miércoles, 10 de septiembre de 2014

THE STAGECOACH (La diligencia, John Ford, 1939)


 

“No sé adónde va a parar este gobierno. En vez de proteger a los hombres de negocios mete la nariz en los negocios. Pero si se habla ya de poner inspectores en los bancos. ¡Como si los banqueros no supiéramos dirigir nuestros bancos!”

y…

-Este país necesita a un presidente que sea un buen empresario

-Lo que necesita el país son más cogorzas.”

Para ser una película rodada en 1939, estos diálogos no pueden ser más actuales, el primero lo dice un banquero estafador y que ha metido la mano en la caja, el segundo el mismo banquero junto con el encantador médico borracho lleno de ingenio.
 


Ringo Kid y Dallas, otra pareja para la historia del cine, de las que se crean directamente desde la adversidad, el desclasado o directamente marginado que inmediatamente se siente atraído por otro de sus iguales, pues aunque la tacha de uno y otra sean distintas no dejan de estar marcados por la sociedad, sociedad que les obligará a huir fuera de su sitio para poder ser libres. La escena inicial, al ritmo de la música poderosa utilizada en la película, con los sones que se interpretan en esos dos primeros minutos nos anuncian quiénes serán los protagonistas, vaqueros, yankis, sudistas y los indios, no deja de ser una manera elegante y sutil de presentar a la clientela.
 
 
 


“La diligencia” es otra de esas películas emblemáticas, de las que quedan marcadas en letras doradas en la historia del cine por derecho de propio, un western con la categoría de legendario, como tantos otros que vienen a la memoria, pero posteriores y en este caso marcado por la épica del viaje, del grupo en peligro, de la acción heroica un tanto suicida, y , si se quiere, incomprensible, pero que ayuda a mostrar un conjunto humano poderoso en el que se reflejan la mayoría de pasiones y pulsiones humanas.




 

 
La paleta de personajes abarca todos los estratos sociales, con estudios y sin ellos, de moral estricta y de moral inexistente, funcionarios entregados y liberales de pacotilla, hombres ricos y hombres pobres, Doc Boone, encarnado por Thomas Mitchell, médico alcohólico, de los de beber hasta caer redondo, bebida que juega como eliminador de todas sus decepciones, obligado por los códigos hipócritas de las sociedades cerradas y catetas, a abandonar su pueblo. Doc no es un médico de fiar, permanentemente amarrado a la botella de whisky, pero cuando llega el momento actúa con la mayor de las profesionalidades y pericia, no hay que ser profesional nada más que cuando toca. Dallas, interpretada por Claire Trevor, la puta de buen corazón, obligada a montar a esa diligencia que parte de la localidad de Tonto porque la liga de buenas costumbres considera indigna su presencia en la ciudad, agazapada en el interior y sin atreverse a expresar su opinión estigmatizada como está por su trabajo, su sencillez y bonhomía saldrán a la luz en cuanto la permitan ayudar y su sorpresa será mayúscula cuando alguien la trate como a una persona. Mr. Hatfield, interpretado por John Carradine, es un jugador profesional, timador, aventurero, conquistador, con cierto aire mefistofélico en su comportamiento, aparenta un buitre esperando lanzarse sobre la dama que acompaña al grupo, sin embargo, a la atracción por la esposa embarazada del joven oficial de la caballería une el recuerdo de su pasado, de cuando era un joven de buena familia sureña, cuando batalló en el lado perdedor, cuando eran tanto o más importantes que la posición, el respeto y los buenos modales, por eso, lo que parece ser un intento de seducción no es sino un acto de galantería con una mujer sola en un mundo hostil y a la que se quiere proteger. Peacock, interpretado por Donald Meek, que aparenta un pusilánime viajante de comercio a quien el doctor le consume todo el muestrario de whiski en el trayecto, sabrá ser valiente cuando toque y decir las verdades, Buck, el cochero, limitado de inteligencia pero consciente de su necesaria presencia para guiar la diligencia a lo largo del desierto, es el contrapunto ingenuo a la figura del sheriff que sube a la diligencia para buscar a Ringo Kid antes de que éste agrave su situación legal tras quebrantar una condena y vaya en busca de los hermanos Plummer para consumar su venganza personal.
 
