jueves, 6 de noviembre de 2014

CENIZAS (Carlos Balbuena, 2014) SOLDATS ANONIMS (Pere Vilá-Isaki Lakuesta, 2008)


 
MEMORIA INDIVIDUAL-MEMORIA COLECTIVA
 

De “Cenizas” a “Soldats anonims”

“Cenizas” de Carlos Balbuena es un buen ejemplo de lo que tiene que venir en el mundo del cine español, la coproducción ahora es la suma de un productor como Pere Portabella junto con el crowfounding por excelencia de Verkami. De otra manera es muy difícil que un cine de esta entidad encuentre la posibilidad de hacerse, no hablemos ya de exhibirse. Habiendo pasado por la reciente Seminci y por el festival D,Autor de Barcelona, “Cenizas” forma parte de un determinado cine-ensayo muy concreto que encuentra su forma de distribución en plataformas como PLAT o, en este caso, MÁRGENES, pilares para el desarrollo del cine español, en este caso etiquetado como “novísimos del cine español”.
 
 

“Cenizas” es un ejercicio de la memoria, con una fotografía que por momentos deriva hacia el desenfoque, nunca precisa, como si en los tiempos de la alta definición el director pretenda evocar imágenes del pasado envueltas en una neblina que no nos deja llegar al detalle pero si al todo, se nos habla del eterno retorno, del caminante que apareciendo de ninguna parte llega de nuevo a la que fue su casa para encontrarse un territorio yermo, abandonado, vacío, ausente de personas y abarrotado de recuerdos y sensaciones.  Lo que el actor casi exclusivo de la película ha ido a buscar a este pueblo minero del norte de España, o mejor dicho, antiguo pueblo minero, queda en la imaginación del espectador, un regreso a los orígenes, un retorno a la búsqueda de un ser perdido, un reencuentro con la esencia de uno mismo………y sin embargo el resultado es el del abandono, el abandono del pueblo ante la ausencia de industria, el abandono del protagonista que llamando de puerta en puerta no logra comunicarse con ninguno de sus vecinos, lo importante es el entorno, no las personas.
 
 

Trenes sin destino siguen atravesando la localidad sin detenerse, semáforos que impiden el paso de nadie porque nadie espera a cruzar calles o vías, como esos ascensores de la mina que, funcionando, ni llevan trabajadores ni descargan mineral. Un paisaje vacío como el hueco dejado por la mina a cielo abierto que da inicio al relato. Planos fijos y mantenidos para acostumbrarnos a la desolación que produce el frío externo y el interno del personaje. El principio y el final de la obra muestran un paisaje sin figuras, un paisaje industrial de otro tiempo, de otra memoria, la de los parroquianos jugando a las cartas o la de ese pueblo que sólo se junta y aparece en pantalla en la ceremonia religiosa y posterior romería o procesión. Mina, industria, revolución obrera pero triunfo de lo atávico y ancestral. En el paisaje de la memoria individual de un sujeto buscando algo a lo que agarrarse en el presente desde el pasado, la desolación triunfa. Dice el director “La visión que da la película de Santa Lucía es quizás peor a como está en la realidad, es lo que puede llegar a pasar, como yo pienso que será en un tiempo”. Nada que añadir, en un país tan desolado Santa Lucía, en León, se convierte en metáfora, ya no son los restos del naufragio los que nos dan calor, sólo el recuerdo agradable del pasado, pero insuficiente en su fuerza para combatir la dureza del presente.
 
 
 

Del pasado individual al pasado colectivo a través del mediometraje “Soldats anonims” de Pere Vilá y Isaki Lakuesta, uno prometedor director tras su “La lapidación de Saint Etiénne” y otro consagrado del que las crónicas cuentan su pinchazo en hueso al intentar hacer una comedia este año, en esta obra conjunta de 2008 se limitan a poner la cámara en el lugar preciso, el de una excavación a la busca de fosas comunes de la guerra civil, no de represaliados o ejecutados, sino de combatientes caídos en el campo de batalla en tierras del Ebro. La cámara se limita a recoger el trabajo de antropólogos, excavadores y paisanos a la busca de los restos de esos soldados desconocidos a los que muchos países dedican monumentos, monolitos o antorchas permanentes. La aparición de los restos no es sino constatación del absurdo y la barbarie que encierra cualquier contienda bélica, nadie reclama ni reclamó esos cuerpos, de los que no sabremos si fueron “republicanos” o “nacionales”, tan machacados restos por el paso del tiempo y el paso de maquinaria agrícola por encima la historia no puede sino concluir con la recogida de la cosecha sembrada en el mismo terreno donde 70 años antes se combatió y se murió. Recojamos el campo porque ninguna siembra será suficiente para que el hombre aprenda de sus errores pasados, la cotidianeidad absolutamente ajena al trabajo paralelo de los investigadores cierra el ciclo de una memoria colectiva olvidadiza y despreocupada, las tierras se pueden remover, pero el pasado parece que es intocable, no vayan a mordernos los fantasmas.