jueves, 20 de noviembre de 2014

WINTER SLEEP (Nuri Bilge Ceylan, 2014)



 
WINTER SLEEP (Nuri Bilge Ceylan, 2014)

 Palma de Oro 2014

 

Resulta muy complicado intentar hacer un comentario sobre esta película, cuando el reto artístico e intelectual es de tal envergadura uno siente demasiado temor a hacer el ridículo con los lugares comunes, a repetir lo del “ambiente chejoviano”, el tiempo que nada cura y la niebla que todo lo difumina. El inicio de la película nos anuncia un viaje al interior de la mente, el principal protagonista (Haluk Bilginer) Aydin, mira de espaldas a través de un cristal empañado por el frío, vemos su espalda, casi permanentemente cubierta por un abrigo, ese frío que se percibe en el ambiente pero que emana de todos los personajes que van apareciendo. Esa espalda se nos va aproximando mientras la cámara se acerca, hasta que la cabeza ocupa la totalidad del plano y se hace la oscuridad, estamos en el interior de la cabeza de Aydin  y empieza el viaje.
 


Si hay Chejov o no por medio no puedo discutirlo, me falta conocimiento sobre la obra del escritor como para poder afirmar que la película retrata ese ambiente, pero si en la acreditación de la película se refiere la libertad en la adaptación de tres textos del narrador ruso será porque el director se sintió interesado en reflejar en imágenes la potente personalidad de los personajes literarios. Lo que si se, influencia literaria o no aparte, es que la película es todo un torrente de información que desnuda progresivamente a los personajes, tornándoles más humanos cuanto más sabemos, humanidad no equivalente a bonhomía o a posesión de valores envidiables. La película dura  3 horas y cuarto, puede que si hubiera durado dos horas el resultado fuera similar, pero cuando las luces de la sala se encienden piensas que si hubiera seguido otra hora más no te hubiera importado seguir conociendo las motivaciones de cada uno de ellos.
 
 


Aydin es un exponente de una clase media acomodada turca, occidentalizada, culta, que acepta las influencias turca y occidental para sacar conclusiones personales. Lector infatigable, melómano, actor retirado, amante del arte, del paisaje y refugiado en su Capadocia natal, anclado a un hotel poco próspero en invierno rotulado con el nombre de “Otelo” e inadaptado a las formas de comportamiento ancestrales de los habitantes de la zona, asqueado por la sonrisa frontal y la puñalada por la espalda, sus días transitan hacia el final compartiendo espacio con una hermana visible y una esposa invisible, y es esa invisibilidad inicial la que nos plantea uno de los primeros interrogantes, ¿qué ha pasado en ese matrimonio?.
 
 


Aydin destila un aire de superioridad moral hacia sus semejantes que no obedece a la realidad, ese papel de cronista local, escribiendo columnas semanales como guía de opinión, que uno sospecha que casi nadie lee y en las que ataca frontalmente lo que considera retrógrado, peligroso, ajeno a la esencia de la región, aprovechando ese aúrea autoimpuesta por haber sido actor y haber vivido en Estambul, demostrando su incapacidad de hablar y usar el escrito como refugio. Como aquellos que sólo rumian los asuntos en su cabeza y son incapaces de enfrentarse a la palabra cara a cara, sus colaboraciones semanales no dejan de ser aluviones de moralidad hipócrita.
 
