miércoles, 26 de noviembre de 2014

CÁBALA CANIBAL (Daniel V. Villamediana, 2014)


 
CÁBALA CANIBAL (Daniel V. Villamediana, 2014)

 


Podría decirse que “Cábala caníbal” es un documental semibiográfico de apenas una hora de duración y quedarnos tan anchos creyendo que hemos definido el género al que adscribir la obra y la dirección en la que transita, y de hacerlo así cometeríamos una gran injusticia. Pueden rodarse monumentales obras con horas de metraje y de gran intensidad en su estructura y en su narración y otras muy publicitadas, vendidas como tratados filosóficos  existenciales, que precisan  cerca de tres horas para vender solamente filosofía de tocador o historias de autoayuda que no se acercan, ni por asomo, a la diversidad de contenidos, líneas de fuga y propuestas temáticas y visuales de esta enorme película española, cuarto largometraje del director vallisoletano, para el que la memoria no deja de ser un leit motiv apasionante.
 


Tomando notas de la película durante un segundo visionado advertía como aquéllas iban transformándose en un verdadero testamento, cómo no hay imagen sin sentido ni discurso sin razón, cómo la toma de notas se torna en una transcripción de la película entera por su densidad y magnitud. Siguiendo el juego que sostiene que apenas con 5 nombres o 5 palabras podemos llegar a conectar los hechos más insólitos y alejados entre sí, el director parte de un suceso familiar de pérdida de memoria con el propósito de recuperar y no perder la suya propia, de tal manera que el periplo se transforma en un éxodo en busca de un génesis donde lo personal y lo colectivo entran y salen continuamente, el recorrido por la historia de España y de Europa es apasionante.
 
 

No espere el espectador una obra fácil y sencilla, ni el discurso es un simple relleno de comentarios obtenidos al paso, pues se advierte una profunda labor de investigación, aunque se halla tenido que utilizar “google” como herramienta de inicio, ni la imagen facilita la concentración. Por decirlo de alguna manera, la vista y el oído no son suficientes para atender a tanta información, la pantalla se parte en dos, asistimos a una doble proyección continua, la imagen de la imagen, la dualidad, la realidad y su proyección, la letra “bet” del alefato hebreo como origen, y creó a su imagen y a su imagen fue creado, la doble imagen que provoca la doble pantalla que se inicia con el miedo al vacío, a las lagunas de memoria, al toro negro que ocupa el recuerdo y lo va vaciando. La película es una lucha contra el avance del toro y del agua como símbolos de la pérdida de memoria, y para no perder la memoria hay que bucear en ella a la busca de la primera imagen, del origen.
 


La primera imagen del director es doble, una primera imagen familiar y una primera imagen personal. La familiar no supone esfuerzo de recuerdo, se ha transmitido de generación a generación, el recuerdo más antiguo de la familia se remonta a su llegada a la localidad de Paredes del Monte, al derribo de un muro medianero en el que aparece una caja metálica con escritos hebraicos, y cómo el cura del pueblo se quedó con la caja porque se trataba de cosas de judíos. Tomando como partida esa historia, Villamediana bucea en el mundo de la cábala, la persecución de los judíos, el valor del lenguaje hebreo como contenedor nada fortuito de todas las cosas, remontando y encontrando cuál es el primer vestigio de estudios sobre la cábala en España se encuentra con la figura de Mosé de León en el s.XIII, porque el origen del origen puede ser un buen comienzo.
 


El muro que oculta bien podía contener el Zohar, el libro del esplendor y la máxima joya de la interpretación de la Torah, Paredes es una palabra de origen judío, es un acrónimo de cuatro palabras hebreas que significan la interpretación de la Torah, pero “pardes” en hebreo, también significa paraíso y significa muro que oculta (el muro familiar que contenía la caja), Mosé de León es el primer punto de conexión con el origen de la familia a través de la memoria, esa memoria y esa fama de Mosé que hace que Isaac de Acre se desplace a Valladolid buscando al estudioso para poder ver el original del Zohar, lo que les emplaza a encontrarse en Avila, lugar al que Mosé no llega por morir antes, siendo enterrado en el cementerio judío de la misma ciudad que dio lugar a los estudios de Sta. Teresa y San Juan de la Cruz. Las imágenes nos recuerdan la ciudad de Ávila, Paredes, la persecución de los judíos, el fuego y el agua, la tierra surcada por ríos, imágenes similares a las grietas dejadas por el tiempo en los muros. Imágenes que se simultanean en doble pantalla con imágenes reconocibles del cine, “Haxan”, “Golem”, Val del Omar……. En el juego de la doble imagen acudimos al Génesis bíblico, judaísmo y cristianismo, dos imágenes de una realidad, y ese génesis donde consta el origen del origen se lee en la biblia de Casimiro de Reina, llamada Biblia del Oso, perseguida por la Inquisición, provocando la huida del autor, pese a lo cuál el santo oficio no duda en hacer la representación de rigor quemando una imagen del estudioso, la imagen de la imagen vuelve a aparecer, la doble imagen, la doble pantalla, de origen del origen al origen del cine sólo existe un corto paso.
 


