lunes, 27 de octubre de 2014

LA PIEL QUEMADA (Josep María Forn, 1967)


 

La película empieza y termina enseñándonos piel, pieles “quemadas”, pero las quemaduras son, o van a ser, de diferente origen, las primeras son las que produce el primer mundo, las del turismo, el dinero sobrante, el tiempo de ocio al sol en la playa, cuerpos de mujeres en bikini en la España del desarrollismo, las segundas son las pieles quemadas de los que han construido las residencias de veraneo, los que se han quemado y partido la espalda por sueldos miserables, abandonando tierra y familia huyendo de la necesidad más acuciante.
 


Cuando en Francia está la nouvelle vague en apogeo, en el Reino Unido se iba terminado el movimiento de los angry young man y en Italia hace tiempo que el neorrealismo ha sido superado, en España hay tiempo y lugar para hacer una excelente película neorrealista y social, enfrentando diferentes estratos y sustratos de un país tan distinto en apenas 1000 kilómetros de distancia, odios regionales, odios de clase, odios internacionales, envidias e imposibilidades, opresión y represión.
 
 
 
Josep María Forn terminó integrado en las redes del poder cultural oficial de la Generalitat incluso antes de que ésta existiera, asumiendo el cargo de presidente del Instituto de Cine catalán en 1975, y de 1987 a 1991 como director general de cinematografía de la Generalitat, luego sus relaciones con el poder fueron cercanas, aunque su producción cinematográfica sufrió un parón evidente con esta “La piel quemada”, ya que no volvió a rodar nada hasta 1975, y hasta 2006 apenas creó cinco películas más. Me resulta imposible saber si el rodaje de esta película tuvo algo que ver con el parón productivo en el periodo 1967-1975, pero lo que demuestra es que, o la censura no era nada efectiva o la relajación de la misma era evidente y sólo se prohibían los ataques frontales al régimen y no los sutiles o inteligentes como los que se recogen en la historia de José y su esposa Juana.
 


 


Dos mundos absolutamente imposibles de mezclar asoman a esta película, el de la vida fácil y el de la vida inalcanzable. Busco en la hemeroteca, y encuentro en ABC, la crítica a esta película en el momento de su estreno, y la misma resulta positiva, habla de cine social con  resortes populares que pueden atraer al espectador “porque ¿qué es el cine social sin espectadores?” dice el periodista, quizás su interpretación es demasiado lineal, demasiado anclada a los personajes en pantalla en vez de extender el análisis a un país en cambio y con enormes desigualdades. Ver “La piel quemada” 45 años después de su realización produce el efecto de una puñalada. Esa España de 1967 es equiparable, mutatis mutandis, a la España del pelotazo urbanístico de 1995 en adelante, cuando se desregularizaron los mercados y la costa fue urbanizada y urbanizable a gusto del constructor y del alcalde de turno. Cambiemos emigrantes andaluces por subsaharianos, magrebíes o sudamericanos. ¿Cuántas veces hemos visto hacinadas a decenas de personas en casas derruidas que a la mañana siguiente eran recogidas por el “negrero” de turno para trabajar en el campo o en una obra? ¿cuántas veces hemos oido al español quejarse de que los extranjeros se quedan el trabajo y las ayudas sociales? ¿cuántas veces más este país seguirá apostando el todo o nada a la industria del turismo y dando la espalda a la investigación y desarrollo?
 
 


José es un jornalero andaluz, harto de humillaciones, de pasar hambre, de malvivir en una casa miserable que, en la España de los 60, decide emigrar a Cataluña, como tantos cientos de miles procedentes de Andalucía, Extremadura o Murcia en busca de un trabajo que parece sobrar, en el turismo, en la construcción, en las fábricas. Y lo encuentra, pero no por ello pierde la sensación de extrañamiento, de encontrarse fuera de sitio, en eficaces flashbacks, José recuerda su vida en su pueblo, las romerías, los cantes, el hambre, el embarazo de la novia, el matrimonio forzado. Al tiempo, la acción corre paralela con la de Juana, la esposa, avejentada, desarreglada, a cargo de la casa y los hijos. Todo se desarrolla en un corto espacio de un par de días, lo que tarda Juana, su hermano y los dos hijos en desplazarse desde el pueblo de Granada a Lloret de Mar, para Juana el viaje es miedo y esperanza, para José el final de la libertad y la repetición de una vida de la que creía haber escapado, sus correrías nocturnas van a acabar en cuanto llegue la familia, esa mirada al deportivo de la chica tras la noche de desenfreno es una especie de despedida y de odio contenido.
 
 


En el ínterin José y sus amigos tendrán ocasión de ir de fiesta, de beber y emborracharse, de hacer uso y abuso de su cultura, de enfrentarse a los catalanes que afean su comportamiento o quedarse con su trabajo, o enfrentarse por la lengua. Al tiempo reciben el bofetón de otra vida muy alejada a la española, la de los y las turistas europeos, desinhibidos, provocadores para mentalidades tan atrasadas, donde una mujer sola y en bikini es poco menos que una invitación al manoseo y al piropo obsceno. Por eso la mirada de José según avanzan las horas se va nublando, se va introduciendo en el pozo de quien sabe que, por mucha turista belga que abra su cama a un obrero español en una noche de borrachera y de discusión con el novio, su sitio no es ése, su sitio es el de la esposa reprimida, el de los hijos que lleguen y sigan llegando, el de la casa abandonada  alquilada en las afueras del pueblo, extraño de si mismo en su pueblo y extraño de si mismo donde ha emigrado. Esperando un futuro mejor las pieles se van quemando, las pieles y los corazones. El odio de clase maltratada apenas podrá desplegarse en un régimen autárquico, el odio personal aparecerá en cuanto se pueda, y se desahogará en quien más cerca se encuentre. Mirar hacia las alturas del apartamento donde duerme la belga no es sino reflejo de impotencia, de deseo pero de deseo inalcanzable, el fin de una libertad ficticia y el choque brutal con la realidad de una familia muerta de hambre y creciente
 


Película dura, que entronca con los “Surcos” de los años 50, aquella hablaba de la emigración a Madrid, ésta a Cataluña, del campo a la ciudad para repetir años de sacrificio y explotación. Un cúmulo de insatisfacción condenado a convertirse en despojo del sistema, sea éste cual sea. Una curiosidad, la actriz que hace de turista belga es tan española como ustedes y yo, hablamos de cine.