miércoles, 1 de octubre de 2014

DEUX JOURS, UNE NUIT (Hermanos Dardenne, 2014)


 
DEUX JOURS, UNE NUIT (Hermanos Dardenne, 2014)
 

En el plano final, Sandra (una excepcional y siempre convincente Marion Cotillard) abandona la escena poco a poco, en una mañana de lunes luminoso su rostro aparece iluminado después de la tormenta, en dos días ha aprendido que, sin lucha, no cabe esperanza, sin sufrimiento, no se saborea el éxito. Todo puede seguir tan mal como aparentaba el viernes, pero en dos días ha sabido enfrentarse a sí misma, conocerse algo mejor, recuperar la valentía y el espíritu de solidaridad que la sociedad occidental ha conseguido eliminar como rasgo vital de la masa ciudadana, aunque emplear el término ciudadano para definir a la población del mundo occidental quizás sea un eufemismo más que un calificativo real. También sabe algo que no quería ver, que no es invisible, que hay personas que la tienen presente y pueden ayudarla.
 

Como en la inmensa mayoría de películas de los Dardenne, la trama es sencilla, y como en casi todas ellas, siendo necesaria, no es lo esencial. En una pequeña empresa de menos de 20 trabajadores el empresario pone a sus obreros en una tesitura, o se renuncia a la prima de productividad o se despide a un empleado, en este caso al encarnado por Marion Cotillard. El viernes, el personaje de Sandra recibe una noticia que le abre camino a la esperanza, se ha decidido repetir la votación el lunes porque puede que el encargado haya dicho a los empleados que, aunque se renuncie a la prima, se despedirá a un empleado, y que si no es Sandra será otro. Convencido el director de la fábrica de que ha podido haber una velada coacción para forzar el despido, se repetirá la votación sabiendo que la opción es prima si y despido de Sandra o prima no y Sandra permanece en la empresa.
 

Con este sencillo punto de partida los Dardenne atacan la base misma del sistema laboral imperante en la Unión Europea, no en la Unión europea de comisarios infectados hasta las trancas de incompatibilidades y negocios que entran de lleno en el marco de sus competencias, para los que las relaciones laborales son una broma, sino en las relaciones laborales para las que los jerarcas de turno han acuñado los términos de “reforma del mercado laboral”, “flexibilización”, “productividad”, “senda de recuperación”, “consolidación de la recuperación económica”, “armonización fiscal” y cualquier otra ideación psicopática propia de quien sigue creyendo que sus administrados, además de prostituidos a la fuerza, son imbéciles.
 
 

La carrera que emprende Sandra, con el inestimable apoyo de su marido Manu (Fabrizio Rongione), es contrarreloj, lastrada por la, a veces, inamovible losa de una depresión precedente, su estado de ánimo pasa de la semieuforia a la desesperación según transcurren las horas y en función de la respuesta que recibe de sus compañeros de trabajo, porque en eso se pasan los dos días y una noche de la película, en buscar a todos los compañeros de trabajo para intentar hablar con ellos y procurar conseguir que el lunes voten por la renuncia a su incentivo para que ella pueda seguir trabajando, seguir recibiendo su sueldo, pagar su hipoteca, mantener una vivienda digna en vez de tener que acudir a la caridad y al auxilio social.
 

Para Sandra cualquier iniciativa es un mundo, en este sentido es el personaje más arropado de todos cuantos recuerdo en la filmografía de los Dardenne, en “El niño de la bicicleta”, la película más optimista del dúo, el pequeño cuenta con la ayuda de una extraña que decide acoger al menor en su casa, en ésta, Sandra cuenta con un apoyo inquebrantable, sólido en su posición de lucha, de no rendirse, de aceptar el resultado final siempre y cuando se hayan agotado las posibilidades, por mínimas que sean o parezcan, de pelear por lo propio, el de su marido, pero también tiene amigos de verdad entre los compañeros de trabajo que, durante ese fin de semana, buscarán y hablarán con otros compañeros y tratarán de animar a Sandra.
 
