lunes, 3 de noviembre de 2014

BLUE RUIN (Jeremy Saulnier, 2013)



 
El cine negro sigue de plena actualidad, cualquier cinematografía utiliza los resortes de la criminalidad para exponer el comportamiento humano en situaciones límite, y de paso, reflejar la desestructuración social, en este caso el estado norteamericano de Virginia. Rumanía, China, Bélgica, España, Brasil, Argentina, Japón, Corea……..han ofrecido en los últimos años ejemplos vigorosos de un género que, repitiendo esquemas atemporales, siempre ofrece nuevas visiones, como nunca ha dejado de ocurrir en el cine norteamericano.
 
 
 


Asistimos a una historia de venganza llevada a cabo por un personaje alejado de todo aquello que implique contacto alguno con el crimen o el mundo de la delincuencia, una víctima de un doble homicidio que optó, ante esos hechos, por abandonar casa, familia, trabajo y dedicarse a vivir como un vagabundo. Un ser desvalido que huye de la comunicación y del contacto, que malvive como un homeless durmiendo en el interior de un vehículo oxidado, desaseado y huidizo, pero para quien esta situación no es sino un tiempo de espera, un parón existencial que se pondrá nuevamente en marcha cuando se produzca la noticia que, tarde o temprano, ha de llegar. “Blue ruin” puede hacer referencia tanto a la triste ruina del protagonista como a esa ruina azul que conduce por las carreteras semidesiertas por las que huye y, al mismo tiempo, va buscando.
 
 


Dwight es un tipo corriente incapaz de asumir una desgracia, e incapaz de seguir adelante después de sufrirla. No estamos ante el silencio de un hombre fuerte, sino ante el alejamiento huraño y misántropo de alguien incapaz de seguir viviendo en comunidad. Cuando la maternal agente del condado le comunica que el asesino Cleland va a quedar en libertad tras cumplir condena por dos muertes, alguna conexión cerebral de Dwight sufre un repentino cortocircuito. No sabremos si su comportamiento los días siguientes obedece a una idea fija en su mente desde que dos personas muy cercanas fueron asesinadas por el preso liberado o actúa en virtud de un impulso vengador irresistible, pero a partir de ese momento su actuación va dirigida por una sola meta, el problema es que su acción va a producir una reacción en cadena que le es imposible de controlar.





 

Una de las virtudes de la película es su forma de aportar información, el espectador va sospechando hasta que la historia revela quienes son los familiares muertos, quién los mató, porqué, porqué hay venganza, porqué es una herida que no se puede cerrar mientras sobrevivan miembros de las dos familias. Si la familia Cleland se sitúa cerca de esos personajes que pululaban por “Winter,s bone”, cuyo umbral de exigencia y respeto venía regido por la violencia, Dwight es el ejemplo opuesto, el ciudadano normal situado en un momento extremo y carente de recursos suficientes para sobrevivir.
 
 
 


Por eso el azar es importante, porque tras tanto sufrimiento autoinflingido como consecuencia del asesinato que provoca toda la trama, pero que ha empezado mucho antes por las relaciones entre dos miembros de ambas familias, la fragilidad del personaje principal no sólo es aparente, sino real, que sea capaz de cometer atrocidades no significa que sea un “tipo duro”, es más, antes de transformarse en el verdadero Dwight tras perder su apariencia de “homeless” ya demuestra ser un tipo nada arrogante y bastante temeroso de la ley cuando la agente le notifica la puesta en libertad del asesino, y esa fragilidad se incrementa cuando podemos apreciar su rostro al completo una vez despojado de la melena y la barba, es un tipo normal, un tipo gris y anodino enfrentado a una vorágine de acontecimientos que le desbordan una vez que ha optado por abrir la caja de Pandora, y aquí el azar solventa su evidente torpeza para comportarse como un criminal. Obviamente no busca eliminar pruebas u ocultar su rastro a la policía, sabe que va a ser perseguido por dos vías, y que ninguna le garantiza un final feliz, si le encuentra la familia Cleland ya sabe cuál es su destino, si le detiene la policía, su vida en la cárcel tiene los días contados.
 
 
 
 
 

Dwight no lucha por espíritu de supervivencia, sabe que ha cometido un error incalculable víctima de su afán vengativo, pero lo que le mueve es intentar evitar que la ola de violencia afecte a quien se ha mantenido al margen y sólo tiene, como mancha, un adn muy parecido al suyo. Ese miedo a que las consecuencias de sus actos afecten a la gente que sigue queriendo aunque se haya apartado de ellos es lo que retroalimenta la acción y conduce al protagonista hacia un callejón sin salida. Del mismo modo que pide a un viejo amigo que destruya los recuerdos felices del pasado, a Dwight no le queda más que un presente de odio y venganza, un tener que hacer lo que cree es su único deber en una vida voluntariamente vaciada. No hay futuro porque Dwight dejó de vivir muchos años atrás, su paso vacilante y temeroso mientras es un vagabundo se transforma en un rostro impresionable y huidizo, pero al tiempo lleno de una determinación casi suicida. “Blue ruin” es un pequeño hallazgo del cine negro y de muy recomendable visión. Que la disfruten, su ritmo lento, reposado, a veces contemplativo, viene puntuado por momentos de extrema violencia, como si siguiera la estela de “Drive” pero sin tanta estética videoclipera, y con actor que se encarga de rellenar todos los huecos de la historia, a seguir Macon Blair y su director. Por cierto, ¿sigue sin haber una mayoría razonable de norteamericanos que se oponga al coleccionismo de armas de todo tipo y su libre acceso para los ciudadanos?