lunes, 10 de noviembre de 2014

WE ARE WHAT WE ARE (Jim Mickle, 2013) BIG BAD WOLVES (A. Keshales-N.Papushado, 2013)



 
WE ARE WHAT WE ARE (Jim Mickle, 2013)- BIG BAD WOLVES  (A. Keshales-N.Papushado, 2013)

DE CINE NEGRO TRANSVERSAL.
 
 


Ambas películas mantienen puntos en común, una atmósfera envolvente, una historia de desapariciones, un relato criminal en ambientes de aparente normalidad, pero también una mezcla de géneros, el fantástico y el terror psicológico con emanaciones de integrismo religioso en “We are what we are”, el humor negro y la crítica política de un estado armado como Israel en “Big bad wolves”, y sobre todo, momentos intensos con verdaderos bajones de ritmo que hacen parecer a estas películas a esas tartas que, a fuerza de abrir la puerta del horno, no terminan de subir ni esponjarse.
 
 

“We are what we are” es un ejemplo claro de la nueva ola del cine de terror en el que, más allá de la casquería, el chorro de sangre, el asesino en serie implacable, lo importante es crear la atmosfera y extender la trama a aspectos secundarios que consiguen dar fuerza al conjunto lanzando ramificaciones que dan mayor entidad al relato. Así, en esta producción de 2013, la inminencia del golpe de hacha, de la evisceración, de la amputación, es sustituida por una aportación gradual de información que va formando una película capa a capa. La evolución de la historia conduce al ritual baño sangriento final, pero no será un final al uso, no habrá salvaciones de último suspiro a manos del héroe imbatible, el relato busca otras vías de escape, en el fondo el título responde a una traducción similar a “somos lo que somos”, y siendo como somos es difícil dejar de serlo.


 
La evolución de la historia, desde la muerte inicial de una madre desesperada, pasando por fases donde dudamos si nos encontramos con una secta, con un rito satánico, con, incluso, toda una comunidad partícipe del horror, deriva en un desarrollo del género fantástico de la mano de una maldición secular que hizo de esta familia lo que es y que les obliga, año tras año, desde 1780, a retroceder en el tiempo para recordar la hambruna de un invierno y cómo sobrevivieron a la misma, amparándose en una lectura sesgada e interesada de la Biblia. Pasando de la intriga al género fantástico, el desenlace es plenamente de cine de terror, aunque el desenlace no deje de tener su componente psicoanalítico. El conjunto, sin embargo, pierde fuelle en esa media hora final, por exagerado y, al tiempo, desesperado, desentona con el comedimiento de esta familia y su voluntad permanente de pasar inadvertida. Como si no se supiera terminar se opta por una solución “facilona” donde los buenos ganan aunque sea mostrando su lado animal y devastador. Remake de una película mejicana de 2010. ¿Se acuerdan de Kelly Mc Gillis? si, la amish que bailaba con Harrison Ford, qué duro es hacerse mayor. Y un rostro para recordar para el futuro, Ambyr Childers-
 
 
 

Por su parte “Big bad wolves” me parece una propuesta menos conseguida, pero con momentos espectacularmente brillantes. La historia de desaparición de niñas, brutalmente violadas y asesinadas cuenta con un inicio espléndido, onírico, roto bruscamente con un ejemplo claro de lo que sucede cuando pensamos que el estado de derecho es un obstáculo innecesario para localizar al asesino. Bordeando el humor negro permanentemente, los guiños a la difícil relación entre judíos y musulmanes, el origen de la violencia que supura por todas las costuras de la película enraizado en la esencia misma del estado de Israel y su permanente lucha que ha formado seres duros y despiadados, expertos en el manejo de la tortura, corre el riesgo de hacer perder el enfoque de la historia, cómo un policía escasamente respetuoso con la ley y un padre que ha perdido a su hija a manos de un pederasta psicópata intentan hacer confesar al sospechoso para que revele dónde enterró la cabeza de la menor, aunque para ello se cometan todo tipo de brutalidades. La película va desinflándose, alargándose innecesariamente y cayendo, una y otra vez, en el juego de mitigar lo crudo de la historia y el comportamiento de los tres protagonistas añadiendo innecesarios contrapuntos humorísticos, eso sí, el desenlace vale y compensa la espera, un final abierto que recuerda, sospechosamente, el diseño narrativo de la última película de Atom Egoyan “The captive”, aunque ésta goce de un empaque visual mucho mayor. Un final que viene a demostrar cómo, por más comprensible que sea la reacción de un ser dolido, usar cualquier atajo no produce sino desesperación, frustración y más dolor.