casi 90 minutos a un personaje que no cree en sí mismo, a quien le suponemos una historia sentimental desastrosa en un pasado pasado y en otro muy reciente, comprendemos que su vuelta a la provincia de Pontevedra como localizador de exteriores para un proyecto cinematográfico de otro no es sino una excusa, un intento de alcanzar el último tren, reencontrarse en un espacio reconocible que, quizás, le proporcione lo que en el fondo quiere y necesita, alguien que le quiera.


El cuadro “La cama” de Toulouse Lautrec pesa como una losa sobre la psicología y el estado de ánimo de Miguel, sus miradas, en la habitación desnuda y solitaria a esa pareja que duerme apaciblemente, relajada, en estado de armonía, placenteramente unidos en el espacio confortable de una cama que mantiene encendida la pasión, es el preámbulo necesario de lo que Miguel necesita, la segunda parte del cuadro, “El beso”, donde la misma pareja, en el mismo espacio, se besa apasionadamente. A Miguel le faltan las dos cosas, las quiere, pero no sabe si buscarlas, no sabe con quién buscarlas, no sabe si quiere encontrarlas, lo que le rodea le hace intuir que ése no sería un mal comienzo para una nueva vida.
 
 


Cuando uno pierde la confianza en sí mismo nada de lo que haga o pretenda hacer va a provocar satisfacción, cualquier reacción es posible en un espacio de olla a presión interior, desde permanecer tumbado en una cama horas y horas hasta a liarse a destruir objetos inservibles y abandonados. El paisaje exterior que Miguel visita en las horas que dedica a localizar espacios se corresponde con el paisaje interior del propio personaje, factorías abandonadas, producciones tiradas, espacios una vez bulliciosos y hoy arruinados y devorados por la crisis. Esa crisis que asola el país también destruye personas, la mayoría por efecto encadenado de despidos, reducciones, jornadas agotadoras, otros, como Miguel, ajeno a proyectos, arruinado por su propia carga vital, por un pasado que ejerce como un lastre demoledor y que le impide remontar vuelo porque ha perdido la confianza en si mismo si alguna vez la tuvo.


“Estoy herido”, le dirá Miguel a la doctora, y es cierto, la herida física es visible, pero la dura, la profunda, la difícil de curar, es la emocional, la que lleva al personaje de un lugar a otro sin un rumbo definido, buscando un puerto seguro en brazos de la mujer, pero a destiempo. Consciente de sus errores, la vuelta a Pontevedra no es una vuelta al origen, como si nada hubiera pasado, las mujeres del pasado que atraviesan la historia llegan muy pronto, o muy tarde, o cuando ya todo es irrecuperable. Es algo que todos sabemos, que el pasado permanece y no se puede borrar lo malo para pretender recuperar lo bueno, o lo que creíamos bueno, de hecho, casi siempre del pasado termina triunfando y volviendo aquello que nos ha ido derruyendo poco a poco, como a Miguel, como al paisaje industrial de Pontevedra, esas altas presiones que colocan al personaje en una tierra de nadie de difícil escapatoria.
 
 


La mirada de Miguel, siempre mirando, como en una búsqueda imposible, en el fondo es la mirada del cineasta que trabaja para una película que no es la suya, pero que al rodar exteriores o situaciones de la vida diaria que comparte esos días en Galicia es como si estuviera rodando la crónica de su propio fracaso, sus miradas a las parejas con las que comparte espacio, ese derrumbe que le supone enfrentarse a la felicidad de los otros, o lo que él cree la felicidad, es como si, en el fondo, sus localizaciones no fueran más que un diario fílmico del fracaso, sus imágenes quedan vacías de relaciones humanas personales, cuando filma a la chica ella aparecerá sola en el plano, el deseo insatisfecho, el deseo inalcanzable, o simplemente, la cobardía a la hora de enfrentarse a lo que se quiere invadido por miedos y complejos, contaminado por el recuerdo del pasado.


Anclado en esa edad del desconsuelo actual, la que ha superado los 30 y ve lejanos los 40, los que se creen muy jóvenes pero para los que el  tiempo va acabando, donde los proyectos y las ilusiones van cayendo como un castillo de naipes y la vida se transforma en una ruleta que gira y gira para terminar llegando a ninguna parte, o al sitio del principio, que es tanto como decir que no hemos ido a ningún lugar, ese mundo que gira, en el que la juventud parece moverse pero todos permanecen anclados al lugar, como la escena del doble travelling circular consecutivo.
 


La vida de Miguel estos días oscila desde el “llegas demasiado tarde” al “vas demasiado deprisa”, de quien no confía en si mismo hasta quien decide romper y jugar la última carta en plan héroe romántico, aunque al final quedará la pregunta “¿y ahora qué?”, “no lo se”, eso es lo que ocurre, que ni Miguel ni Paula controlan muy bien ni su vida ni su futuro, pero ¿es que es controlable?, ¿no confundiremos control con aburrimiento?