domingo, 12 de octubre de 2014

THE CAPTIVE (Atom Egoyan, 2014)

 


¿Qué le ha pasado al cine de Egoyan para perder tanto su propia identidad? A punto de empezar la nueva edición del festival de Valladolid conviene recordar que fue este festival quien dio a conocer en España directores de la talla de Egoyan, Guney, Moretti, Gitano, Loach y similares. Sin embargo aquel Egoyan no es el mismo Egoyan del presente, su cine ha perdido profundidad y nihilismo, se ha acomodado, y aun manteniendo su estética y hasta su pretendida disconformidad con el sistema, sus historias se han acomodado.
 
 
 


El problema no es que Egoyan haya decidido rodar “thrillers” en sus últimas producciones, ya sean “eróticos” como su “Chloe” o de serie negra pura como esta “The captive”, el problema es ¿para qué? ¿cuál es su carga de profundidad? Si estuviéramos ante un director sin compromiso o sin carrera previa se podría alabar su rigor formal, su aventura estética, su corrección en la historia rodada, pero viniendo el material de quien viene, ¿qué aporta al historial de un director filmar un final tan convencional en una historia tan morbosa como sugerente que es la planteada en “The captive”?
 
 
 

The captive guarda relación con aquel personaje que tan magníficamente retrataba Bob Hoskins en “El viaje de Felicia”, entramos de nuevo en el mundo de la violencia contra niños y jóvenes, en el mundo de la pederastia, de los poderosos impunes, de las organizaciones paralelas que a nadie responden, en el juego de las nuevas tecnologías que tanto gustan a Egoyan, el juego, el uso y el abuso, el control emocional provocado en un insano juego de maldad. Una niña es secuestrada a los 10 años de edad, el espectador no tiene dudas de este hecho, pero el padre tiene que soportar la duda policial y el rencor de la esposa que le culpa de la desaparición. Un personaje controla los movimientos de la familia y de la policía a través de sofisticadas aplicaciones informáticas, es quien tiene en su poder a la niña, que ya se ha convertido en una joven de 18 años. De la felicidad de Cassandra, la niña secuestrada, depende la felicidad del secuestrador, o de quien disfruta de las ventajas del secuestro. En un tormento sucesivo, este personaje va dejando objetos de la niña en el lugar de trabajo de la madre, disfrutando de la reacción de dolor que provoca en ella el reconocimiento de cada objeto.
 
 
 


Casandra es el personaje de la mitología griega con facultades adivinatorias, según la versión, la propia Casandra tenía que soportar que su don fuera fuente de conflictos y hasta de controversia al no ser creídos sus vaticinios una vez que rechazó a Apolo, pero etimológicamente se la conoce como “la que enreda a los hombres”, en este caso el enredado no deja de ser el personaje de Mika (Kevin Durand), el secuestrador. Feliz por las historias que inventa Casandra y que le encanta escuchar por boca de ella, va cayendo en la petición de la chica para que le permita hablar y ver, de nuevo, aunque sea una única vez, a su padre y a su pareja de patinaje sobre hielo, y serán esos giros inesperados y poco consecuentes con el carácter exclusivo y secreto de la organización criminal que, veladamente, aparece en la historia, la que provoca un final propio de un “blockbuster” policial, convencional y anticlimático.
 
 
 
 

Lo que ha sido sutileza, reflejo de sentimientos, personajes en encrucijadas de odio, rencor y recuerdo del pasado, se transforma en persecuciones, intuiciones y golpes de fortuna rematados a tiros. El uso que Egoyan hace del tiempo, real y fílmico, que provoca, en ocasiones, una desorientación real al espectador, y que tan inteligentemente se administra en el curso de la historia, salta por los aires en los últimos 20 minutos de película, no bastan los abrazos finales para reconciliarnos con la historia, la sensación de trampa, de pequeña estafa, de remate forzado y facilón, desmembra la telaraña urdida hasta entonces

 
 
 


No está lo mejor de Egoyan en la película, pero sí está Egoyan en esa planificación y desarrollo de los personajes, no todos, la verdad, se echa de menos a un actor como Elias Koteas haciendo de “malo”, o alguien con mayor empaque para dar la réplica a Rosario Dawson en el papel de policía con infancia desestructurada. Producto con calidad que, para los viejos conocidos de Egoyan supondrá otra ocasión perdida para volver a ver una nueva joya al nivel de “El liquidador”, “Exótica”, “El viaje de Felicia”,  “El dulce porvenir” o “Ararat”, un ligero pinchazo en hueso, pero que para nuevos espectadores puede provocar el interés por conocer el verdadero, y gran, cine de Egoyan.