miércoles, 19 de noviembre de 2014

S-21 (Rithy Panh, 2003) ICH BIN ENRIC MARCO (Santiago Fillol-Lucas Vermal, 2009)


 
S-21. (Rithy Panh, 2003)
 
 

ICH BIN ENRIC MARCO (Santiago Fillol, Lucas Vermal, 2009)
 


VÍCTIMAS Y VERDUGOS. CINE DE LA MEMORIA
 


Para inaugurar este segundo año de blog me mantengo en el terreno del documental, ese cine de la realidad que también puede servir para dar pábulo a la ficción y a la mentira, a la manipulación burda pero, normalmente, al desarrollo de hechos reales a través de los ojos, la palabra y la gestualidad de sus protagonistas. Estos dos documentales, cada uno en su esfera de influencia, mantienen líneas de paralelismo muy evidentes, la cámara con los protagonistas de una historia, dejando a cada persona desarrollar su discurso y que cada espectador saque sus conclusiones, el de Rithy Panh sin discusión, los hechos genocidas no son contestados, sino interpretables, el de Fillol-Vermal más poliédrico porque da voz a un simulador intentando redimirse y convencernos de la bondad de su mentira, aquí es el personaje el contestado, no los hechos.
 


El cine de Rithy Panh es mundialmente conocido, su obra surge de la necesidad de no olvidar, la barbarie del régimen de Pol-Pot, el sanguinario escenario creado por el partido Angkar, la vesania y crueldad de los jemeres rojos, el genocidio sistemático a cargo de un régimen perturbado donde cualquier persona era sospechosa por el hecho de serlo y la única solución era la destrucción, no la muerte, sino la destrucción. Esta realidad histórica llevó al director a plasmar, usando el género documental, aquel horror para que no se perdiera, cine de la memoria. La cercanía en el tiempo y la juventud de muchos de aquellos ejecutores permitía encontrar gente que participó en el aniquilamiento de más de dos millones de camboyanos en muy poco tiempo y también encontrar a las verdaderas víctimas de los hechos que habían conseguido sobrevivir al exterminio gracias a la intervención vietnamita que desalojó al régimen jemer del poder. Tanta gente participó en la represión mortal y tanta gente la sufrió que abordar el tema en el país resulta muy complicado porque las heridas sangran, casi nadie ha pagado por sus responsabilidades directas y muy pocos dirigentes por idear un sistema tan atroz en pleno siglo XX y con los precedentes ya conocidos de la Alemania nazi o la URSS stalinista. El gran logro de Panh, aprovechando una línea trazada por Lanzmann en su monumental “Shoah”, es la de colocar en un mismo plano, y hablando, a verdugos y víctimas, en este caso interactuando incluso. Verdugos que se consideran, igualmente, víctimas del sistema, verdugos que han somatizado lo sucedido como algo inevitable, como un comportamiento incorrecto obligado para sobrevivir pues de no haber seguido al pie de la letra las instrucciones de la dirección hubieran terminado, como muchos de ellos, víctimas de los propios campos donde trabajaban como guardianes y ejecutores.
 
 


Si en “The act of killing”, otra de las cumbres testimoniales del cine documental, el genocidio indonesio en este caso, los verdugos recrean su barbarie como estrellas de cine, alardeando de sus salvajadas, para terminar, eso si, vomitando ante la conciencia de sus crímenes, en “S-21” esos ex-jemeres rojos maquinalmente recrean ante las cámaras su comportamiento diario con los detenidos, hombres, mujeres y niños condenados al exterminio por inanición y agotamiento o asesinados directamente con la máxima crueldad, situados en el escenario de su salvaje cometido se mueven por las estancias del campo como si el tiempo no hubiera pasado, 25 años después el campo permanece, en ruinas, abandonado, ahora transformado en museo, como una especie de memorial del holocausto, la misma ruina que ensombrece el testimonio de esos guardianes, la ruina moral de quien, aun no atreviéndose a confesarse culpable ha de reconocer que lo hecho fue atroz, se busquen las excusas morales que se busquen.



 
 
 

La cámara no plantea interrogantes, ni dudas, se limita a rodar a los protagonistas, 11 verdugos y 2 sobrevivientes, tras una pequeña introducción a base de fotografías del momento y viejas imágenes documentales (muchas de ellas vistas y utilizadas después en “L,image manquante” del mismo Rithy Panh), el director nos presenta a los personajes, por un lado las víctimas, llegando al campo S-21 y derrumbándose ante el dolor del recuerdo uno de ellos, mientras el otro, Vann Nath, recrea en sus pinturas todo el horror que le tocó vivir en ese periodo, por otro los verdugos, hablando de sus experiencias, miradas perdidas, gestos serios, no hay broma en su recuerdo y se percibe el peso de un pasado que no les gusta pero con el que tienen que convivir. Panh coloca a los verdugos ante si mismos, en grupo o en solitario, contando sus experiencias, recreando las situaciones vividas en el campo, desde su crueldad impidiendo a los presos cambiar de posición durante la noche hasta la manera en la que ejecutaban a sus víctimas, después les enfrenta a las víctimas, frente a frente, en una de las mesas, con las pinturas de Vann interrogándoles sobre su pasado, obligados a reconocer que su experiencia no es la de los detenidos, que su sensación de víctimas no es real, que ellos no merecen reparación sino perdón, y por último enfrentados a los testimonios históricos, a sus actas de declaración obtenidas con torturas, a los informes de vida de los presos, al libro de fallecidos, a las fotos de cadáveres, a paredes forradas por los rostros de las personas muertas en el campo a lo largo de esos meses sin sentido.
 
