miércoles, 12 de noviembre de 2014

L,ARGENT DE POCHE (La piel dura, François Truffaut, 1976)


 
LA PIEL DURA (François Truffaut, 1976)
 


“Quería deciros que si elegí el oficio de maestro fue porque guardo un mal recuerdo de mi juventud y porque no me gusta la forma en que se trata a los niños. La vida no es fácil, es dura, y es importante que aprendáis a endureceros para que podáis enfrentaros a ella. Ojo, endureceros no es ser insensibles. Por una especie de extraño equilibrio, aquéllos que tuvieron una infancia difícil están generalmente mejor dotados para enfrentarse a la vida adulta que aquellos otros que disfrutaron de protección o de un exceso de cariño: es una especie de ley de compensación…Porque la vida está hecha de ese modo: no podemos vivir sin querer y ser queridos”.
 
 

Estamos en el gran año Truffaut, ya sabeis, bien se celebran las muertes o los nacimientos al cabo de x años, y este año toca Truffaut, uno de los grandes que a finales de los 50 y principios de los 60 revolucionaron el lenguaje fílmico con el invento de la Nouvelle vague, y que siguió haciendo películas hasta su temprana muerte, convertido en icono con “Los 400 golpes” y “Jules et Jim”. Deseando ver la exposición que ahora se exhibe en la Cinemathéque de Paris refresco algunos títulos olvidados, o aprovecho para ver alguno desconocido todavía. Con “La piel dura”, cuyo título original es “L,argent de poche”, pero que guarda relación con el contenido de los propios diálogos, Truffaut habla de la niñez, uno de sus temas “estrella”, la piel dura de quien tiene el alma blanda. Truffaut desgrana una galería de niños y niñas a diferentes edades y haciendo lo que tienen que hacer, pero al mismo tiempo, presenta la infancia como una etapa muy alejada de la despreocupación y la ausencia de obligaciones, personas pequeñas pero personas en el fondo, personas formándose y todos ellos capaces de actos buenos, pero que pueden torcerse con la influencia adulta.
 
 

Viendo “La piel dura” no puedo evitar estremecerme pensando que en 1976 tenía una edad similar a la de muchos de los protagonistas de la película, y te sientes identificado en muchas de las situaciones, pero al mismo tiempo envidias cierta libertad que se percibe en el trato y que diferencia a la escuela laica francesa de la escuela nacional pública tardofranquista. No hay miedo en la relación profesores-alumnos, y tampoco eso deriva en falta de respeto, no se ve ni un símbolo religioso ni político en los colegios, y en 1976 perduraban y pervivían retratos malditos y crucificos indelebles en la sombra dejada por la suciedad acumulada a su alrededor durante décadas, no se ve ni un solo castigo físico en este fin de curso escolar mientras mi colegio de 1976 y hasta de 1980, guardaba especímenes autoritarios de mano larga, discurso corto y violencia extrema.
 
 

Truffaut rescata a Doinel del recuerdo, en este caso a través del niño maltratado que es Julien, y con un parecido más que razonable al Leaud adulto, es el ejemplo del niño obligado a hacerse mayor antes de tiempo, a sobrevivir en solitario, a sufrir de por vida cicatrices insuperables que le van a destrozar la vida, porque como dice el profesor de la nueva escuela pedagógica, un adulto puede levantarse, pero un niño que sufre reveses tan duros e insoportables difícilmente se rehará en su devenir a la madurez y se convertirá en un adulto machacado e inestable.
 

 “El caso de Julien es tan terrible que no podemos evitar el comparar nuestras vidas con la suya. Mi infancia no fue tan trágica, pero créanme estaba ansioso por crecer. Me daba cuenta que los adultos tenían todos los derechos. Son dueños de sí mismos, pueden vivir sus vidas como quieran. Un adulto que no es feliz puede comenzar su vida en otra parte, desde cero. Pero un niño que no es feliz está condenado a la impotencia. Sabe que es infeliz, pero no puede expresar esa infelicidad con palabras y, lo que es peor, algo dentro de él le impide poder dudar de sus padres o de los que lo hacen sufrir. Si un niño no es amado y sufre, él cree que es culpable y ¡eso es lo terrible!. De todas las injusticias de la humanidad, la injusticia hacia los niños es la peor, la más despreciable. La vida no siempre es justa y nunca lo será”.
 

