domingo, 23 de noviembre de 2014

STILL LIFE (Nunca es demasiado tarde, Uberto Pasolini, 2013)


 
STILL LIFE (Nunca es demasiado tarde, Uberto Pasolini, 2013)
 

¿Cuánto duran las fidelidades? ¿los amores son eternos? ¿tu familia es tu familia para siempre? ¿hasta dónde nos quieren los que nos han dicho que nos aman? ¿quién no está solo cuando llega el último momento?.
 
 

 “Still Life”, titulada en España con el confuso y equívoco, a la par que moralista, “Nunca es demasiado tarde”, dando a entender un propósito redentor que no es tan evidente ni pretende serlo en la película salvo en su final, es una película pequeña, multipremiada en Venecia, que cumple con  los postulados inequívocos del cine independiente, planos reposados, pocos personajes (se podría decir que la película es una persona, el personaje creado por Eddie Marsan), puntualizaciones musicales, ambientaciones deprimentes.
 
 

John May es un funcionario municipal en uno de los barrios del gran Londres encargado de liquidar la existencia de las personas que fallecen sin  familia, sin amigos, sin nadie que se ocupe de ese último trago desagradable, el encargado del último inventario y el último reparto, quien viola la intimidad de un hogar ajeno por última vez. Para John esta labor no deja de ser una forma de adelantar su final, él mismo vive solo, no tiene familia, su vida es monótona y aburrida, todo gira alrededor de las personas a las que atiende una vez muertas, preparando discursos para funerales solitarios, inventando vidas ajenas, retrasando al máximo el momento de la incineración hasta que se agotan las posibilidades de encontrar a una persona que responda del fallecido, o hasta que se constata que las personas que interrelacionaron con el muerto no quieren saber nada de esa persona.
 
 

El frágil aspecto de Eddie Marsan, su mirada tímida y afligida, su casa desangelada, su puesto de trabajo en un sótano gris rodeado de mobiliario gris, expedientes y carpetas esperando la leyenda “caso cerrado”, configuran un hábitat confortable y acogedor como contrapartida, ese trabajo le aleja del contacto humano y de las dificultades añadidas,  vive en una isla de infelicidad pero al mismo tiempo tiene asegurada la tranquilidad. La crisis llega al servicio público funerario y las exequias que John otorga a sus vecinos resultan inasumibles en época de recortes, su servicio se fusiona y donde había dos personas para dos barrios pasa a haber una persona para dos, sobra John, quien obtiene una prórroga para terminar su último caso, ese caso al que se refiere el título, ese “nunca es demasiado tarde”.
 
 

En ese último momento la vida de John aspira a dar un cambio, en los últimos 15 minutos de película veremos a John sonreir, ilusionarse, alcanzar un momento de esperanza o de felicidad. Su mirada al cielo con una mueca de sonrisa permite deducir que ha alcanzado ese objetivo, aunque no siendo demasiado tarde viene a ser insuficiente. No obstante el discurso moralista de la última escena rompe el relato contenido, sosegado, hasta desesperanzador. Si es necesario o no concluir la película como lo hace corresponde a cada uno según su sentido de la vida, o de la muerte, para quien escribe deja un mal sabor de boca que, quizás, la película no merecía, pareciéndose nuestro personaje a muchos de las películas de Kaurismaki, al Leaud, por ejemplo, de “Contraté un asesino a sueldo”, al “Mr. Hire” de Patrice Leconte, el final no deja de ser una bofetada innecesaria llena de moralina barata.