 

Ni más ni menos que Sandra va a pedir a sus compañeros que renuncien a los 1000 € de prima, la inmoralidad de la propuesta empresarial traslada la responsabilidad moral de las consecuencias a los propios trabajadores. Los interpelados son conscientes de la posibilidad de despido de su compañera, donde entran otros componentes de malas relaciones con el encargado, Jean Marc (otro actor solvente y afín a los Dardenne, por más que su presencia sea la mayor parte de las veces entre inquietante y desagradable, Olivier Gourmet), fuera de plano en toda la película pero omnipresente en los diálogos, hasta el momento del desenlace, “No tienes corazón”, le dirá Sandra en esos momentos de dignidad que afloran entre tanto vaivén emocional. Todos tenemos escudo moral para justificar los votos en contra o a favor que va recibiendo la protagonista, desde quien recuerda algún favor precedente de Sandra, desde quien antepone la amistad por encima de todo, quien piensa en que si se ve en una situación parecida también Sandra responderá del mismo modo, hasta quien carece de contrato fijo y su renovación depende de que el encargado no se entere de un voto favorable para Sandra, quien basa su voto negativo en los rumores sobre la enfermedad psíquica que la incapacita para trabajar, en quien reacciona violentamente al sentirse incómodo ante la propuesta, quien no tiene luz en su casa o quien se acaba de divorciar y los 1000 € son la posibilidad de mantenerse a flote un poco más o, en otro caso, de pagar la universidad del hijo.
 
 

Nada mejor que gritar “Gloria” siguiendo los compases de Van Morrison para disfrutar de un momento de triunfo efímero, el marido que respira aliviado viendo cómo su mujer es capaz de luchar por lo suyo, Sandra porque percibe la posibilidad de que sus compañeros, por mayoría, acepten perder la prima para ayudarla, o la compañera a la que, comportarse según su conciencia, le ha servido para hacer algo querido por ella por una vez en la vida y no seguir dominada y atormentada por un marido violento. Los Dardenne con los años se sosiegan, sus personajes siguen estando en el filo y angustiados, Sandra está un punto por encima de los personajes excluidos que tanto les caracterizan, sobrevive entre las clases humildes del estado del bienestar sin precisar beneficencia ni ayudas sociales, gracias a dos malos trabajos y dos pequeños sueldos en la casa, pero es consciente de que esta situación es fácilmente reversible, basta que uno de ellos pierda su empleo para que resulte imposible pagar la hipoteca y mantener a los dos niños. Esta situación inestable se trata de sobrellevar a base de refugios artificiales, la cama para dormir a destiempo y no pensar, y el xanax para tolerar y evitar los ataques de ansiedad que bloquean a Sandra a lo largo de la película.
 
 

La cámara ya no es tan nerviosa, aunque sigamos a Sandra por la ciudad, la vemos en planos largos, buscando casas, hablando con los vecinos o familiares de los compañeros, asistimos a un desfile multicultural de la Europa contemporánea, pero ya no predominan esas imágenes que siguen al protagonista por la espalda, enfocando su cabeza o sus hombros encogidos. La angustia y la emoción coexisten en el relato, Sandra es capaz de hacer más daño a quien más le ayuda que de reaccionar frente al patrón, su marido será puesto en cuestión una y otra vez aunque exista una redención final. Uno sospecha que detrás de la imagen final no existe sino un fugaz momento de claridad mental, pero el enfermo europeo tiene mal pronóstico, cuando las decisiones malvadas quedan en manos de la parte más débil la ponzoña se extiende inevitablemente por todo el tejido celular, desde el sillón de directivo se hablará de unidades productivas, de ratings, de rappels, de reparto de dividendos y de racionalización de los costes laborales, cada vez que se pronuncian esas palabras una familia queda en la intemperie y no sólo por la decisión de un empresario o un gobierno, sino por la imposibilidad de ser solidario entre los débiles, por 1000 € se compra a mucha gente, si esta gente no tiene ni para comer, la próxima vez será por 500 €, y a la siguiente ni se necesitará una prima como argumento, se obligará a los trabajadores que año tras año sacrifiquen al dios-mercado (uno de los dioses más hijo de puta de la historia de la humanidad, que de dios tiene muy poco porque tiene unos cuantos nombres y apellidos en todos los países) a algún trabajador para mantener al resto de la plantilla, y al final la opción también incluirá una rebaja de sueldo de propina. El poderoso es insaciable, como máximo conseguiremos sentirnos bien con nuestro comportamiento, pero olvidémonos, no cabe triunfo desde la división y desde el desamparo gubernamental.