Truffaut enfrenta admirablemente lo nuevo con lo viejo, no hace una apología de la infancia como una etapa de candor y bondad, eleva su discurso hacia el carácter de persona del niño, de ser con capacidades de sentir y de comprender, incluso de saber lo que quiere y porqué, así una niña de seis años podrá dejar en evidencia a sus padres haciéndose pasar por víctima de un castigo inexistente y todo por no ser escuchada ni respetada, otros serán capaces de disfrutar de la visión de un cuerpo femenino desde el patio del colegio admirando lo que, para ellos es lo más hermoso del mundo, rompiendo con la idea de seres asexuados en la infancia, incluso hasta usará la metáfora en lo que parece una escena cruel y tremenda para argumentar que una dura caída puede acabar con un adulto, si no literalmente si en su espíritu, mientras que un niño aguanta los golpes con mayor entereza.
 

“No es verdad del todo que los niños estén en peligro constantemente. Un adulto hubiera muerto por el impacto, pero un niño no. Los niños son como una roca. Tropiezan por la vida sin quedar lastimados. Ellos se encuentran en estado de gracia y eso les permite tener la piel dura. Son mucho más resistentes que nosotros”.
 

Pero no es una película de niños, sino con  niños, niños que interaccionan con adultos, a los que los adultos tratan con condescendencia y sin entenderlos, salvo el joven profesor que acaba de ser padre y que se hizo profesor para evitar que algún niño pasara por sus experiencias, niños que se enamoran de adultos y no sienten nada en compañía de niñas de su edad, adultos que atacan antes de preguntar al niño lo que ha sucedido. Profesores anclados en el saber memorístico antes que en la emoción, incapaces de que el alumno interaccione con pasión por su propia incapacidad de transmitir sentimiento, pero que desaparecida la profesora se transforma en una interpretación teatral maravillosa del joven que recita el pasaje de “El avaro” de Moliére, menoscabando la autoestima de una profesora que oye lo que Bruno recita una vez que ella ha abandonado el aula.
 
 

A esa Francia nueva se opone una Francia de “NO-DO”, la Francia oficial que ofrecen los reportajes previos a las películas que ven en el cine todos los domingos los habitantes de Thiers en una convención social que ha desaparecido de nuestras costumbres, el cine, así, vuelve al eje del homenaje del director francés, es el gran punto de escape semanal, como Antoine Doinel deambulaba por Paris mirando las carteleras de las salas. Que Truffaut sitúe la acción en pleno centro de Francia, e inicie la historia con un plano de una tienda que se llama “Ici, le centre de la France” nos parece invitar a descubrir la verdadera Francia, la del interior alejada del glamour y el esplendor de los boulevares parisinos, la de la clase media trabajadora a años luz del gran burgués capitalino, y por ende, esos niños también están fuera de ambientes lujosos y estirados, son los franceses que ahora trabajan para el país o soportan los errores múltiples de los gobernantes y jerarcas.
 
 

Como en el colegio que yo viví, no había niñas, como en el colegio que yo viví había bedeles que hacían de vigilantes y de monitores a deshoras, había niños problemáticos y niños con problemas, había niños con hermanos e hijos únicos, niños despreocupados y niños sobreprotegidos, niños que parecían tímidos y niños superlanzados, niños apocados y niños traviesos, niños nobles y niños traidores. Truffaut nos lo dice, no tratemos a los niños como seres distintos a las personas, si los niños votaran hasta los políticos les escucharían y les tratarían como adultos, en el fondo, muchos de esos niños del último fotograma se comportan de manera más adulta que sus progenitores.