 
 


Y uno de los primeros momentos de grandeza de la película, toda ella enorme y ajustada en diálogos y situaciones, es la aparición de Ringo Kid, (John Wayne), el vaquero prototipo de las películas del oeste, generoso, gentil, rudo y con un profundo sentido del honor personal y familiar, predispuesto a arruinar su vida con tal de vengar la muerte de sus familiares. La primera aparición de John Wayne es en medio de un camino polvoriento, con su bolsa y su silla de montar en una mano y el fusil en otra, su caballo no ha aguantado la cabalgada y ha muerto, la cámara localiza al naúfrago en tierra y rápidamente, un enfoque directo hacia el rostro de nuestro Ringo, alegre por ser rescatado en mitad del predesierto. Ahí acaba la alegría porque Ringo no cuenta con  que en la diligencia viaje el sheriff que le busca al suponer que Ringo se dirige a Lordsburg a saldar sus deudas pendientes. El conjunto de personajes viaja hasta el final del trayecto pese a conocer que Jerónimo se ha alzado en armas y los apaches están en pie de guerra matando y saqueando. El viajante es el único que, de poder, habría evitado viajar, igual que Buck el cochero, a quien el viaje nada le reporta, el sheriff por querer encontrar a Ringo antes de la matanza, la joven embarazada para reunirse con su marido, Dallas porque le da lo mismo un sitio que otro ya que no tiene futuro, “Doc” porque en la diligencia tiene asegurada la bebida y su destino final poco le importa, Hatfield porque ha encontrado una razón para sentirse importante nuevamente, el banquero estafador Gatewood para poder escapar con la nómina de los empleados de Tonto……..todos juntos emprenden un camino suicida de improbable éxito.
 
 
 


Qué decir de la naturaleza humana de los personajes, ese perfecto retrato de la condición humana tan conseguido en el cine de Ford, otro de esos momentos emotivos y sutiles es la declaración nocturna que Wayne Kid le hace a Trevor Dallas, esa iluminación, esa ambientación, ha sido una dura noche en la que la joven mujer del militar se ha puesto de parto y Dallas ha demostrado de lo que es capaz de hacer, la noche del desierto, los personajes recortados en la penumbra, Dallas de espalda en un pasillo iluminada por la luz que entra por la puerta y enmarcada por el vano de la misma, en una imagen totémica del cine de Ford, sus protagonistas de espaldas y a punto de abandonar un hogar a través de esas puertas que parecen no tener hoja. Y también hay sitio para la épica, como la escena en la que se atraviesa el río y la cámara usa una toma cenital por encima de los cocheros enfocando la cabeza de los caballos, o la larga escena de persecución por la llanura desértica tras concretarse la amenaza permanente de los indios, en una cabalgada de siete minutos donde sentimos la opresión de la falta de espacio de la diligencia y la improbable escapatoria para los viajeros, salvo que suene una trompeta lejana y aparezca la caballería.
 
 
 


No hay que olvidar a otro personaje, Monument Valley, un espacio natural cuya fama debe mucho al séptimo arte y a John  Ford en particular, los espacios abiertos en contraposición con la falta de libertad de los viajeros, oprimidos en el reducido espacio del coche, alguno de ellos sin posibilidad de elección, un paisaje inhóspito y amenazante, imposible para la vida humana, un avance de lo que supone adentrarse con la diligencia en ese territorio, toda una amenaza.
 
 
 


Una última reflexión, ¿alguien recuerda a algún actor más elegante que John Wayne andando y siendo filmado por la espalda? Pues ése es el toque de Ford en su cine, la elegancia, aunque siempre salga su hermano Francis como borrachín impenitente, en este caso dueño de una cantina en mitad de ninguna parte y tocado con una gorra de la Unión.
 
 


Siempre se ponen muchas frases en boca de John Ford, si son todas ciertas además de gran director era un sabio, Wayne hasta ese momento no había hecho grandes películas ni interpretado grandes papeles, otro director, Robert Parrish, intrigado por cómo conseguía hacer que Wayne fuera tan gran actor en sus películas le preguntó y John le dijo: "Coge un trozo de papel y apunta las veces que habla Wayne en "La diligencia".
Así lo hizo Parrish y Ford le preguntó: - ¿Cuántas veces?- 14 diálogos solamente.
- Pues esa es la manera de hacer de un actor un buen actor. No dejarle hablar. Contestó Ford.
 
 


En una entrevista para un periódico de la época el director Ford y el guionista Nichols ironizaban sobre la misma:

“Estamos especialmente satisfechos de esta película –dijo Nichols-, porque viola todos los códigos de censura.
No hay ni un solo personaje respetable en todo el reparto –declaro Ford-El protagonista ha matado a tres hombres.
La protagonista es prostituta –añadió Nichols.
Hay un banquero que roba su propio banco –señalo Ford.
Y no te olvides de la mujer embarazada que se desmaya –prosiguió Nichols.
O del tipo que se pone gravemente enfermo –dijo Ford, refiriéndose al médico borracho.”

 

Una joya del cine, imperecedera porque habla de lo que no puede desaparecer mientras exista el género humano, habla de hombres y mujeres.