sábado, 6 de septiembre de 2014

ONE, TWO, THREE (Un , dos, tres. Billy Wilder, 1961)



 

 
"Algunos policías de Alemania Oriental eran rudos y suspicaces. Otros, eran suspicaces y rudos". Cagney hablando del Berlín previo al muro
 


Billy Wilder y Ben Hetch, Billy Wilder y I.A.L. Diamond, Billy Wilder y Ernst Lubitsch, maquinarias ingeniosas, ácidas, sutiles, corrosivas, elegantes, vitriólicas, sumamente incorrectos, maestros de la comedia de altura, la que agota ante tal perfección de diálogos e interpretaciones, la que se basa en la ironía y el sarcasmo más que en la búsqueda de la carcajada irrefrenable, aunque en ocasiones una cosa lleve a la otra sin solución de continuidad.
 


Como quien dice uno, dos y tres esta película de Wilder es absoluta maquinaria a punto de explotar, a un ritmo vertiginoso marcado por los taconazos hitlerianos de Schlemmer, el secretario eficiente y arquetípicamente alemán de McNamara, el jefe de operaciones en Berlín Occidental de Coca Cola, o los del chófer Fritz. James Cagney al mando de un expreso a punto de descarrilar efectúa una portentosa interpretación donde lo físico es tanto o más importante que la palabra que se pronuncia. Cagney es puro nervio, dinamismo y acción de un hombre de negocios al que ninguna adversidad le supone un obstáculo. Un matrimonio a punto de hundirse, una secretaria sin poder practicar su “bilingüismo”, la hija del jefe de Atlanta enamorada de un comunista del Berlín oriental, y para remate casada y embarazada con 17 años de edad, y transformada en comunista también, aunque un comunismo posibilista:

“"Otto: ¡¡Nunca criaré a mi hijo como un capitalista!!."

"Scarlet: Cuando cumpla 18 años dejaremos que decida que quiere ser, si un capitalista o un comunista rico ."
 
 


Los sueños de Mc Namara de ser rehabilitado por la compañía después de un incidente en un país remoto y conseguir la jefatura en Londres están a punto de fracasar por las perturbadoras consecuencias de la visita obligada de la cabeza hueca de la joven, no habiendo conseguido controlar a ésta durante su estancia en Berlín se ve regresando a la mortecina ciudad de Atlanta para ocupar un puesto subalterno en la oficina central.
 


"Phyllis MacNamara: ¿Se ha casado con un comunista? La conmoción que sacudirá a Atlanta será el terremoto de San Francisco transportado al este. No, no lo encuentro gracioso. ¿Se van a ir a vivir a Moscú? ¡Eso sí tiene gracia!”
 


Para salir del entuerto tendrá que usar todas las artimañas, engaños y sobornos propios del sistema capitalista, aliarse con los soviéticos, engañarles, volverles a convencer y engañarles de nuevo, hacer creer a los alemanes orientales que Otto es un espía norteamericano, sustraer el certificado de matrimonio del registro para devolverlo una vez que sabe que Scarlett está embarazada (Scarlett-Atlanta-Lo que el viento se llevó-nunca volveré a pasar hambre-capitalismo), todo es posible con la moralidad del sistema capitalista, perfecto en lo económico, inmoral e insostenible en lo social. Peripetchikoff, Borodenko y Mishkin forman un trío que recuerda a los comisarios que acompañaban a Ninotchka, su comunismo y sus ideales son fácilmente modificables según sople el aire, la posibilidad de negocio cambia un no inicial, y son capaces de vender la revolución a cambio de un revolcón con Ingeborg, la mujer como bien de consumo, de hecho será pieza de cambio en dos ocasiones a lo largo de la película. Estamos en un Berlín anterior al muro, donde el tránsito entre ambos sectores era posible, aunque no libre.

      "C.R. MacNamara: ¿Cigarrillos?

Peripetchikoff: Tome uno de nuestros puros

C.R. Macnamara: Gracias. Mmm "hecho en La Habana"

Peripetchikoff: Tenemos un acuerdo comercial con Cuba. Nos regalan cigarrillos y nosotros regalamos cohetes.

C.R. Macnamara: Bien pensado

  • "C.R. MacNamara: Saben? los han engañado. ¡Estos cigarrillos son de la peor clase!

Peripetchikoff: No se preocupe, nuestros cohetes también de peor clase.
 