 

http://youtu.be/mgF_wWOtKGs

“Más vale detener por error que permitir que el enemigo nos corroa por dentro” dicen los jemeres, lo que pasa es que ningún detenido tenía posibilidades de demostrar que había un error porque todo el mundo era destruíble en ese régimen, a la puerta de una de las celdas se lee “no seas demasiado libre”.
 


Los nazis acuñaron otra frase que ha pasado a la posteridad como exponente del máximo cinismo, “Arbeit macht frei”, el trabajo os hará libres, que coronaba la entrada de algunos campos de concentración y de exterminio ideados por el régimen hitleriano para acabar con disidentes y “razas inferiores”. No se si el campo de Flossenburg contaba con dicho rótulo, lo que si está claro es que no tuvo entre sus desdichados internos a Enric Marco. Este personaje fue durante años el presidente de la asociación “Amical Matthausen” luchando por los derechos de los españoles víctimas de los campos de concentración nazis y el recuerdo de su memoria, durante años viajó por todo el mundo dando conferencias, exigiendo comportamientos morales, contando sus experiencias personales en el campo durante su cautiverio, hasta que un historiador se tomó la molestia (Benito Bermejo) de quitar la careta al falso héroe, al manipulador, al personaje creado por el propio protagonista a base de recopilar lo que les sucedió de verdad a las víctimas para asumirlo como propio. “Enric Marco no mintió aunque fuese un embustero”, dice el sujeto, pero claro, desmontada su inventada historia, ¿qué nos queda?, ¿podemos creernos algo de lo que nos intenta transmitir?, sus lágrimas en la cárcel de Kiel ¿no dejarán de ser lágrimas de cocodrilo?, ¿su pose en el campo de Flossenburg puede ser tenida como cierta y honesta o mero marketing?
 


La película tiene presentación y nudo, el desenlace corresponde a cada espectador, brevemente presentado el personaje, desenmascarado y pintado sobre un mapa el viaje que Enric Marco dijo haber hecho hasta llegar a Flossenburg y el que realmente hizo hasta Kiel, la historia se transforma en la historia de un viaje, un viaje a los infiernos o a la oscuridad que casi ninguna persona se hubiera atrevido a hacer y Marco asume como un acto de reivindicación personal en el que los directores mantienen neutralidad pero empatía con un personaje oscuro que debe encontrarse cómodo para desarrollar la historia y que el espectador pueda juzgar. Personalmente creo que no lo consigue, sus argumentos y excusas no sirven, el daño que ha podido hacer a las verdaderas víctimas del nazismo es inconmensurable, y el daño sufrido por él como consecuencia de su falsario testimonio mínimo y merecido. Marco intenta presentarse como víctima, reconociendo que no fue nunca un preso de ningún campo de concentración nazi intenta equiparar su situación a la de aquellos por haber estado preso en el penal de Kiel durante una temporada que él señala de un año, que adorna bajo el argumento de preso político y de la que nunca terminamos de saber ni las razones de su presidio, de su libertad ni el tiempo real de encarcelamiento, algo que si está documentado en los archivos de la propia cárcel.
 
 


Los directores se cuidan mucho de someter al tercer grado al protagonista, le sitúan en los lugares donde si estuvo realmente y tratando de recrear su pasado en los años 1941, 1942 y 1943, no le interrogan por los verdaderos motivos de su viaje a Alemania en plena guerra mundial para trabajar como mano de obra extranjera, ni sabemos porqué es puesto en libertad en 1943 según él, cuando la solución final estaba empezando a funcionar como un régimen industrial y los “rotten spanien” eran trasladados a campos como Mauthausen, es el espacio y el personaje quienes sirven la historia y desmontan, o no, su coartada moral.
 


En ese trayecto vive como triunfos encontrar a personas que conocieron a otras que él sitúa en el Kiel de la época, encontrar las tumbas en el cementerio, visitar la cárcel en la que estuvo, y siempre aprovechando para reivindicarse porque, gracias a su embuste, no se perdió el testimonio de muchos españoles represaliados, cuando lo que en realidad ha hecho ha sido suplantar a las víctimas y condenar al olvido a los verdaderos protagonistas. En un giro mordaz y cruel, pero que se merece el personaje y la historia, los directores le plantean culminar el viaje en el lugar en el que nunca estuvo durante la Alemania nazi, en los restos del verdadero campo, que ahora se visita con un grado de frivolidad aplastante, entre las risas de los grupos de jubilados alemanes y las de los estudiantes de bachillerato, Marco acepta como conclusión lógica y se mueve por el campo contando lo que era cada espacio como si hubiera estado allí, su arrepentimiento es nulo, su presencia hundida y reflexiva intenta hacernos creer que empatiza con el lugar y los fantasmas de los ausentes, pero en su posición se advierte un calculado “postureo”, un último intento de victimizarse que deriva en hueco y falso porque sobre su figura planea, sin remisión, la sombra de la duda permanente.