 


Una piedra, como ese dicho que mantiene que el batir de unas alas de mariposa puede provocar un terremoto al otro lado del planeta, desencadena toda una sucesión de situaciones cortantes, violentas, ofensivas, conversaciones donde los demonios personales van aflorando y demostrando que Aydin es más digno de reproche que de admiración. En el fondo, Aydin lamenta una libertad perdida por la que no puede culpar a nadie, envidia a ese profesor capaz de encontrar un sentido a una existencia entregada aunque termine humillándolo, envidia a los visitantes de su hotel, que se emocionan con nuevas experiencias, o que son tan libres como para no saber cuándo van a marcharse o hacia dónde van en su siguiente etapa, y le reconforta saber que en su entorno, la gente sufre y se siente tan prisionera como él. Aydin es prisionero, no del espacio en el que se encuentra, sino de si mismo y de sus errores, no es Capadocia la que le asfixia, en el mismo Estambul sentiría la misma opresión e insatisfacción, es su egoísmo personal, su falta de empatía con el resto de seres humanos que le rodean, su afán por ridiculizar las iniciativas de sus conocidos la que provocan esa sensación de ruina moral. Esa piedra vuela a la ventanilla del coche de Aydin lanzada por el hijo de un arrendatario, las razones no se circunscriben a la simple reclamación del pago de las rentas, sino a las formas como se han pedido, esas formas que hacen sentir al deudor como ofendido y humillado en su pobreza frente al bienestar material de Aydin.
 
 


La violencia está presente en toda la película, pero solo verbal, Aydin solo respeta a su empleado, aunque no deje de ser empleado y mantenga la distancia con él, y a un viejo amigo con el que conversa sin sobresaltos, sin dobles intenciones, sin buscarse las vueltas y sin intención de dominarle o vencerle argumentalmente. El resto de situaciones entre Aydin y los arrendatarios, Aydin con su mujer, con su hermana, con los miembros de la junta que trata de ayudar económicamente a las escuelas de la zona, terminan en catástrofe, en retos verbales donde salen muchas miserias a la luz, donde Aydin interpreta, actúa, utiliza la palabra que tanto le cuesta en su vida diaria con las personas que le acompañan, saca a flote esas dotes que le permitieron actuar para ofrecer una personalidad diferente a la huraña, taciturna y huidiza que presenta continuamente, pero mutando ese carácter por una agresividad verbal que hiere más que un arma sin levantar la voz, asume los roles de los personajes de Shakespeare para suplir su propia cobardía al ser incapaz de decir por sus propias palabras lo que siente.
 
 


Junto al personaje de Aydin, dos personajes femeninos tienen especial relevancia en la trama, la hermana y la esposa del actor retirado. Necla es la hermana, el personaje que parece tener más cercanía con el protagonista, el único que demuestra interés por permanecer junto al hermano situándose cerca de él e invadiendo sus refugios de intimidad, el personaje que “parece”, porque esa apariencia se desvela en todo su resentimiento cuando corresponde, contra el hermano y previamente contra su propia cuñada. Y Nihal, la esposa bella, joven, delicada y elegante, cuya vida se adormece al ritmo de un enclaustramiento del que sólo sale para intentar ser solidaria, esa solidaridad culpable del rico que busca una forma de reivindicarse socialmente y depurar la culpa de una vida sin problemas materiales. Una vida vacía, sin argumentos propios que le den significado, alejada de su marido por una barrera indestructible que solo les permite compartir un mínimo espacio pero sin convivencia. Fagocitada por Aydin, Nihal carece de vida propia y lo único que exige es que Aydin no interfiera en el mínimo resquicio de libertad que le queda, no habiendo nada que compartir que, al menos, su todavía marido, no termine de destruir lo poco que le queda para seguir de pie. Nihal también permanecerá horas mirando por ventanas hacia la nada. Otra prisionera de si misma que sabe que el problema no es vivir en Capadocia, sino ella misma, anulada, vacía, algo que los lugares no son capaces de rellenar.