 
 


Que aparezca como autor de la música André Previn resulta irrelevante, porque el alma de la película es la “Danza del sable” de Kachaturian, el ritmo de la pieza del compositor del grupo de los 5, de honda raíz popular eslava es el mismo ritmo que tiene la película, según el guión de Wilder ahí consta “Esta partitura debe interpretarse moltofurioso. Velocidad aconsejada: 110 millas la hora en las curvas y 140 en las rectas”,  a ese ritmo se mueven los automóviles por las calles de Berlín, las persecuciones, o cuando un pintor pinta en la puerta del Mercedes de Mc Namara el escudo nobiliario del falso conde Schattenburg, y a ese ritmo Ingeborg baila encima de una mesa ante los babeantes representantes de la URSS, mientras el ritmo consigue que la foto de Krushev se deslice y aparezca Stalin mientras loa ajedrecistas continúan impasibles delante de un tablero sin piezas, o un ruinoso coche se va descomponiendo durante una persecución por las ruinas de Berlín cambiando la percusión original por los ruidos del tubo de escape. La comedia y el ritmo vertiginoso marcado por la propia velocidad de la escena, de los diálogos, de los actores, no mediante forzados mecanismos de cámara o fragmentaciones de fotogramas que impactan en la retina como fogonazos
 
 
 


A Mc Namara sólo le puede salvar hacer creíble que la pequeña del imperio Coca Cola se ha casado con un representante de una vieja familia nobiliaria alemana, emparentada con el Imperio, y en menos de 24 horas Otto Pffif debe ser convertido desde las más feroces convicciones revolucionarias comunistas a representante ideal de lo jóvenes cachorros liberales capitalistas, no es difícil, sólo hay que cambiar las ideas por dinero y todo es conseguible. Al tiempo que Wilder ataca sin piedad lo que representan ambos sistemas económicos, aprovecha para ajustar cuentas con la Alemania nazi que le hizo huir en los años 30, el nazismo residual, la depuración a medias de cargos de la SS, el desconocimiento de lo sucedido por los alemanes como si nadie hubiera aupado a Hitler, “yo me enteré porque trabajaba en el metro y no se lo que pasaba arriba” dice Schlemmer, y todo ello con diálogos afilados como cuchillos cruzados entre Mc Namara y señora, quien en todo momento llama a Cagney “mein führer”, aquí no ideológico sino vendido al dios dinero, a la opulencia, a la posesión de bienes. Una llamada del jefe de Coca Cola en Berlín obtiene mayor y mejor respuesta que la del embajador, quien recibe la llamada entiende lo que supone el imperio del refresco, un representante del verdadero poder. Mc Namara sueña con invadir la URSS, pero no como Hitler, sino mediante sus tropas refrescantes, entrar en el mercado del telón de acero le abrirá las puertas del éxito en la central, el capitalismo agresivo y expansivo, Coca Cola frente a Kremlin Cola (hilarante diálogo con los representantes soviéticos y las consecuencias de sus intentos de copiar la secreta fórmula de la Coca Cola)
 
 
 


"¡Ni hablar caballeros, la fórmula no sale de nuestra casa! Se la damos a ustedes y a los cuatro días la China comunista ya la tiene"

"Si no fórmula, no trato"

"¡Bien, no trato!

No nos hace falta, si queremos Coca Cola la inventaremos nosotros"

"¿Ah, si? En 1956 enviaron una botella de Coca a un laboratorio secreto de Moscú. Una docena de sus mejores químicos se volvieron locos analizando los ingredientes, ¿o no?"

"¡Sin comentarios!"

"En 1958 situaron a dos agentes secretos en nuestra oficina central de Atlanta para robar la fórmula ¿Y qué ocurrió? Que ambos desertaron y son ahora prósperos hombres de negocios que sólo roban al fisco, ¿o no?"

"¡Sin comentarios!"

"El año pasado sacaron ustedes una pobre imitación, la Kremlin Coca. Fueron a probarla a los paises satélites pero ni los albaneses pudieron bebérsela. La usaron para bañar cabras, ¿o no?"

"¡Sin comentarios!"

"¡Así que o pasan por el aro o no hablamos más!"

"Mi querido amigo americano, en toda negociación siempre hay un toma y daca... ¿Es que no se fía de nosotros?"

"¡Sin comentarios!".
 

 
 

 
Comedia, si, comedia de alta clase y altos vuelos, también, pero un acerado y vitriólico reflejo de la sociedad del momento que tampoco ha cambiado tanto, en 1961 Wilder lo retrata a la perfección, el Berlín Occidental era próspero, vivía en paz y disfrutaba de las ventajas de la democracia, mientras el narrador dice esto la imagen ofrece la de un cartel publicitario con una chica en bikini y con una coca cola de la mano, en el fondo el modelo ha perdurado, la publicidad sigue explorando ese camino y la mujer sigue presentado esa imagen de objeto vendible en el mercado, pero lo más grave es que el culto por el dinero fácil terminó corrompiendo la base misma de nuestra ciudadanía, y para colmo, Wilder no nos hace reir con nuevas películas.


 

 
Pobre Mac, enviado a Atlanta y sacando una botella de Pepsi en el aeropuerto de Berlín antes de embarcar……..¡¡¡¡¡¡¡SCHLEMMER!!!!!!!!