La película se forma como un laberinto donde los muros van cortándonos el paso y bifurcándose infinitamente. El origen buscado nos lleva a Bet, la letra del comienzo, bet se representa con un símbolo que parece una casa abierta, una casa con ventana, bet es la primera letra de la palabra casa, es un cuarto abierto a la luz, como el muro abierto por el que sale la proyección de las imágenes de un cine, el origen lleva al final y el director Villamediana también encuentra su origen como director en el recorrido de la memoria familiar.
 
 

https://www.youtube.com/watch?v=PBtg9S6C2bI

El camino sigue, y nos lleva a Walter Benjamin, otro estudioso de origen judío, discípulo de Gerson Scholen, el descubridor de Mosé de León (orígenes encadenados en un laberinto de personas entregadas a investigar sobre el origen), Benjamín no llegará a escribir sobre la cábala pero escribirá su propia versión con El libro de los pasajes, un todo hecho a base de fragmentos para buscar una explicación absoluta sobre el origen. Pero la memoria, eso que la película trata de no perder y recuperar, no llega a España fruto de la segunda guerra mundial. El tiempo y la memoria se doblan y retuercen con Holderlin, el poeta loco, el que se inventó un doble que tocaba el piano con el nombre de Scardanelli, que fechó su obra “El espíritu del tiempo” veinte años antes de haber nacido, la imagen de la imagen impactando sobre el tiempo para falsearlo. La torre de Holderlin que ahora visitamos ya no es la torre de Holderlin, es una imagen que reconstruye la que existió y desapareció, no hay mejor memoria que la de una ventana en una torre, pero esa torre nos puede conducir al holocausto judío del siglo XX en la Alemania nazi, a una torre con ventanas de un campo de concentración, la misma Alemania que ahora, en la universidad de Tubingen, alberga las copias de las actas de los procesos de la Inquisición, entre los que se encuentran los autos de fe contra cabalistas y alquimistas, uno de ellos soriano, Manuel Rodrigues, que murió de miedo durante los interrogatorios y fue enterrado alrededor de una iglesia que ya no existe, pero en la que unas excavaciones en 2013 recuperaron unos huesos que bien podrían ser los de aquellos enterrados tras padecer tormento y ejecución. De España huyen los judíos, refugiándose por Europa, una Europa que siglos después cometerá el mayor acto de salvajismo y crueldad exterminador, de acogida a exterminio, otro hueco a la memoria.
 


Tiempo y memoria, origen y fin, olvido e historia, la imagen personal del origen al fin llega, una ventana, un árbol, una ciudad, Valladolid, el primer recuerdo del director está en la luz y en el árbol, árbol cuyas ramas significan variantes y derivaciones místicas y símbolos cabalísticos. Una ventana, aquella que cuenta la leyenda, permitió a Felipe II ser bautizado en una iglesia de postín, una calle por la que pasó Manet, en la que Orson Welles rodó escenas de Mr. Arkadin, donde Val del Omar colocó una cruz ardiente, donde Chillida instaló una escultura que nadie entiende y que descoloca en un entorno plenamente renacentista.
 


El regreso a la infancia nos coloca en la cueva de los sueños perdidos, unos se recuperarán , otros no, la imagen, la recopilación de imágenes fotográficas o cinematográficas permitirán mantener el recuerdo, permitirán que ese toro negro del principio de la película pueda ser espantado, alejado, aun temporalmente, de los recovecos de nuestro cerebro. Terminará venciendo, es indudable, pero cuanto mayor sea el contenido de nuestra memoria, individual y colectiva, más fuerte será la posibilidad de no cometer los errores que Villamediana, de manera tan inteligente, expone en su película, la persecución religiosa, el desprecio por el saber, el oscurantismo, la guerra, el exterminio, todo ello traído a cuenta en el seno de la investigación del propio origen personal, porque en el fondo somos resultado de muchas herencias, vividas por nosotros o por otros, que generación tras generación van dejando un poso cultural por mucho que se silencie.
 


El tiempo nos roba la memoria, es un caníbal que nos va vaciando por dentro, cada plano de una película forma una pared infranqueable que crea un laberinto, un laberinto con un monstruo interno, un auténtico Minotauro que nos va devorando, la antropofagia llegada al extremo de comernos a nosotros mismos. El caníbal que nos recorre nos puede llevar a Felipe II, a Juan de Herrera, a Montaigne, a una ventana o a las 2600 ventanas del Escorial, a los cuadros de El Bosco, a los rostros de la historia del cine, a Paredes del Monte o a la Iglesia de San Pablo en Valladolid, pero también nos puede llevar a nuestra abuela y su miedo al agua, a nuestra infancia y el miedo a una cueva, la memoria y el recuerdo no tienen por qué ser buenos, sólo son necesarios. Ah, y Lluis Miñarro de nuevo por medio y música de La Reverencia