 
 
 

No obstante Aydin es incapaz de evitar interferir en la poca vida personal de su mujer, para ello, comprobada la debilidad de ella y su anulación, sólo le queda una última jugada aprovechada de nuevo utilizando sus dotes de actor. Cuando Aydin es puesto en entredicho por su falta de solidaridad y de compromiso humanitario, su respuesta es demoledora haciendo uso de Shakespeare, la compasión es el refugio de los cobardes y todas las mañanas me levanto pensando en grandes ideas y cuando me acuesto no he hecho nada, Aydin no es compasivo pero si es consciente de su fracaso cotidiano, todas esas grandes ideas de intelectual no son nada porque ni producen resultados ni dejan de ser una excusa moral para enfrentarse al páramo yermo de su existencia, él es consciente de su fracaso, pero al aplicarlo a su interlocutor consigue destrozar su escasa presencia al ponerle frente a frente con su propio fracaso.
 
 


“Winter sleep” es una película hablada, dialogada, donde los espacios muertos no existen, ni hay exceso de contemplación. O al menos la visión de la película no da pie a pensar que asistimos a una exposición de bellos fotogramas de un crudo invierno, fundamentalmente en dúos, y a veces en tríos, los diálogos se suceden, largos diálogos que sobrepasan el cuarto de hora, en habitaciones oscuras, con personas abrigadas y calentadas al calor del fuego de estufas y chimeneas, como si ese frío que todo lo rodea necesitara un calentamiento previo para que los personajes puedan dar rienda suelta a sus frustraciones, con réplicas y contrarréplicas donde ninguno de los actores predomina sobre el otro, ni ninguno suele ganar o convencer porque las razones de todos ellos son poderosas, aunque quizá, al aparecer Aydin como un representante de la moralidad ciudadana, cuando utiliza su tribuna para ajustar cuentas personales, todo aquello que nos dice nos empieza a sonar a hueco y falsario. Aydin tiene la facultad de destrozar todo lo que toca, su vida y la de los demás, no hay resquicios para redenciones puritanas, Aydin lo sabe y sólo se conforma con un status quo que le permita estar cerca de Nihal, escasa cosecha, pero ese autismo emocional que le impide contar cosas y sincerarse con quienes le rodean, no le permite ninguna otra opción, aunque los sufrimientos de quienes le rodean tampoco sería justo achacárselos a Aydin, él tiene su parte de culpa, pero los demás tampoco se ayudan demasiado a si mismos para superarlos. En el fondo, el frío exterior ha penetrado de tal manera en todos ellos que cada uno ha de soportar el peso de su indiferencia. Personajes en ruinas deambulando entre las ruinas en pie de edificaciones semiabandonadas a su suerte, no parece haber futuro en la zona ni en la vida de nuestros personajes, azotados por un frío más duro que el del clima, el de sus corazones grises a fuerza de tanto sufrimiento.
 
 


Hay más personajes en la historia, la familia de arrendatarios cuya miserable existencia material tanto desagrada a Aydin cuando los conoce y que provoca el juego de la compasión como refugio de los cobardes, como un espejo en el que confrontar tanto idealismo de salón que la realidad no puede reparar. La condición de imán de uno de los residentes no mejora su condición moral, adulador, ladino, artificialmente cortés en sus formas externas pero con un amplio resentimiento por la ausencia de lo más mínimo para sobrevivir que revela su impostura cuando sabe que no es observado ni oído. La injusticia de quien todo lo tiene sin esfuerzo (Aydin por herencia, Nihal por casarse con Aydin) frente a quien el esfuerzo diario solo le produce  insatisfacción moral y el incremento del odio de clase. La familia arrendataria juega un papel motor de la acción al inicio y al final de la película, inicialmente para que Aydin se revele como realmente es y al final para que Nihal compruebe lo humillante de su oferta y la existencia de la dignidad de los nadies. “Quiero ser policía” dice el niño de la familia a la pregunta de Nihal, probablemente siente la injusticia tan cercana que la figura de un policía le parezca lo más reparador posible.
 
 

 
http://youtu.be/2Q2NPG0F5ko

Una de las grandes obras de 2014, un lujo estético y un lujo de contenido, un recorrido lleno de melancolía y de rabia, puntuado excelentemente con la música de la sonata nº 20 de Schubert.