jueves, 16 de octubre de 2014

GONE GIRL (Perdida, David Fincher, 2014)


 

No es un cine que me haya tocado interiormente nunca el que hace Fincher, es más, a fuerza de leer lo buenas y profundas que son sus obras, me he esforzado en decapar lo aparente e introducirme en las aguas subterráneas de sus historias. Mi ceguera como espectador me ha impedido tomármelo en serio siempre, se encuentra en la categoría de cineastas que abundan en el género y al que, sus historias, siempre van un paso por delante de su capacidad de hacerlas verosímiles, confiado en que la intriga, el ritmo intenso, los actores, van a conseguir engañar al espectador haciéndole olvidar las situaciones inverosímiles e inexplicables, o ilógicas, que ocurren en sus películas. Después de ver “Gone girl” mantengo esa idea de un cine artificial, anclado en conjeturas, en hipótesis indemostrables, en olvidos voluntarísimos para ocultar rastros que llevarían rápidamente a desentrañar las mentiras, en rodear sus historias de tanta quincalla brillante para tapar un fondo donde la densidad sobrevive, y sobreviviría sin necesidad de tanta alharaca propia de un producto para masas, pero quizás Fincher lo que desee son grandes taquillas y arrastrar a millones de espectadores con independencia de perder calidad por el camino.
 
 


La película se desarrolla en tres partes bien diferenciadas, y sobre su contenido seré lo más parco posible, quienes lean estas líneas sabrán de sobra de lo que va la misma y cómo casi nada es lo que parece, pero podríamos resumir al mínimo dichos capítulos con la mención “Él, ella, ellos” , esos serían los tres capítulos de una película en exceso larga, en exceso como la inmensa mayoría del cine de Fincher, cuya capacidad de síntesis o del uso de la elipsis es muy limitada. Y creo que Fincher se ha equivocado en esta película pensando en su tipo de espectador medio, leyendo por las redes sociales la gente reconoce salir desorientada de la película, cuando no aburrida, o enfadada por sentirse estafada, el día que yo la ví el silencio a la salida era sepulcral, pero no porque las personas se sintieran abrumadas por el peso de la historia vista, sino que se trataba del silencio producido mitad por el hastío y mitad por lo insostenible de la historia desde el punto de vista de la veromilitud, y aquí quiero reconocer el mayor mérito de la película de Fincher, esos últimos 20 minutos que descolocan a tanta gente, y que a mí me parecen de lo mejor que he visto nunca en el cine de Fincher, y además da contenido a todo lo demás, a las largas dos horas previas, a los largos “impasses”, a las reiteraciones, a las pistas que se lanzan y no se resuelven o se dejan atrás sin importar mucho, a los sospechosos que nunca son investigados porque nos fallaría la historia en la segunda parte, y es que lo importante de esta historia no es el trasfondo de intriga, sino la pareja y el juicio de apariencias que sobre todo lo demás realizan todos los estratos sociales.
 
 
 


Nick y Amy son los herederos virtuales de los vencedores de “La red social”, son los hijos aprovechados de la idiocia generalizada, del éxito injustificado, del bien vivir sin formación ni sacrificio, no hay esfuerzo en su éxito, solamente son jóvenes, guapos y aprovechan las debilidades del sistema, que son muchas. Nick y Amy son parte de los cooperadores necesarios de nuestra actual crisis económica y de valores, tanto tienes tanto vales, cuanto más cara sea tu hipoteca, más grande tu casa y más grande tu coche más satisfecho te sentirás contigo mismo, cuando el sistema se resquebraja y los créditos empiezan a ahogarte, la felicidad y el “self made man (o woman)” salta por los aires. Nick no deja de ser un gañán del interior de Norteamérica y Amy es un producto falso creado por unos padres que soñaban con la hija perfecta, trasladando a libros la historia de la infancia y juventud de la “asombrosa Amy” cuyo parecido con la realidad es pura coincidencia, Amy se mimetiza ante cualquier situación o entorno, Nick es más básico, con menos recursos, más previsibles, pero a la hora de la verdad sabe utilizar los recursos que se le ofrecen para saber venderse a base de mentiras o medias verdades, son unos triunfadores económicos y sociales con los pies de barro, tan abatibles como lo que dure su presunta bonanza económica a golpe de crédito basura. Con dinero y viviendo en Manhattan la vida debe ser color de rosa, yéndote a North Carthage a orillas del Mississipi, agobiados por las deudas, sin futuro profesional alguno Nick, y muy reducido el de Amy, los dos en el paro arrasados por la crisis que ha soplado con fuerza en el sector periodístico, el amor se diluye como el arsénico en líquido. Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana, Nick en este sentido está más resignado a volver a ser un don nadie, está en su pueblo, con su gente, en su ambiente del que, quizás, nunca tuvo que salir, Amy sin embargo rumia en su interior la forma de atrapar definitivamente a Nick en una historia de destrucción mutua, y si, todo sale bien, en el resurgimiento social de la pareja.
 
