lunes, 17 de noviembre de 2014

VOCES DISTANTES (Terence Davies, 1988)


VOCES DISTANTES (Terence Davies)
 

Hay obras de arte que uno no sabe apreciar en su momento, que incluso eres capaz de abuchear y patear en un festival como si supieras algo de cine porque vas 2 ó 3 veces por semana, y claro, vista 25 años después, te das cuenta de lo cateto que fuiste, de lo desinformado que estabas, de lo lineal que era tu forma de ver cine y de lo limitado que estaba tu espíritu creyendo que sólo los Estados Unidos hacían gran cine.  Voces distantes dividida sabiamente en dos partes, la segunda con el subtítulo de “Vidas tranquilas” es el ejemplo del gran cine que Terence Davies es capaz de hacer con muy pocas cosas a su alcance y sin necesitar nada más que unos personajes, una sabia iluminación, una excelente fotografía y un uso acertado de la música. Una historia de drama y tragedia en el Reino Unido inmediatamente posterior a la segunda guerra mundial. Su cine es cine de personas y de épocas, más que de grandes ideales o epopeyas obreras, pero, sin embargo, en el reflejo con tintes autobiográficos de las películas de Davies, un fulgor en la mirada de una persona tras una tragedia revela tanto o más, que el discurso encendido de un obrero de las películas de Loach o Frears, o el cine de combate y resistencia del “free cinema” de los 70, porque se trata de supervivientes. Davies escruta la personalidad de sus personajes con la maestría de un cirujano reconocido, el simple tono de una voz es capaz de hacernos retroceder en la historia de una familia para imaginar el infierno de la violencia o de la crueldad. Voces distantes es el retrato de la familia Davies, parte real y parte ficticia, pero con anécdotas y vivencias propias del director. Como la vida, mezcla dramas y alegrías, pero el fondo de la historia es de extraordinaria dureza, con la “presencia ausente” del padre (un terrorífico Pete Postlethwaite) que marca imborrablemente el futuro de toda su familia con su recuerdo. Y los recuerdos que tienen  sus hijos de él son, abrumadoramente, terribles; palizas, castigos crueles, arrebatos de ira, imposiciones tiránicas, desprecios….. y no sabremos lo que cambió a ese hombre o le hizo especialmente cruel. En ese vaivén de escenas se mezclan las celebraciones familiares y los episodios violentos, las navidades donde el padre mira con orgullo y amor a sus hijos y las mismas navidades en las que arroja al suelo el banquete de celebración sin causa aparente para ordenar a su mujer que recoja la comida del suelo.  Sólo la hija Eileen añora realmente a la figura paterna “tu fuiste la única capaz de saber manejarle” le dice su hermana, Maisy, mientras esperan el coche fúnebre que ha de llevarse los restos del padre y cuando Eileen dice “Papa no era tan malo”, Maisy la paliza que recibió cuando pidió dinero para ir al baile, o cuando tras una paliza a la madre, y en un plano espectacular con la hija en la carbonera e iluminada por la trampilla en el techo, dirigiéndose a un dios que les tiene abandonados, le dice “te juro que le mato si le pasa algo a mamá”. Tampoco Tony guarda buen recuerdo del día en que su padre se negó a beber una cerveza con él, o cuando le impidió volver a casa diciéndole que no había sitio para él en esa casa siendo un niño y sin saber el porqué de esa reacción, aunque el padre reconozca en el lecho de muerte su error sin más palabras, “hijo, me equivoqué”.
 
 

La película fluye a través de escenas que van y vienen en el tiempo, bodas, bautizos, funeral, infancia, palizas, broncas, todo se mezcla y va construyendo un retrato preciso de esa familia, unos hijos que están deseando librarse de la tiranía paterna para, alguno de ellos casarse con un marido que representa lo mismo que su padre, o ver cómo sus amigas son tratadas como su madre en el matrimonio, o caer en trabajos de miseria que ponen en riesgo su salud y su vida, o ¿por qué no? tras una infancia despiadada y una adolescencia sometida, por fin ser recompensada con el amor y el respeto que nunca se tuvo.  El machismo de la sociedad inglesa, la omnipresente sombra de la religión católica como yugo más que como liberación, las ausencias en la casa y las presencias en la distancia, el indefectible paso del tiempo y la irremediable soledad de la vejez, porque al final, todos morimos solos, los recuerdos que se amontonan en las celebraciones y hacen llorar de pena, los buenos recuerdos que son borrados con las pesadillas que nos atormentan.  Todo ello bajo el retrato del padre colgado en el salón de la casa y con la única vida a la que trató con cariño siempre, su caballo.
 
 

Y la música, un director tan sensible y tan esteta como Davies sabe usar la música para que los actores cuenten su pasado y su presente mediante las canciones y sus letras, canciones populares o de Britten, canciones de películas o de Vaughan Williams, la fraternidad de la música en la taberna o en la familia, el hecho de cantar refuerza los lazos y revela todo lo que nos duele en la vida que llevamos, desde “Madre judía”, donde las hijas recuerdan el sufrimiento de su propia madre, llevado en silencio, hasta “En el frío invierno” poniendo el contrapunto dramático al momento de paz y reposo navideño o la canción que, llena de rabia, canta Eileen en la celebración del bautizo de su sobrino cuando dice “quiero estar allí para recoger tu corazón roto en pedazos por alguien el doble de lista que yo …. Como tú rompiste el mío” en presencia de su propio marido.
 
 

Y un canto al cine como escape y como lugar para no disimular las propias emociones en un ambiente de franca depresión personal, esa imagen de una multitud de paraguas, mojados por la lluvia, iluminados por una luz cenital que desciende de dos proyectores que se encuentran encima de dos carteleras de películas como si se trataran de ventanas ojivales con vidrieras de una catedral de la modernidad, junto con los planos de la escalera de la casa familiar por la que nadie sube pero que parece una invitación a escalar y a huir son momentos imborrables para cualquier cinéfilo.
 
 

Terence Davies, lo siento, no te supe apreciar en su momento, menos mal que, en ocasiones, la vida ofrece segundas oportunidades.