domingo, 30 de noviembre de 2014

JAUJA (Lisandro Alonso, 2014)


 
JAUJA (Lisandro Alonso, 2014)
 

“No creo que le exija más al espectador, se puede levantar e irse. Pero es cierto que la película para ser apreciada necesita que no se mire con los ojos de alguien que no participa sino que habría que disfrutar de su placer estético”.
 

Para aquellos que busquen interrogantes, preguntas, enigmas y no se desorienten ante la falta de respuestas se encuentran ante una de esas películas que se hacen grandes por sus silencios y que se empequeñecen cuando se busca la evidencia de la historia. Por su parte, para los espectadores que gusten de historias convencionales, con argumento evidente y personajes reconocibles, avisados quedan, esta película exige mucho, cautiva, pero puede que deje indiferente a quien pretenda obtener soluciones a lo visto cuando el proyector deja de enviar imágenes. Magnética e insondable, Alonso consigue su obra más perfecta hasta el momento, dentro de lo que el cine de Alonso permita calificar como perfecto, pues siendo tan personal en su estilo, su difusión ha de ser limitada y provoca, como he tenido ocasión de comprobar, mucha frialdad en el patio de butacas.
 
 
 

La sólida carrera de Alonso para mi gusto con “La libertad”, “Los muertos”, “Fantasma” y “Liverpool” continúa transitando sendas de rica complejidad, con un lenguaje cinematográfico tan reconocible como poco hecho para el público de masas. “Jauja” no está tan alejada de las anteriores propuestas de Lisandro Alonso, si bien el producto ha mejorado en su factura, en sus intérpretes, en su financiación, se ha hecho más grande, y como grande, el director no se ha empequeñecido sino que ha aumentado sus propuestas, en este caso, jugando con el tiempo y el lugar, saliendo airoso al plantear las dudas y dejarnos las respuestas, en este caso con una presentación estética irreprochable.
 
 

Si todo es un sueño, si todo es un rompecabezas inasible, o si de tan limitados e insignificantes que somos, nuestra posibilidad de razonar y comprender todo lo que sucede se difumina en cuanto se nos presenta la primera dificultad seria, Alonso no lo explica, un objeto irá pasando de mano en mano desde un año indeterminado de la década de los 70 de finales del XIX a la actualidad, lo que ocurre es que la persona que lo detenta al principio y al final, a lo largo de 140 años, puede ser la misma. Una brújula es robada por una hija a un padre buscando su propio destino y es devuelta a ese mismo padre en el interior de una caverna más que platónica al cabo de unos días por una anciana que bien podría ser la hija unos cuantos años después. La acción viaja de Argentina a Dinamarca en el lapso de apagarse una luz y abrirse unos ojos y empieza y termina en la misma lobera patagónica, si bien al principio hay seres humanos con los lobos marinos y al final estos permanecen en la toma pero sin compañía humana.
 
 
 

Cuenta la película con tres partes diferenciadas y un epílogo que, bien podría ser un prólogo de una continuación, la presentación de los personajes en un entorno hostil, los idiomas que se cruzan y marcan la incomunicación que sólo salva el castellano, porque se puede hablar en inglés, francés o danés, la conquista de Argentina una vez lograda la independencia, extendiendo el control hacia el sur, al tiempo que se aniquilaba a los indígenas, una guerra desigual donde los indígenas sólo cuentan con la colaboración del terreno, contratando ingenieros europeos dispuestos a crear las infraestructuras necesarias, la hija del ingeniero que se enamora de un soldado de nombre “Corto”, la presencia no materializada de un militar llamado Zuloaga, desaparecido, héroe de guerra, implacable perseguidor de los indios pero de quien se sospecha que hasta se ha convertido en un caudillo de ellos, recordándonos inmediatamente al Kurtz de “Apocalipsis now”. La segunda parte que comienza con la desesperada búsqueda por parte de Gunnar Dinesen (también el apellido del ingeniero danés nos recuerda que podemos estar ante un cuento, ante un relato imaginado, Dinesen) de su hija, búsqueda que enlaza esta película con las anteriores de Alonso, en las que el viaje es necesario para que el personaje se revele y pueda conocerse a sí mismo. La estética cambia, el ingeniero abandona sus ropas civiles y viste como el militar que también fue, un viaje hacia el agotamiento, hacia el destino de ser engullido por el desierto inacabable sin encontrar a esa hija. De viajes imposibles ya nos dio muestras Mortensen, quien encarna al ingeniero, en la tremenda “La carretera” basada en el relato de McCarthy. Y la tercera parte una vez aparecido el perro que, distópicamente, aparecerá también al final de la película en el palacio-castillo danés, perro que nos lleva, fatigosamente hasta la cueva-caverna donde Gunnar se enfrenta a su pasado, al abandono, a la figura de la mujer y de la hija, al martilleo incesante de frases enigmáticas por parte de esa mujer que puede ser todas las mujeres o todas las mujeres de Gunnar, jugando sintácticamente dando a entender que es alguien cercano a Gunnar pero en otro espacio y tiempo, la película abandona el castellano para no volver, el danés será el idioma del final y del tránsito.
 
 

El magnetismo e irrealidad de la imagen aporta un elemento, incluso fantasmal, a lo que vemos. Si formalmente el estilo de Alonso no era lo importante, pese a que en “Liverpool” ya comenzó a apuntar notas estéticas que no contemplé en sus anteriores películas, en “Jauja” la composición del plano, el clasicismo de las imágenes, la apuesta por un formato de fotograma casi cuadrado con esquinas redondeadas que nos recuerdan viejas fotografías del pasado, la belleza de la naturaleza y su carácter inhóspito se acompaña de una iluminación que provoca escenas oníricas por ese solo hecho. Esas noches iluminadas de campamento, o ese cielo estrellado bajo el que Mortensen se duerme tras recortarse su silueta sentado absorto en sus pensamientos hacen dudar hasta de la realidad de la fotografía y si no será un simple efecto informático o hasta un decorado sublime, pero no, resulta que el fotógrafo de la película es Timo Salminen, el fotógrafo de las películas de Aki Kaurismaki, y entonces alcanzas a comprender que esa iluminación de rostros y cuerpos ya la habías visto en las caras de los personajes de Kaurismaki, y aquí dotan de irrealidad necesaria al conjunto, convirtiendo la presencia del fotógrafo en otro de los hallazgos grandes de la película.
 
 
 

Perdiendo de vista a Viggo Mortensen en el horizonte de esa jauja que canibaliza a quien la busca, y cuando uno piensa que la película concluye ahí, todavía la historia guarda un giro último y deslumbrante, un giro que deberá ver el espectador y concluir que lo hasta entonces visto, si ya era complejo y complicado, alcanza una nota aún más inasible, es la prueba definitiva de que nada está aquí ni allá de manera absoluta, todo es permeable, nosotros podemos ser varios, los tiempos infinitos y los lugares tantos como las cosas y los seres que nos importan. “Jauja” deja de ser un mundo imaginario para formar parte de nuestra identidad, pero también podría ser que todo lo que hemos visto hasta ese momento no ha dejado de ser un fugaz deseo inconsciente de vivir en una aventura permanente, en un mundo paralelo que nos proporcione la intensidad vital necesaria para seguir adelante, que remueva nuestra indolente existencia del día a día, aun con la insatisfacción de sentir que no era nada más que un sueño que nos obliga a despertar, pero tras ver la película completa, ¿sólo fue un sueño?