 


Una mañana Amy desaparece, hay rastros de violencia, antecedentes de algún mal trato, rastros de sangre mal limpiados en la cocina, pistas falsas o no, que terminan señalando a Nick como un culpable. Esta parte de la historia, y que es la que ocupa el 70 % del metraje me interesa muy poco, me interesa mucho menos cuando desaparece la intriga al comienzo de la segunda parte y la historia deriva en el maquiavelismo de una mente perversa buscando el triunfo a toda costa. En la relación de Nick y Amy se advierte un paralelismo con la historia del bipartidismo, el sistema es genial mientras garantiza el éxito a temporadas, si los dos ganan es perfecto, una para mí otra para ti, mantener el sistema te garantiza la buena vida con independencia de lo que hagas o lo que dejes de hacer, incluso resulta indiferente si te llevas bien o te llevas a matar, en política lo interesante es vender la imagen de confrontación entre presuntas ideas opuestas, aunque las élites hayan conformado una urdimbre que interconecta lo peor del género humano con independencia de siglas, cara a la galería, la apariencia ha funcionado durante décadas, engañando y confundiendo al ciudadano, para Nick y Amy lo importante es el qué dirán, y para ello se cuenta con múltiples aliados.
 
 


Por eso me parecen tan importantes e interesantes esos últimos 20 minutos, “eres una puta”, “sí, soy la misma puta de la que te enamoraste y la misma puta que te ha hecho ser lo que eres y sin la que no eres nada”, no es literal pero si muy aproximado ese diálogo de la película, definitivamente uno sin el otro no son gran cosa, aparenta más fuerte y más compleja ella, una estimulante y bien interpretada Amy por Rosamund Pike, frente a un voluble y escasamente convincente Nick, Ben Affleck poniendo la misma cara de siempre y que le sirve para actuar con Malick, con Fincher o consigo mismo, pero en el fondo a Amy no le gusta perder, y romper el matrimonio es perder, le da lo mismo el juego interno entre ellos, lo importante es aparentar la existencia de un modelo a seguir y convertirse en referente social, eso no lo puede conseguir sin él, y él no puede aspirar a nada mejor en lo material ni en lo personal. Amy y Nick se condenan mutuamente en un sacrificio necesario para recuperar lo que más les ha importado, el dinero, su historia generará los millones de dólares suficientes como para olvidarse del pasado, habiendo dinero las penas son menos, sin embargo, nos engañarán a todos usando el juego de las apariencias en el que los medios de comunicación, el sensacionalismo, la policía que busca culpables y no pruebas, el sistema que se nos ha inculcado de culto al triunfador, tanto daño han hecho y tanto daño nos van a seguir haciendo.

 
 
 


Una cabeza rubia reposando sobre sí misma y tocada por una mano masculina, así empieza y termina esta profunda película en su tramo final, ahora bien, me he limitado a glosar lo que me parece grande e importante, lo demás lo dejo para el espectador y para aquellos que consideran a Fincher la reencarnación de Hitchcock, Lang y Kubrick, personalmente sigo pensando que sus guiones se llenan de lagunas, de vacíos insubsanables, de errores llamativos que se perdonan una y otra vez en aras de las capas ocultas de sus películas. Ojalá sea así y yo termine descubriendo tanta perfección donde encuentro muchas veces mediocridad, tanta maestría donde faltan actores de entidad suficiente para prolongar esa profundidad que se dice en un rostro, ojalá alguna vez sea capaz de creer que Fincher, Gray o Linklater son tan buenos, tan magníficos, tan insuperables en vez de preferir a un Kiarostami, a un Ceylan, a un Yamada, a un Weerashetakul, a un Hong sang-soo, ojalá.